CINE ARGENTINO

Pino Solanas y el cine como trinchera

Su cámara fue un arma de lucha y su militancia, una extensión de su arte. La obra de Pino Solanas perdura como un territorio incómodo y necesario, donde la imagen documental se enciende para defender la memoria y interpelar a la historia.

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Escrito en EFEMÉRIDES el

Hay nombres que pesan más que otros en la memoria de un cine. El de Fernando “Pino” Solanas es uno de esos pesos plenos, una figura que se resiste a ser encapsulada en la etiqueta de “cineasta” sin el acompañamiento necesario de “militante” y “pensador”. Su obra, vasta y tempestuosa, es un largo diálogo con las heridas y los sueños de la Argentina, filmada con la urgencia de quien cree que la cámara no es un espejo para contemplarse, sino un arma para intervenir en la realidad.

Todo comenzó, como un estallido, con “La Hora de los Hornos” en 1968. Junto a Octavio Getino, Solanas no solo hizo una película; fundó un acto de insubordinación. Aquellas imágenes, proyectadas en sindicatos y universidades a la luz precaria de un proyector, eran pura praxis revolucionaria. El cine dejaba de ser espectáculo para convertirse en clandestinidad y pedagogía. Era un cine-acción, un concepto que marcaría a fuego su trayectoria. No se contentaba con denunciar el neocolonialismo y la violencia de la oligarquía; quería ser parte de la chispa que incendiara la pradera.

Su exilio, forzado por las balas de la Triple A, no fue un paréntesis, sino una continuación de la lucha por otros medios. En París, su mirada sobre el destierro y la identidad se volvió más lírica, más penetrante. “El exilio de Gardel” y “Sur” son quizás sus obras más conmovedoras, donde el tango y los fantasmas de un país desaparecido bailan en un escenario de nostalgia y esperanza. La memoria no es aquí un simple recuerdo, sino un territorio habitado, un sur hacia el cual siempre se regresa, aunque el cuerpo esté lejos.

Con los años, su cine mutó en forma, pero no en esencia. La llegada del nuevo siglo lo encontró con la energía intacta de un joven furioso. Sus “crónicas” documentales —“Memoria del Saqueo”, “La Dignidad de los Nadies”, “La Guerra del Fracking”— son una suerte de cartografía del despojo. Con la cámara al hombro, Solanas recorría el país como un corresponsal de su propia tierra, entrevistando a piqueteros, científicos, trabajadores de fábricas recuperadas. Su voz en off, grave y cercana, no pretendía una falsa objetividad; era la voz de un testigo que toma partido, que se indigna y que acompaña.

Esta pulsión ética era inseparable de su militancia política. Su paso por la función pública, primero como diputado y luego como embajador ante la UNESCO, fue la extensión natural de sus ideas. Para él, la cultura y la política eran dos ríos que fluían del mismo manantial: la defensa de la soberanía, la justicia social y los derechos humanos. A veces incómodo, a menudo polémico, nunca se amoldó a los consensos fáciles. Su postura era la de un hombre que cree que la coherencia es la única dignidad posible.

El legado de Solanas es, por eso, incómodo y necesario. No deja un estilo estético uniforme, sino una postura vital. Nos dejó la convicción de que crear es un verbo que exige implicancia, que filmar es una forma de habitar la historia y de interpelarla. En un presente donde las pantallas a menudo nos hipnotizan con ficciones evasivas, la obra de Solanas permanece como un recordatorio áspero y luminoso: el cine puede ser, debe ser a veces, un lugar desde donde se enciende la conciencia y se defiende, con imágenes y sonidos, la dignidad de la memoria.