Hoy toca escribir una despedida, y eso es siempre un acto incómodo, porque nunca sabemos si estamos escribiendo para el que se va o para quienes nos quedamos. Hablemos entonces del Indio Solari como si no acabáramos de enterarnos de que su voz ya no va a volver a sonar en ningún escenario, como si el telón no se hubiera cerrado para siempre y esa mezcla de poesía deforme, furia y ternura callejera no se hubiera ido con él a algún lugar donde no llegan las crónicas ni las redes sociales.
Carlos Alberto Solari, ese señor de anteojos oscuros y melena indómita que aprendió a cantar como si estuviera escupiendo versos contra una pared, fue mucho más que un músico. Fue una manera de estar en el mundo. Alguien dijo alguna vez que el rock argentino se divide entre los que entienden al Indio y los que no, y había en esa frase una verdad incómoda: porque el Indio no se explicaba, se sentía. Desde aquellos años de Los Redondos, cuando el ruido era sagrado y las letras parecían salidas de un sueño febril donde convivían Peter Pan, la carne de cañón, los vampiros, el jazz de las banquetas y esa famosa "pelusa del mal" que nadie supo nunca bien qué era, pero todos coreaban como si fuera un himno. Él construyó un universo propio, a contramano de todo: de la fama fácil, de los premios, de la corrección política, del buen gusto incluso. Porque el Indio nunca fue fino, y eso era justamente su grandeza. Era áspero, críptico, a veces ininteligible, pero justo cuando uno iba a soltar un "esto no se entiende", la melodía daba una vuelta de tuerca y aparecía una línea que nos atravesaba el pecho para siempre: "la noche no tiene quién la escriba", "un poco de amor no le hace mal a nadie", "solo la música es mi dios, los ídolos se caen de a dos".
Su contribución al rock argentino no se mide en discos de oro ni en estadios repletos, aunque los haya llenado hasta el hartazgo. Se mide en esa fidelidad animal que despertaba en su público, esa legión de almas negras que viajaban cientos de kilómetros para verlo aparecer en un escenario como un profeta del under, rodeado de luces rojas y humo denso, sin gestos ampulosos, sin coreografías, sin más recurso que esa voz cascada y ese cuerpo que parecía desafiar a la gravedad con cada movimiento torpe pero sincero. El Indio fue, ante todo, un poeta del margen. Sus letras están llenas de personajes rotos, de amores imposibles, de fechas que se atrasan, de dioses que no contestan. Nunca cantó desde el privilegio, sino desde la trinchera de los que esperan algo que nunca llega. Y por eso su público lo adoptó como un símbolo: él era el rey de los que no quieren reyes, el líder de los que desconfían de los líderes.
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Dado que esto es un obituario, toca decir que con él se va una parte de esa Argentina ruidosa y marginal que todavía se resistía a convertirse en mercancía. Se va la épica del barrio, la épica del garage, la épica del pogo descontrolado donde todos chocaban contra todos, pero nadie pegaba porque en el fondo estaban abrazándose. Se va ese arte de transformar una metáfora absurda en un grito colectivo. Se va un tipo que nunca dio explicaciones, que rara vez dio entrevistas, que subió al escenario hasta que el cuerpo le dijo basta, y que cuando se bajó, lo hizo sin aspavientos, como quien cumple un ciclo y sabe que la eternidad no es para los cuerpos, sino para las canciones.
El Indio Solari, ahora, es leyenda en mayúsculas. Y mientras escribo esto, no puedo evitar poner "La bestia pop" o "Juguetes perdidos" de fondo, y sentir que el tipo no se ha ido del todo. Porque en cada guitarra desafinada de algún pibe que aprendió a tocar para imitarlo, en cada frase encriptada que los fans siguen discutiendo en foros perdidos de internet, en cada atardecer de provincia donde suena un Redondos a todo volumen mientras los jóvenes se miran y sonríen, ahí sigue él. No sé si Carlos Alberto Solari creía en el cielo. Tampoco sé si yo creo en el cielo. Pero si existe, debe ser un lugar con mucho escenario y poca luz, donde las canciones no terminan nunca y donde él, desde el fondo, sigue cantando eso de que "será, será, lo que será". Y nosotros, acá abajo, aplaudiendo de pie.