Hay héroes que habitan los manuales escolares con la pulcritud de una estampa. Sus uniformes brillan, sus caballos están siempre en alto, y sus victorias se cuentan con la claridad de un parte militar. Pero hay otros héroes que no entran en esa vitrina. Son los que volvieron del combate con la ropa embarrada, los que no usaron casaca sino poncho, los que no empuñaron sable sino facón. Martín Miguel de Güemes pertenece a esta segunda estirpe. Y quizá por eso la cultura popular argentina, ese río caudaloso que corre por debajo de la historia oficial, lo ha abrazado con una intensidad que pocos próceres conocen.
Lo primero que conviene recordar es que Güemes no fue un general de batallas campales en el sentido europeo del término. Fue un estratega de la asfixia, un maestro de la guerra de recursos. Al frente de sus "infernales", esos gauchos montoneros que conocían cada recodo de la quebrada y cada escondite del monte, convirtió la lucha por la independencia en una guerra de desgaste. No se trataba de ganar una batalla épica, sino de no perder nunca. De hostigar al realista hasta que el calor, la sed y la falta de provisiones hicieran lo que las balas no podían. La hazaña de Güemes fue entender que la geografía era su aliada y que la paciencia, esa virtud tan poco heroica en los relatos oficiales, podía ser más letal que la pólvora.
Pero para entender a Güemes en toda su dimensión, hay que dejar el parte militar y abrir los libros de literatura. Porque si la historia lo encuadra en una fecha y un hecho, la poesía y la narrativa lo han liberado de ese marco para convertirlo en símbolo. Quizá la imagen más potente sea la que nos legó Leopoldo Lugones en su "El payador", donde Güemes no es tanto un militar como una encarnación de la tierra misma, un hombre que cabalga sobre el paisaje y se confunde con él. O la que construye Arturo Jauretche en sus ensayos, donde el caudillo salteño es la prueba viviente de que la independencia no se ganó en las aulas ni en los salones porteños, sino en el polvo del norte, con un cuchillo en la mano y el poncho al hombro.
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La literatura gauchesca, por supuesto, encontró en Güemes un eco natural. No es casual que el Martín Fierro, aunque no lo nombre, dialogue con esa estirpe de hombres libres que pelean sin más orden que su propio coraje. Y más adelante, la narrativa del siglo XX, desde la pluma de Manuel Gálvez hasta la de Andrés Rivera, se encargó de desenterrar al Güemes que los manuales habían laminado: el Güemes contradictorio, el caudillo que no era un santo pero que entendió, mejor que nadie, que la libertad de un país se juega también en el territorio más inhóspito.
Pero hay un detalle que la cultura popular no ha dejado pasar y que tal vez sea lo más profundo de su legado: la devoción. Mientras que otros próceres son admirados, Güemes es querido. Eso no se enseña en la escuela, se respira en las peñas salteñas, en los versos de los copleros, en las zambas que todavía hoy lo nombran como si fuera un vecino. El pueblo lo adoptó no porque fuera perfecto, sino porque era de los suyos. Porque los infernales no eran un regimiento profesional, eran puesteros, arrieros, peones de campo que dejaron el arado por el fusil porque confiaban en la palabra de un hombre que hablaba como ellos y que, sobre todo, no los mandaba a morir lejos de su tierra, sino que los convocaba a defender el propio suelo.
Esa cercanía es la que la literatura ha sabido capturar mejor que cualquier tratado histórico. En los poemas de Raúl Aráoz Anzoátegui, en las coplas anónimas que circulan por las provincias del norte, en los relatos orales que aún se cuentan alrededor del fogón, Güemes es ese personaje que está a medio camino entre el héroe y el compadre, entre la gesta y la anécdota. Y esa ambivalencia, lejos de empequeñecerlo, lo agiganta, porque lo vuelve humano, porque permite que cada generación lo reescriba a su manera.
Hoy, cuando el bicentenario de su muerte ya pasó y la memoria se vuelve a veces un ejercicio de museo, conviene preguntarse qué sigue vivo de aquel hombre de barba tupida y mirada de zorro. La respuesta está en la cultura popular, que no lo ha dejado morir porque no lo momificó. Lo mantuvo en movimiento, en los bailes, en las canciones, en las narrativas que cada tanto redescubren a un Güemes nuevo, siempre el mismo, pero siempre distinto. Ese es el gran triunfo del héroe que no quiso ser estatua: seguir cabalgando, por el monte y por el verso, con sus infernales a cuestas y la libertad como única divisa.
Porque la independencia, para Güemes, no era un acta firmada en una ciudad lejana. Era el derecho de un gaucho a no ser arrastrado por el ejército realista, el derecho de una familia a cultivar su tierra sin que un patrón extranjero la confiscara. Esa visión, tan concreta y tan terrenal, es la que la literatura recogió y la que el pueblo no ha dejado de cantar. Y mientras haya quien ponga un disco de zamba o abra un libro de poemas en una noche salteña, Güemes no será un nombre en un monumento, sino un susurro en el viento, un galope lejano que recuerda, con cada golpe de tierra, que la patria se hace en los bordes, no en los centros, y que la libertad se defiende con el alma antes que con la espada.