NI UNA MENOS

Once años de Ni Una Menos y el nombre de Agostina Vega como bandera

Escrito en EDITORIALES el

Once años pasaron desde aquel primer grito que se volvió muchedumbre. Once años desde que “Ni Una Menos” dibujó en el aire una pregunta que aún no encuentra respuesta completa: ¿hasta cuándo la muerte de una mujer va a ser noticia, condena breve y olvido rápido? Esta semana volvemos a formularla con el nombre de Agostina Vega, atravesada por la indiferencia de un sistema que sigue fallando antes, durante y después del golpe.

Agostina no es un caso más. Es la prueba de que las leyes, los protocolos y las declaraciones de principios no alcanzan cuando el machismo se disfraza de “problema doméstico” o cuando la justicia mira para otro lado porque el agresor “no parecía tan peligroso”. El femicidio de Agostina expone lo que el movimiento de mujeres viene denunciando desde aquel 3 de junio de 2015: la violencia de género no es una suma de hechos aislados, sino un entramado social que empieza en los chistes cotidianos, se consolida en la desprotección institucional y termina con un cuerpo sin vida mientras el agresor, muchas veces, sigue moviéndose con una libertad que ella ya no tendrá.

¿Y la Justicia? La palabra impunidad duele porque es precisa. Los femicidas saben que los tiempos judiciales juegan a su favor, que una denuncia puede perderse en un cajón, que una medida perimetral es apenas un papel si no hay un Estado dispuesto a custodiar la vida detrás de ese papel. El engranaje social falla porque el engranaje, hay que decirlo con crudeza, no fue diseñado para protegernos, sino para administrar el riesgo con la calculadora de la burocracia. No alcanza con crear más fiscalías especializadas si quienes las habitan siguen formados en la misma cultura que naturaliza el control y el celo como “amor”. No alcanza con agravar penas si el primer eslabón, el de la prevención real y el acompañamiento efectivo, se sostiene con programas precarizados y personal desbordado.

El medio cultural digital que hoy publica esta editorial no es ajeno al entramado que denuncia. También sabemos que el arte, la literatura y el pensamiento crítico han sido territorio de disputa: durante años se nos dijo que la incomodidad feminista “rompía la belleza” de ciertas narrativas. Pero Agostina no es una metáfora. Es carne, memoria y una rabia que nos recuerda que los discursos institucionales sin presupuesto ni voluntad política son solo cortinas de humo. Por eso, en el aniversario de Ni Una Menos, no pedimos más declaraciones solemnes. Pedimos que cada juez, cada fiscal, cada policía, cada funcionario se pregunte qué hizo desde su lugar para que Agostina Vega esté viva hoy. Y si la respuesta es incómoda, que al menos sirva para remover algo.

La violencia de género no es un destino. Es una decisión política sostenerla con silencios, vacíos legales y comisarías que te toman la denuncia mientras te advierten “que no va a pasar nada”. Pues bien: pasó. Y volverá a pasar mientras el femicidio se siga juzgando como un exceso y no como la expresión más brutal de un sistema que educa a los varones para poseer y a las mujeres para resistir. Agostina ya no puede leer estas líneas. Nosotras y nosotros, sí. Y tenemos la responsabilidad de no soltar su nombre hasta que la justicia deje de ser una farsa y el Estado se ponga del lado de la vida, siempre y sin excusas.

Ni Una Menos cumple once años. Once años de muertes que pudieron evitarse. Agostina Vega es ahora la última en sumarse a esa lista que ningún medio debería tener que repetir. Pero la repetimos porque nombrar es resistir, y porque mientras haya una sola mujer atravesando el miedo de volver a su casa, la editorial no será un texto formal sino un grito con formato de columna. Basta de impunidad. Basta de protocolos que se mojan con la lluvia. Agostina, presente. Y que la vergüenza recaiga siempre sobre los violentos y sus cómplices institucionales, nunca sobre quienes siguen peleando para que la próxima noticia no tenga que escribirse.