COPA DEL MUNDO 2026

La literatura y el fútbol: una crónica del Mundial 2026

El fútbol es un relato que se escribe con el cuerpo y la literatura, uno que se juega con la memoria. En el Mundial 2026, Argentina, Inglaterra, Nigeria y el mundo entero demuestran que cada partido es un capítulo y cada gol, una metáfora.

Escrito en REFLEXIÓN el

Hay una imagen que persiste en la memoria colectiva: la de un escritor solo frente a la hoja en blanco y la de un futbolista solo frente al arco rival. Ambas son estampas de soledad, pero también de pertenencia. En el Mundial 2026, que se extiende por las canchas de Estados Unidos, México y Canadá, esa dualidad se hace más evidente que nunca. Porque el fútbol, como la literatura, es un relato que se escribe con el cuerpo, pero que solo cobra sentido cuando otro lo lee, lo interpreta, lo vitorea o lo llora. Y en esa danza entre la pluma y la pelota, Argentina vuelve a ser un caso ejemplar, aunque no el único.

Si hay un nombre que sintetiza esta alianza en la tradición argentina, ese es Osvaldo Soriano. No solo porque supo narrar el fútbol desde la crónica y la ficción, sino porque entendió que el partido se juega siempre en dos tiempos: el de la cancha y el de la memoria. Sus cuentos, como Cuarteles de invierno, no hablan de tácticas ni de estadísticas; hablan de personajes que llevan el fútbol en el andar, en la derrota, en esa especie de estoicismo arrabalero que tanto se parece al de aquellos escritores que también sabían que la página en blanco es un campo de juego hostil. En el Mundial 2026, esa herencia resuena cada vez que un jugador argentino se toma un segundo extra para pensar antes de patear, como si estuviera escribiendo el final de un capítulo. Porque en Argentina, el fútbol no se juega: se cuenta. Y se cuenta incluso antes de que ocurra.

Pero no es solo un fenómeno rioplatense. Si viajamos a Inglaterra, la cuna del fútbol moderno, la literatura ha hecho del deporte una épica de clase y resistencia. Nick Hornby, con Fiebre en las gradas, transformó la obsesión por el Arsenal en un ejercicio de autoficción donde el resultado del domingo determina el estado de ánimo del lunes. En este Mundial, con Inglaterra pisando fuerte y con una generación que mezcla juventud y oficio, la pluma de Hornby parece profética: el fútbol es el último refugio de la tribu en un mundo individualista. Y así como Hornby narra desde la grada, el escritor nigeriano Ben Okri, en sus ensayos menos conocidos, ha sabido ver en el fútbol africano una forma de oralidad pura, un cuento que se pasa de boca en boca en las calles de Lagos, donde cada gambeta es un verso y cada gol, un estribillo. En el Mundial 2026, con Senegal y Nigeria buscando la hazaña, esa literatura de tradición oral se traduce en juego imprevisible, en relato que no sigue el guion de los favoritos.

Y qué decir de la Europa del Este, donde el fútbol y la literatura han sido a menudo un acto de disidencia. El polaco Ryszard Kapuscinski, aunque más conocido como cronista de guerra, dejó páginas inolvidables sobre el fútbol como espejo de las dictaduras y las esperanzas populares. En su mirada, un partido entre el equipo del gobierno y el del pueblo no era solo un entretenimiento, sino un capítulo de una novela política. En este Mundial, con Polonia y Ucrania en la pelea, esa tradición resurge: cada pase es un pacto, cada falta es una traición. La literatura de aquellos países nos enseña que el fútbol no es ajeno a la historia, sino que la condensa en noventa minutos.

Pero si hay un territorio donde la relación se vuelve mágica, es en América Latina, claro. Allí, el fútbol no se distingue del realismo mágico. No es casual que Eduardo Galeano haya escrito El fútbol a sol y sombra, un libro que no es una crónica ni un ensayo, sino una elegía. Galeano entendió que el fútbol es un juego de niños que los adultos convirtieron en negocio, pero que en su esencia guarda esa chispa de lo inexplicable: el gol de taco, la rabona, el pase que no se sabe cómo llegó. En el Mundial 2026, con una Argentina que llega como campeona defensora y con Brasil siempre al acecho, esa literatura de la alegría y la desgracia se actualiza. Cada partido de la selección albiceleste es un capítulo de una saga que comenzó en el '78, que tuvo su giro oscuro en el '86 con la mano de Dios, y que encontró su redención en el 2022. Los escritores argentinos actuales, desde Selva Almada hasta Patricio Pron, han bebido de esa fuente: el fútbol como territorio de lo no dicho, como excusa para hablar de la patria, de la masculinidad, de la ausencia.

Y en ese cruce, el Mundial 2026 nos ofrece un escenario global donde las selecciones son personajes de una novela coral. La selección francesa, con su mezcla de herencias coloniales y su escuela de formación, parece un capítulo de Los miserables, donde el barrio se enfrenta al palacio. La selección marroquí, que en el último Mundial ya fue un cuento de hadas, vuelve ahora como un relato de madurez, donde la épica deja paso a la estrategia, pero sin perder el alma. Y Estados Unidos, el anfitrión, ese país que tradicionalmente miraba el fútbol con extrañeza, ha comenzado a escribir su propia literatura del deporte, con autores como John Keats (no el poeta, sino el cronista) que narran el crecimiento de la MLS como una novela de iniciación.

Pero no todo es épica y belleza. La literatura también nos recuerda que el fútbol es un negocio, una maquinaria de alienación. En ese sentido, el chileno Alberto Fuguet ha escrito sobre el fútbol como un espejismo de éxito en una sociedad que no perdona el fracaso. Y el español Manuel Vázquez Montalbán, con su detective Pepe Carvalho, resolvía crímenes mientras el Barça perdía o ganaba, como si el resultado del partido fuera un síntoma de la descomposición social. En el Mundial 2026, con la sombra de los mundiales de petrodólares y de las sedes cuestionadas, esa literatura crítica nos recuerda que también se puede narrar desde el desencanto, que el gol no siempre redime y que la derrota, como en las grandes novelas, a veces es más interesante que la victoria.

Al final, lo que este Mundial nos deja, mientras los estadios se llenan de banderas y de ruido, es la certeza de que el fútbol y la literatura comparten un mismo oficio: el de darle forma al caos. El escritor ordena el mundo con palabras; el futbolista, con el cuerpo. Pero ambos saben que el resultado es siempre provisorio, que siempre hay un próximo partido, una próxima página. Y en ese vértigo, Argentina, con su tradición de narradores y de gambeteadores, no hace más que recordarnos que el relato es lo único que nos queda cuando el árbitro pita el final. Porque el Mundial 2026 no será recordado por los goles, sino por las historias que dejemos caer alrededor de ellos, como quien deja caer una moneda en un charco para ver las ondas. Y esas ondas, esa literatura, son las que realmente nos hacen campeones.