Hay cineastas que filman para el entretenimiento. Hay quienes filman para la posteridad. Y hay, en un rincón más incómodo, quienes filman para la conciencia. Ken Loach pertenece a esta última categoría, esa raza de artistas que entienden el cine como un acto de resistencia, como una forma de poner el dedo en la llaga sin importar que la herida supure o que la mano se ensucie. A sus casi noventa años, el director británico sigue siendo ese muchacho de la clase obrera que nunca olvidó de dónde viene, y que convirtió cada plano, cada diálogo, cada silencio en una declaración de principios.
Loach no llegó al cine político por casualidad. Creció en una Inglaterra de posguerra, en una familia modesta que sabía lo que era apretar el cinturón. Esa experiencia temprana, esa cercanía con el sufrimiento concreto de la clase trabajadora, fue el caldo de cultivo de un cine que nunca ha querido ser neutral. Porque para Loach, la neutralidad es una forma de cobardía, un lujo que solo pueden permitirse quienes ya tienen el mundo ganado. Desde sus primeros trabajos para la televisión británica en los años sesenta, su mirada se posó sobre aquellos que el sistema prefiere invisibilizar: los desempleados, los inmigrantes, los sindicalistas, los pobres que luchan por no ser más pobres. No hay en su cine una mirada compasiva, que es una forma sutil de desprecio, sino una mirada militante, que se coloca al mismo nivel de sus personajes y que los filma sin filtros, sin adornos, sin la distancia del que se sabe superior.
Fue en la década del ochenta cuando Loach consolidó su voz, esa mezcla de realismo documental y dramatismo vibrante que lo haría inconfundible. Películas como "¿Qué has hecho con nuestros hijos?" o "El precio de la libertad" ya mostraban a un cineasta que no temía meterse en los temas espinosos: la represión sindical, la guerra de Malvinas desde una perspectiva crítica, el conflicto norirlandés. Pero fue en los años noventa cuando su nombre empezó a resonar más allá de las fronteras del Reino Unido, con obras como "Tierra y libertad", un retrato desolador y apasionante de la guerra civil española y las contradicciones del comunismo, y especialmente con "La pelota envenenada", que le valió el Premio del Jurado en Cannes y que lo colocó en la primera línea del cine mundial.
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Sin embargo, quizá su obra más emblemática, la que mejor sintetiza su mirada, sea "Yo, Daniel Blake", ese golpe en la mesa de 2016 que ganó la Palma de Oro en Cannes y que retrata con una crudeza casi documental el calvario de un carpintero enfermo que lucha contra el monstruo burocrático de la asistencia social británica. No hay en esa película una sola concesión al sentimentalismo barato, ni un solo momento que busque la lágrima fácil. Hay, en cambio, una rabia contenida, una indignación que se despliega en cada escena como una pregunta ineludible: ¿hasta qué punto vamos a permitir que el sistema triture a los más débiles? Esa pregunta no es retórica en el cine de Loach, es un llamado a la acción, una interpelación directa al espectador que sale de la sala sabiendo que ha visto algo más que una película.
Pero Ken Loach no es solo un director de cine, es también un militante activo, un hombre que no se ha quedado detrás de la cámara cuando el mundo ardía. Su apoyo al movimiento obrero, su defensa del sindicalismo, su postura crítica frente al neoliberalismo y al imperialismo británico en Irlanda del Norte o en Irak, lo han convertido en una figura incómoda para el establishment. No es extraño que sus películas hayan sido vetadas, censuradas o ninguneadas por ciertos sectores de la prensa, ni que algunos críticos lo acusen de "panfletario". Lo que esos críticos no entienden es que Loach no hace panfletos: hace retratos de la realidad, y si la realidad parece un panfleto, el problema no es del cineasta sino de la realidad misma.
Hoy, cuando el cine político parece haber sido devorado por el espectáculo y las grandes plataformas apuestan por la evasión, la figura de Ken Loach se alza como un faro incómodo. A sus ochenta y tantos años, sigue filmando, sigue denunciando, sigue siendo ese obrero del cine que no ha cambiado su discurso ni un ápice. No ha transigido, no ha "madurado" en el sentido que suelen pedirle los que creen que el arte debe volverse neutro con la edad. Él sigue siendo el mismo joven que filmó "Cathy Come Home" en 1966 y que descubrió que el cine no solo podía contar historias, podía cambiarlas.
Su status como símbolo de resistencia trasciende el cine. Loach es, para muchas generaciones, la prueba viviente de que se puede hacer arte sin venderse, de que el compromiso no es incompatible con la calidad, de que la militancia no embrutece la mirada sino que la agudiza. Y quizá por eso, más que por sus premios o por su filmografía, que es extensísima y desigual pero siempre honesta, su figura se ha vuelto indispensable. Porque en un mundo que tiende a la homogenización, a la neutralidad complaciente, a la falsa objetividad, Ken Loach es ese ruido que no se calla, esa cámara que sigue filmando aunque todo parezca ya filmado.
Su legado está en sus películas, por supuesto, pero también en esa estela de cineastas que han bebido de su mirada, en esos jóvenes directores que se animan a filmar lo incómodo porque él lo hizo primero, en esos espectadores que ya no pueden ver una película sin preguntarse qué está diciendo realmente detrás de las imágenes. Ken Loach nos ha enseñado que el cine puede ser un arma, y que las armas, cuando están en manos de quienes buscan la justicia, no son para matar sino para despertar. Y mientras haya un solo despierto, su obra seguirá teniendo razón de ser.