El 16 de junio de 1955, mientras el mediodía se extendía sobre Buenos Aires y los transeúntes cruzaban la Plaza de Mayo sin imaginar el horror que se cernía sobre ellos, una flotilla de aviones de la Armada Argentina surcó el cielo con una consigna siniestra inscripta en sus fuselajes: "Cristo vence ". Desde las alturas, más de un centenar de bombas comenzaron a desprenderse sobre la Casa Rosada, el edificio de la CGT y la residencia presidencial. Pero también cayeron sobre quienes ese día solo buscaban ganarse el pan, sobre los obreros que habían salido a protestar, sobre la gente común que quedó atrapada en un escenario que parecía sacado de una pesadilla. Fue la primera vez, y sigue siendo la única, en que las Fuerzas Armadas argentinas bombardearon su propio país.
El saldo fue devastador: al menos 308 muertos, más de 800 heridos y una cantidad de víctimas que nunca pudo determinarse con exactitud debido al estado de mutilación y carbonización en que quedaron muchos cuerpos. Pero el número más elocuente no está en las estadísticas, sino en lo que vino después: un silencio que duró décadas, cómplice y profundo, como si la memoria misma hubiera sido alcanzada por una bomba.
Porque lo que ocurrió aquel día no fue un mero episodio político. Fue, como lo definió el investigador Juan Besse, un verdadero "teatro de la crueldad" que buscaba producir efectos de discernimiento político a través del terror. Y funcionó. No solo porque tres meses después la autodenominada Revolución Libertadora derrocó a Perón, sino porque la cultura argentina, la historiografía liberal y los sucesivos gobiernos se encargaron de instalar una narrativa que equiparaba el bombardeo con la quema de iglesias ocurrida esa misma noche, como si la defensa de las piedras sagradas pudiera ponerse al mismo nivel que la masacre de civiles desarmados.
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El investigador Besse lo explica con claridad: los relatos oficiales hablaban del bombardeo sin mencionar a las víctimas, y de los incendios de iglesias sin mencionar que no hubo muertos, solo patrimonio dañado. Esa prefiguración de la teoría de los dos demonios, mucho antes de que la última dictadura la consagrara, operó como un mecanismo de legitimación de una "guerra justa" contra el peronismo. Y la prensa, leal a esa lógica, se plegó al discurso oficial que presentaba el hecho como una "asonada" sofocada, una anomalía de la que pronto se recuperaría la "normalidad". El golpe definitivo al recuerdo lo dio la dictadura que asumió en septiembre de 1955, que no solo no investigó el crimen, sino que lo enterró bajo el peso de su propia impunidad.
Pasan los años y el bombardeo sigue siendo un extraño ausente en el imaginario colectivo argentino. Mientras el ataque aéreo sobre Guernica, con menos víctimas, encontró en el genio de Picasso una inscripción universal, la masacre de Plaza de Mayo carece de un equivalente artístico que la fije en la conciencia global. Ni un cuadro, ni una novela canónica, ni una película que la conviertan en emblema. Como señaló el escritor Julián López, compilador de una reciente antología literaria sobre el tema, "es un evento que los artistas no terminamos de escuchar, de representar o de entender". Y ese silencio, lejos de ser casual, es sintomático de una herida que el país nunca terminó de elaborar.
El propio López sostiene que el bombardeo fue un "quantum disciplinador" que definió la vida política y cultural argentina hasta nuestros días. Una línea directa, inabordada, que conecta aquella masacre con el terrorismo de Estado que desplegaría la dictadura de 1976. Porque los mismos sectores que bombardearon la plaza, los mismos que proscribieron al peronismo durante 18 años, fueron los que luego construyeron el andamiaje represivo más feroz de nuestra historia. Y sin embargo, el país sigue sin hacer el duelo. Como si fuera difícil universalizar un dolor que siempre se particulariza como "cosa de peronistas", cuando en realidad, como recuerda Besse, ese día murió gente de todos los colores políticos, porque las bombas no preguntan afiliación.
No hubo un llanto nacional. No hubo un reconocimiento oficial del crimen de lesa humanidad que muchos especialistas consideran que fue. No hubo justicia para los responsables, protegidos por la misma Revolución Libertadora que los encumbró. Recién en el 2005, al cumplirse medio siglo de la masacre, el Estado comenzó a publicar investigaciones y a reconocer la magnitud de lo ocurrido. Pero aún hoy, setenta años después, la memoria vuelve a ser difusa, sujeta a los vaivenes políticos y a la resistencia de "los dueños de la Argentina" (en palabras de Besse), quienes no quieren saber nada" .
Pero mientras no se nombre lo que pasó, mientras no se reconozca que una fuerza armada tuvo su bautismo de fuego contra los propios ciudadanos, mientras no se repare el daño a las víctimas y sus familias, la democracia argentina seguirá cojeando sobre una base de impunidad y olvido. El bombardeo a Plaza de Mayo no es solo un capítulo del pasado. Es una advertencia que sigue vigente, un recordatorio de que la violencia política más extrema en la Argentina no empezó en 1976, sino mucho antes, y que su historia nunca fue contada como merece.