Hay escritores que narran historias, y otros que construyen mundos enteros donde el lector habita, respira y termina por perderse para siempre. Carlos Ruiz Zafón pertenecía a esta última estirpe. Cuando falleció en junio de 2020, a los 55 años, en su adorada Los Ángeles, el mundo de las letras perdía a uno de sus narradores más singulares, pero también a un artífice que había logrado lo que parecía reservado solo para los clásicos: convertir una ciudad en un personaje vivo y crear un universo literario capaz de atrapar a millones de lectores en todos los idiomas.
Barcelonés de nacimiento, zafoniano de corazón, el autor forjó su oficio lejos del bullicio mediterráneo, en la costa californiana, adonde viajó con el dinero del premio Edebé que ganó por El príncipe de la niebla, su primera novela juvenil. Allí, en Beverly Hills, rodeado de una colección de más de cuatrocientos dragones que custodiaban su refugio creativo, Zafón escribía al piano, componía las bandas sonoras de sus propias historias y tejía con paciencia de orfebre el gran laberinto narrativo que lo consagraría. Porque la suya fue siempre una literatura concebida como una experiencia total, donde el cine, la música y la palabra escrita convergían en un mismo torrente.
Con La sombra del viento, publicada en 2001, Zafón no solo firmó la primera entrega de El Cementerio de los Libros Olvidados, sino que desencadenó un fenómeno editorial sin precedentes en la literatura española contemporánea. La novela, que arranca con la inolvidable escena en que el pequeño Daniel Sempere es conducido por su padre al misterioso Cementerio de los Libros Olvidados, donde los volúmenes condenados al olvido aguardan a un lector que los salve, se convirtió en un éxito imparable gracias al boca a boca y cautivó a más de quince millones de lectores en todo el mundo. Le siguieron El juego del ángel, El prisionero del cielo y el monumental El laberinto de los espíritus, que cerraba en 2016 una tetralogía concebida como una sola obra maestra, un artefacto literario de precisión suiza donde cada pieza encajaba con la exactitud de un reloj de engranajes invisibles.
La grandeza de Zafón reside en esa capacidad de tejer historias dentro de historias, de hacer que la Barcelona de posguerra, con sus calles empedradas y sus sombras eternas, se convirtiera en un escenario gótico tan real como la memoria de quienes la habitan. Sus personajes —el pícaro e inolvidable Fermín Romero de Torres, el librero Sempere, el enigmático Julián Carax— no son meros arquetipos, sino almas de carne y hueso que arrastran sus propios secretos y condenas. Su prosa, cuidada hasta el extremo pero fluida como un río, logró lo que muchos autores persiguen sin alcanzar: que el lector se olvide de que está leyendo y se sumerja por completo en el hechizo de la narración.
Las cifras, por abrumadoras que resulten, no hacen justicia a su legado. Zafón es, tras Cervantes, el escritor español más leído en el mundo, con más de cincuenta millones de ejemplares vendidos y traducciones a más de cincuenta idiomas. Pero más allá de los números, su verdadera herencia es haber devuelto a la literatura su dimensión más esencial: la del asombro, la del misterio compartido, la de la historia que se cuenta en voz baja alrededor del fuego. Nunca quiso que sus novelas fueran llevadas al cine; consideraba que la mejor película ya se proyectaba en el "teatro de la mente" de cada lector, y no le faltaba razón.
Seis años después de su partida, la ausencia de Carlos Ruiz Zafón sigue doliendo como la de un viejo amigo que se fue demasiado pronto. Pero mientras alguien, en cualquier rincón del planeta, abra una de sus páginas y se adentre en las calles de su Barcelona imaginada, el autor seguirá vivo, escribiendo en ese lugar donde los libros nunca mueren y las historias encuentran su hogar definitivo.