PACO URONDO

Hasta la victoria siempre compañero Paco Urondo. Hasta que todo sea como lo soñamos

Francisco "Paco" Urondo fue poeta, periodista y militante. Entendió que la literatura no era un refugio, sino una herramienta, y que el compromiso político se paga con la vida. Su figura crece como símbolo de resistencia y coherencia en la cultura argentina.

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Escrito en EFEMÉRIDES el

Hay hombres que escriben con la vida. No porque sus biografías sean novelescas, sino porque entendieron que la literatura no es un refugio, sino una herramienta, que la poesía no es un adorno, sino un modo de estar en el mundo. Francisco "Paco" Urondo fue uno de esos hombres. Y quizá por eso, décadas después de su muerte, su figura sigue creciendo, como esos árboles que parecen pequeños hasta que un día descubrís que ya le hacen sombra a la casa entera.

Urondo fue, ante todo, un poeta. Pero no un poeta de torre de marfil, de los que escriben para otros poetas en revistas de tirada mínima. Fue un poeta que entendió que la lírica también podía ser un puñetazo, que el verso podía tener la contundencia de una consigna sin perder por eso su belleza. Su poemario "Historia antigua", publicado en 1956, ya mostraba a un autor que miraba el mundo con una lucidez despiadada, que no se conformaba con el paisaje, sino que buscaba el conflicto, la herida, lo que duele. Pero fue en los años sesenta y setenta cuando su poesía adquirió ese tono urgente, casi respiratorio, que lo convertiría en una de las voces más originales de la generación del sesenta. No era poesía política en el sentido panfletario, sino poesía que respiraba política porque el aire mismo estaba envenenado.

Su paso por el periodismo, especialmente en el diario La Opinión de Jacobo Timerman, donde dirigió el suplemento cultural, fue otra faceta de ese mismo compromiso. Urondo no entendía la cultura como un lujo para iniciados, sino como un derecho, como un espacio de debate donde las ideas podían chocar y, de ese choque, salir algo nuevo. Sus críticas, sus notas, sus entrevistas estaban atravesadas por una pasión que rara vez se encuentra en el oficio: la de creer que las palabras podían cambiar algo, que un buen artículo podía remover conciencias y que una entrevista bien hecha podía ser más reveladora que un tratado.

Pero Urondo no fue solo un poeta y un periodista. Fue, además, un militante. Y aquí es donde su historia se vuelve más compleja, más incómoda, más humana. Su compromiso con la izquierda revolucionaria no fue una pose de intelectual de café, sino una decisión que lo llevó a poner el cuerpo. Se afilió al Partido Comunista, luego a la Vanguardia Comunista y, finalmente, a Montoneros, donde tuvo un rol activo en la lucha contra la dictadura que se avecinaba. No se trataba de escribir poemas sobre la revolución, sino de hacer la revolución, de estar donde había que estar, aunque eso significara dejar la comodidad del escritorio y meterse en la turbulencia de la política real.

Esa militancia le costó la vida. El 17 de junio de 1976, en un operativo de la dictadura cívico-militar que ya gobernaba el país, Paco Urondo fue acorralado en un departamento de la calle Juncal, en Buenos Aires. Según los testimonios, prefirió enfrentar a los soldados antes que rendirse, y en el tiroteo que siguió cayó abatido. La versión oficial habló de un "enfrentamiento" y de un "delincuente muerto". Pero el pueblo, siempre sabio, supo leer entre líneas: no había muerto un delincuente, había muerto un poeta que había entendido que hay batallas que no se pueden perder ni siquiera cuando se sabe que se van a perder.

Hoy, con el paso de los años, la figura de Paco Urondo se ha ido despojando de las polémicas de su tiempo para convertirse en un símbolo más amplio, en una suerte de arquetipo del intelectual comprometido. No es que su militancia se haya diluido, sino que el contexto histórico la ha vuelto legible de otra manera. En una Argentina que sigue buscando sus narrativas, que sigue preguntándose qué significa ser de izquierda, qué significa ser un escritor en un país atravesado por la violencia política, Urondo aparece como una respuesta posible: la del que no separó la palabra de la acción, la del que entendió que la poesía podía ser un arma, pero también un abrigo, un consuelo, una forma de decir "estoy acá" cuando todo parecía derrumbarse.

Su obra, por supuesto, sigue viva. No solo los poemas, sino también sus libros de cuentos y sus novelas, como "Los pasos previos" o "Adolecer", donde se adelantó a su tiempo con una sensibilidad que hoy sigue siendo actual. Hay en su prosa una mezcla de lírica y crudeza, de intimidad y denuncia, que la hace difícil de encasillar. Esa dificultad, esa resistencia a ser clasificado, es quizá lo que lo mantiene joven, lo que hace que los lectores de ahora lo descubran como si fuera contemporáneo.

Paco Urondo ya no está, pero su nombre se pronuncia con la misma naturalidad con la que se habla del viento o de la lluvia. Está en las calles que llevan su nombre, en los homenajes que cada año multiplican las organizaciones de derechos humanos, en las antologías que reúnen su poesía para que las nuevas generaciones la lean. Y también está, claro, en la memoria de quienes lo conocieron, de quienes compartieron con él una mesa, una charla, un sueño. Esa memoria es la que lo mantiene en pie, como un fantasma luminoso que recuerda que la palabra, cuando es auténtica, no se apaga con la muerte.

Porque Paco Urondo no fue un héroe de manual, de esos que salen en las estampitas. Fue un hombre con contradicciones, con dudas, con miedos, pero que supo poner todo eso al servicio de una idea. Y quizá por eso, más que por sus poemas o por sus artículos, es que su figura nos sigue interpelando: porque nos recuerda que el compromiso no es un gesto de una vez, sino una decisión cotidiana, un camino que se recorre con los pies en la tierra y los ojos en el horizonte. Y que, a veces, ese camino es más importante que el destino.