En este momento estás viendo El desorden de los comunes
Detalles del bastón presidencial de Javier Milei.

El desorden de los comunes

Por Jorge Felippa

 

Para nosotros y para ellos: “la gente como uno”, es sencillo reconocer a los comunes. Entre otras cosas, porque nos alegra amucharnos y cualquier pretexto es bueno para poner el cuerpo en las plazas, en las calles y frente a una mesa tendida con el regocijo del vino y la poesía.

 

Somos unos cualquiera en la palabra educada del desprecio. Las sombras de la historia que no quieren admitir. Los apabulla tanta insistencia en aferrarnos a banderas de otro siglo, a las canciones que nos hermanaron en triunfos o derrotas, a los nombres de los caídos y a los que se levantaron en el fragor de la tormenta para señalar el rumbo de la patria.

 

Ellos también se juntan y saben deponer sin asco y sin vergüenza, sus diferencias a la hora de custodiar sus negocios de rapacería. Que los esconden en pomposos nombres de fundaciones, en asociaciones libres de leyes que puedan limitar sus beneficios. Y siempre encuentran un hombre de paja que los represente en su descarada ambición de convertirnos en sus esclavos.

 

Leo esto y me estremezco: “La Argentina mercado que imagina Milei carece de sustancia ni es mercado nacional, interno o algo que se corresponda con necesidades e intereses más o menos comunes de quienes hoy conforman ese territorio conquistado y hegemonizado por la oligarquía agraria. La Argentina mercado es puro dominio capitalista. (…) Si la Argentina no es un territorio común, si no existe una comunidad que lo habita, sino pura tierra mercancía (ficticia, enseña Karl Polanyi) todo puede venderse, desmembrarse, mercantilizarse”. (1)

 

Ante semejantes corsarios, a los comunes nos urge la necesidad de refundarnos como comunidad. Es necesario y urgente, amucharnos en defensa propia antes que la patria sea otra vez colonizada. Desordenar el tráfico de sus influencias cortesanas, sin temerles a sus mastines disfrazados de Robocop que pretenden llevarnos de a uno al matadero, sin pan y sin remedios.

 

Si eso pretenden, que les sangre de por vida, la condena de nuestra memoria.

 

(1) “Mastines en Davos”, por Estela Grassi, en La Tecl@ Eñe. 

 

Deja una respuesta