JAIRO

Jairo, la voz que supo nombrar el alma de América

Mercedes Sosa lo llamó "la mejor voz de Argentina". Jairo, el cordobés que cantó a Borges con Piazzolla, que viajó junto a la Negra y que le puso alma a la canción popular, cumple medio siglo de música con la misma ternura del primer día.

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Escrito en EFEMÉRIDES el

Hay voces que se escuchan, y hay voces que se habitan. La de Jairo, cordobés oriundo de Cruz del Eje que el mundo conoció con un nombre bíblico que significa "El Iluminado Fiel", es de esas que no pasan por el oído, sino que se instalan en la memoria. Cuando Mercedes Sosa, que de voces sabía y mucho, lo definió como "la mejor voz de Argentina", no estaba haciendo un elogio liviano: estaba reconociendo a un hermano de ruta, a un compañero de esos viajes largos que la música popular hace por las veredas del exilio y el regreso.

Mario Rubén González Pierotti, que así se llamaba antes de que el destino y el arte lo bautizaran, empezó cantando en concursos de su Córdoba natal con el nombre de Marito González. Pero fue en 1970, cuando un demo de doce canciones llegó a las manos indicadas, que su vida dio un giro que lo llevaría a España primero y a Francia después. Luis Aguilé, el cantante argentino radicado en la península, lo escuchó y no dudó: había algo en esa voz que no se podía ignorar. Jairo firmó con CBS y cruzó el océano con la misma certeza con la que un pajarero sabe que ha encontrado un ave única.

Y vaya si lo era. En 1971 ganó el Premio de la Crítica en el Festival de la Costa del Sol, y al año siguiente, "Por si tú quieres saber" se trepó a lo más alto de las listas españolas. Pero Jairo nunca fue un cantante de hits pasajeros. Su ambición era otra: ponerle voz a la poesía, tender puentes entre el verso y la melodía. Por eso, en 1975, se animó a lo que pocos se atreverían: "Jairo canta a Borges", un disco donde los poemas del maestro argentino encontraron cuerpo musical en manos de Astor Piazzolla, Carlos Guastavino, Eladia Blázquez y Eduardo Falú, entre otros. No era un gesto de osadía, sino de profundo respeto por la palabra.

Pero si hay una colaboración que marcó su huella indeleble, fue la que tejió con Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. En 1981, el bandoneonista y el poeta compusieron para él canciones como "Milonga del trovador" y "Hay una niña en el alba", piezas que Jairo grabó con la hondura de quien sabe que está pisando tierra sagrada. No era solo un intérprete: era el vehículo perfecto para esa mezcla de tango, poesía y modernidad que Piazzolla había inventado. Y fue en ese mismo París donde conoció a Carlos Bianchi, por entonces jugador del PSG, y donde, en una anécdota que ya es leyenda, Piazzolla vio a Maradona gambetear y le gritó: "¡Sos Nijinsky!" El fútbol, la música, la poesía: todo se entrelazaba en la vida de Jairo.

El exilio no fue para él un paréntesis, sino una experiencia que lo moldeó. Durante los años de plomo de la dictadura argentina, Jairo hizo de París y Madrid su hogar. Pero no se quedó en el silencio: viajó junto a Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y el propio Piazzolla, llevando la canción de protesta y la esperanza a los escenarios europeos. Y cuando la democracia volvió a respirar en Argentina, en 1983, Jairo regresó para cantar "Venceremos" —su versión en español del clásico "We Shall Overcome"— frente a 1.200.000 personas en la Avenida 9 de Julio. No fue un recital: fue un bautismo de fuego para una nación que volvía a nacer.

Su vínculo con Mercedes Sosa fue mucho más que una admiración mutua. La "Negra" lo consideraba un igual, un cómplice de esas batallas que se libran con el alma y la garganta. Y juntos compartieron escenarios, discos y la certeza de que la canción popular es, ante todo, un acto de resistencia amorosa. Tampoco se puede olvidar su relación con Ana Belén, con quien compartió aquellos recitales históricos en Córdoba en 1996, cuando Jairo celebró sus 25 años con la música y reunió a un puñado de gigantes: Eladia Blázquez, Víctor Heredia, Pedro Aznar, Juan Carlos Baglietto, La Mona Jiménez, Lito Vitale, Ariel Ramírez, Graciela Borges. Fue una fiesta de la canción argentina, un abrazo que cruzaba géneros y generaciones.

Y es que Jairo siempre supo que la música popular no entiende de fronteras. Grabó en español, francés, italiano y hasta alemán. Interpretó más de ochocientas canciones, muchas de ellas compuestas por él mismo o en colaboración con autores de la talla de María Elena Walsh, Charles Aznavour, Horacio Ferrer o Daniel Salzano. Le puso música a los poemas de Mario Benedetti y Paul Éluard, y se animó al jazz en su disco "Jazziro" de 2018, demostrando que, a los setenta años, seguía siendo un explorador incansable.

En 2021, para celebrar medio siglo de carrera, publicó "50 años de música", un disco que reunió a nuevas generaciones de cantantes —Abel Pintos, Luciano Pereyra, Nahuel Pennisi, Marcela Morelo— en un gesto que confirmaba lo que muchos sabían: Jairo no es un artista del pasado, sino un puente vivo entre la tradición y el presente. Francia lo había nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, y Argentina lo distinguió con el Premio Gardel a la trayectoria y el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Rosario. Pero más allá de los reconocimientos, lo que queda es esa voz única, esa manera de decir "Tu alma golondrina" como si cada palabra fuera un suspiro, y "Amigos míos, me enamoré" como si el amor se estuviera descubriendo por primera vez.

Hoy, a sus 77 años, Jairo sigue en pie, con su guitarra y su voz intacta, recorriendo el país en giras que lo llevan de Cuyo a Cosquín, de la mano de su nieto como invitado especial, confirmando que el canto es también un rito que se hereda. Mercedes Sosa ya no está para llamarlo "la mejor voz de Argentina", pero su frase resuena como un eco que el tiempo no borra. Porque Jairo no es solo un cantante: es una memoria viva, un testigo de las alegrías y las heridas de un continente que siempre encontró en la canción una forma de decirse a sí mismo. Y mientras haya alguien dispuesto a escuchar, su voz seguirá habitando el alma de América.