MARTHA ALGERICH

Feliz cumpleaños Martha Argerich, reina y señora de los teclados

Nació en Buenos Aires, deslumbró en Varsovia, huyó de los reflectores y encontró la paz en la música de otros. Martha Argerich no toca sola: toca acompañada por el asombro.

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Escrito en EFEMÉRIDES el

Hablar de Martha Argerich es, antes que nada, rendirse ante la evidencia de que existen personas que parecen haber nacido con un pacto secreto con la música. No es solo su técnica, que por supuesto existe y es apabullante, sino algo más difícil de nombrar: esa manera de sentarse frente al piano como quien se prepara para una conversación íntima y furiosa a la vez, como si las teclas fueran una extensión de sus propias emociones. Nació en Buenos Aires un cinco de junio de 1941, y ya a los cinco años el maestro Vincenzo Scaramuzza la descubrió y supo que estaba ante algo extraordinario. A los ocho años dio su primer concierto, y a los catorce se fue a Europa con su familia, como quien se lanza a un destino que ya la estaba esperando.

Pero no fue todo lineal ni sencillo. A los dieciséis años ganó dos concursos internacionales importantes en el lapso de tres semanas, Ginebra y Bolzano, y sin embargo después vino un silencio. Un momento en que la pianista, frustrada por no poder estudiar con quienes admiraba, dejó el piano durante tres años y hasta pensó en abandonar todo para estudiar secretariado o medicina. Ese dato siempre conmueve porque muestra que el genio también duda, también se quiebra. Pero volvió, y volvió a lo grande. En 1965, a los veinticuatro años, ganó el Concurso Internacional Chopin de Varsovia, y ese fue el instante en que el mundo entero abrió los ojos. O los oídos, mejor dicho.

Hay un rasgo de Martha Argerich que la hace todavía más entrañable, y es esa relación incómoda con la soledad del escenario. Ella misma lo ha dicho: no le gusta tocar sola. Por eso desde hace décadas ha volcado su energía en la música de cámara, en los dúos, en los conciertos donde no está sola, sino acompañada. Esa confesión, esa honestidad tan poco frecuente en los grandes virtuosos, explica gran parte de su arte. Porque Argerich no es una pianista que impone su presencia desde un podio distante: es alguien que busca la armonía con otros, que ha dicho en varias entrevistas que esa sensación de formar parte de un grupo le produce un sentimiento fuerte y pacífico. Y así se la ha visto tocar con Nelson Freire, con Mischa Maisky, con Gidon Kremer, con Daniel Barenboim, su amigo de la infancia que alguna vez confesó que Martha hace cosas con el piano que él ni siquiera puede soñar.

Su amor por Chopin merece un párrafo aparte. No es casual que haya ganado el concurso que lleva el nombre del compositor polaco, ni que sus grabaciones de las obras de Chopin sigan siendo referencias ineludibles. La versión de la Tercera Sonata que registró, apenas consagrada en Varsovia, tiene una intensidad que parece desafiar al propio estudio de grabación, como si las paredes no pudieran contener tanta vida. Pero también ha sido dueña de Schumann, ese compositor al que siente particularmente cercano, y de Prokofiev, de Ravel, de Liszt, de Bach incluso. Su repertorio es un mundo, y ella se mueve por él con la libertad de quien conoce cada rincón, pero nunca deja de sorprenderse.

Y sin embargo, a pesar de los Grammy, del Premio Kennedy que le entregó Barack Obama, de las órdenes imperiales de Japón y de todos los reconocimientos que ha recibido, Martha Argerich ha mantenido una actitud que roza la timidez o quizás la sabiduría. Evita la prensa, no colecciona reflectores, prefiere escuchar la radio antes que elegir discos porque, dice, le gusta recibir sorpresas. Esa frase es una pequeña obra maestra: revela a una artista que no quiere controlarlo todo, que se abre al azar, que confía en lo inesperado. Por eso también ha dedicado buena parte de su carrera a impulsar a jóvenes pianistas, organizando festivales y concursos que llevan su nombre en Buenos Aires y en Japón, porque entiende que la música es un río que hay que mantener vivo.

Hoy, a sus ochenta y cuatro años, Martha Argerich sigue tocando. Sigue deslumbrando. Y cuando uno la ve en algún video reciente, con esa melena blanca y esa manera de atacar el teclado que parece mezclar furia y ternura, no puede evitar pensar que se está ante una de esas figuras que trascienden su propio oficio. No es solo una gran pianista, aunque lo sea de manera incuestionable. Es una presencia, una manera de estar en el mundo, una lección viva de que la técnica, cuando es verdadera, se olvida de sí misma y se convierte en emoción pura. Y que la genialidad, cuando va acompañada de humanidad, se vuelve inolvidable.