«El Pantanillo de Ernesto Sábato», por Alejandro Frías

«El Pantanillo de Ernesto Sábato», por Alejandro Frías

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Por Alejandro Frías
(Escritor y periodista)

Lo leo. Dejo pasar un día y lo vuelvo a leer. Y es que en las páginas de El Pantanillo de Ernesto Sábato, de Pedro Jorge Solans (Corprens Editora, 2020), me encuentro con  varios paisajes y personajes que es necesario, al menos para mí, reunir para darle forma a una obra que siempre me conmovió: la de Ernesto Sábato.

La estadía de Sábato a partir de 1943 en el rancho La Tapera, en El Pantanillo, no es descripta en profundidad por Solans, porque no esa la idea ni es necesario, ya que lo que el autor hace es darnos indicios, un cúmulo de pistas, las necesarias como para que nos adentremos en eso que Sábato veía y vivía en la soledad que debió sobrellevar durante ese tiempo en el que dejó la física para dedicarse al incierto futuro de la escritura.

Esos indicios que Solans nos va entregando incluyen al cineasta Federico Valle, a familias del lugar (Polanco, Ortiz, López Toranzo, García, Paintner) a Matilde, la esposa de Sábato, a sus hijos. Y es que está claro, tanto en las obras literarias como en las artísticas de Sábato (estas últimas, conocidas escasamente), que el paisaje, el entorno, es tan importante como las personas, y que ambos elementos, entorno y personas, conforman un mundo, el mundo que Sábato quiere desentrañar para poder salir, seguramente, de sus propias sombras.

Sábato escribió ante la necesidad de tener que reconocer la existencia de nuevas estrellas, y lo hizo viviendo en un rancho”, dice Solans, y en esta frase concentra la metáfora de lo que representó para Sábato la estadía en El Pantanillo, porque, pocas dudas podemos tener, el distanciamiento y la ruptura tanto con el surrealismo como con la ciencia deben haber desembocado en la necesidad de una búsqueda que, a la larga, se materializó en Uno y el Universo y en El túnel, dos obras en las que, mediante el ensayo y la novela, respectivamente, Sábato parece buscar luces, estrellas que quizá estaban demasiado lejos de él, distantes del atormentado ser que, escapando de la pobreza y de su pasado, se refugió, gracias a Valle, en una tapera cordobesa.

Un párrafo aparte merecen los análisis y la indagación que Solans hace de Uno y el Universo y El túnel. En ellos, profundiza en la relación intrínseca de lo escrito y el escritor, en cómo Sábato es uno con estos, sus primeros dos libros, a la que tal vez también es uno con Juan Pablo Castel, ese sórdido personaje de El túnel que, coincidencia o no es un artista plástico, aquello en lo que Sábato se convirtió cuando las dificultades visuales le impidieron leer.

Como decíamos antes, El Pantanillo de Ernesto Sábato nos abre la puerta a ese mundo en el que el físico pasó a ser el escritor, pero a través de la indagación de los espacios que este vivió y permitiendo al lector ingresar desde distintas puertas a ese caos. Solans no nos deglute el pescado, sino que nos lleva a la vera del río en el que, animándonos a nadar, conoceremos algo del interior de Ernesto Sábato.

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