BORIS SPIVACOW

Boris Spivacow, el editor que inventó una manera de leer

Boris Spivacow revolucionó la edición argentina haciendo libros de calidad al alcance de todos. Fundó Eudeba y el Centro Editor. Nació un 17 de junio, fecha en que hoy se conmemora el Día del Editor. Su legado es la democracia del papel.

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Escrito en EFEMÉRIDES el

Hay nombres que deberían estar en todas las solapas de los libros, pero que rara vez aparecen. No son los autores ni los traductores, ni siquiera los correctores. Son los editores, esos artesanos silenciosos que operan en las sombras, eligiendo qué se publica, cómo se publica y, en el fondo, qué se lee. Boris Spivacow fue uno de esos editores, pero no uno cualquiera: fue el editor que reinventó la industria editorial argentina, el que entendió que los libros no eran un lujo para minorías, sino un derecho para mayorías, y el que supo construir, desde el barro y la adversidad, un imperio de papel que cambió para siempre la manera en que los argentinos se relacionaban con la lectura.

Y hay un detalle que vuelve todo esto aún más conmovedor, más exacto, más justo: Boris Spivacow nació un 17 de junio. La misma fecha que, décadas más tarde, se instauraría como el Día del Editor en la Argentina. No fue una casualidad, o quizá sí, pero esa coincidencia temporal parece un guiño del destino, una confirmación de que algunos hombres nacen con su oficio grabado en el calendario. Spivacow no solo fue editor: fue el editor. El que le dio forma a la profesión, el que le puso cara y nombre a un oficio que hasta entonces era anónimo. Que su nacimiento y el día que lo homenajea compartan la misma fecha es, como mínimo, una prueba de que su obra fue tan inmensa que el tiempo mismo quiso rendirle pleitesía.

Spivacow llegó a la edición por casualidad, como tantas cosas importantes en la vida. Nacido en Ucrania en 1915, de familia judía, emigró a la Argentina con la intención de ser ingeniero agrónomo. Pero el destino, caprichoso, lo fue empujando hacia las letras, primero como empleado de la editorial Losada, donde aprendió los secretos del oficio, y luego como director de Eudeba, la editorial de la Universidad de Buenos Aires. Fue allí donde Spivacow desplegó su genio y donde cambió las reglas del juego. En una época en que los libros académicos eran caros, inaccesibles y escritos en un lenguaje críptico que solo entendían los iniciados, Spivacow tuvo una idea tan simple como revolucionaria: publicar libros de calidad a precios populares. Y no solo eso, sino hacerlo con un diseño cuidado, con una presentación impecable, como si el libro de bolsillo pudiera tener la misma dignidad que el de tapa dura.

Así nacieron los famosos "cuadernos de Eudeba", esas pequeñas joyas de tapa blanda que llegaron a los quioscos, a las librerías de barrio, a las manos de los estudiantes, de los obreros, de los que nunca antes habían tenido un libro propio. Ensayos de filosofía, textos de historia, antologías poéticas, todo cabía en ese formato pequeño, todo era accesible. Spivacow no solo democratizó el conocimiento, sino que le dio una forma material: el libro como objeto cotidiano, como herramienta de trabajo, como compañero de viaje. Su catálogo era un mapa del pensamiento argentino y universal, una invitación a leer sin excusas, a pensar sin permisos.

Pero Spivacow no se detuvo ahí. Cuando la dictadura de Onganía intervino la universidad en 1966, y con ella Eudeba, el editor vivió su propio exilio interior. No se fue del país, pero sí de la editorial que había construido con sus manos. Y entonces, como los grandes creadores que se reinventan, fundó el Centro Editor de América Latina, un proyecto aún más ambicioso que buscaba no solo llegar a todo el continente, sino también, en plena efervescencia política de los años setenta, ofrecer una mirada crítica sobre la realidad latinoamericana. La colección "Biblioteca Básica de Bolsillo", con sus tapas naranjas y su diseño inconfundible, se convirtió en un objeto de culto, casi en un pasaporte intelectual para toda una generación que buscaba respuestas en medio de la tormenta.

El catálogo del Centro Editor era un monumento a la diversidad: desde Marx y Engels hasta Borges y Cortázar, desde la historia de las revoluciones latinoamericanas hasta los manuales de ciencia popular. Spivacow entendía que la cultura no era un terreno en disputa entre élites, sino un bien común, y que el editor tenía la responsabilidad de tender puentes, de hacer que las ideas circularan, de desafiar la censura con el arma más poderosa: la difusión. Su apuesta era clara: si los libros llegaban a todos, las ideas no podían ser acalladas.

La dictadura de 1976, por supuesto, lo tuvo en la mira. El Centro Editor fue clausurado, Spivacow fue perseguido y su obra, esa inmensa obra editorial que había construido a lo largo de dos décadas, fue desmantelada y dispersada. Pero los libros, los que él había editado, los que seguían circulando de mano en mano, no pudieron ser erradicados. Seguían ahí, en las bibliotecas personales, en los kioscos clandestinos, en la memoria de quienes habían aprendido a leer gracias a sus ediciones. La dictadura pudo clausurar la editorial, pero no pudo clausurar la conciencia que Spivacow había ayudado a despertar.

Hoy, con el paso del tiempo, la figura de Boris Spivacow ha sido reivindicada como una de las más importantes del mundo editorial argentino, y quizá latinoamericano. No es un nombre que suene en las conversaciones cotidianas sobre literatura, pero debería. Porque sin él, sin su visión y su terquedad, el paisaje editorial argentino sería otro, más elitista, más cerrado, menos diverso. Él fue uno de los primeros en entender que editar no era solo seleccionar y corregir, sino también diseñar, pensar en el lector, imaginar qué libro podía cambiar la vida de alguien que no sabía que necesitaba ese libro.

Que el 17 de junio, el día de su nacimiento, sea hoy el Día del Editor en la Argentina no es una coincidencia menor. Es el reconocimiento tardío pero rotundo de una deuda enorme: la de una sociedad que leyó, aprendió y creció gracias a su trabajo silencioso e implacable. Porque Spivacow no escribió novelas ni poemas, pero su obra es quizá la más leída de todas: la obra de haber hecho posible que otros fueran leídos. Esa tarea invisible, esa labor de hormiga que construye las condiciones para que las palabras encuentren su destino, es lo que lo convierte en un gigante. No el gigante que se ve desde lejos, sino el que está en los cimientos, el que sostiene la casa mientras otros habitan los pisos superiores. Por eso, cuando hoy abrimos un libro bien editado, bien diseñado, a un precio razonable, estamos, sin saberlo, rindiendo homenaje a aquel ucraniano que llegó con un sueño y lo convirtió en papel. Y ese papel, como él sabía, es la materia más resistente que existe.