Cortázar

El hombre que jugaba a abrir la realidad

Julio Cortázar no escribió para explicar el mundo, sino para desordenarlo con ternura. A sesenta años de sus cronopios y famas, su mirada de niño gigante sigue enseñándonos que la literatura no es refugio: es una puerta entreabierta.

Hubo un hombre que entendió que la realidad no era esa losa pesada que nos enseñan a arrastrar desde la infancia, sino una materia blanda, maleable, llena de grietas por donde se cuela lo maravilloso. Ese hombre, de casi dos metros de estatura y una timidez que disfrazaba con el humor más lúcido, se llamaba Julio Cortázar y terminó convirtiéndose en el gran jugador oficial de la literatura latinoamericana. No escribía para explicar el mundo, sino para desordenarlo con una ternura de cronopio.

Quienes lo reducen al autor de Rayuela olvidan que Cortázar no llegó a esa novela total por casualidad, sino después de años de aprender a mirar de reojo. Su infancia en Banfield fue la de un niño enfermizo que convirtió la cama en una nave espacial y el diccionario Larousse en un territorio de caza. Allí, mucho antes de París, aprendió que entre una palabra y la siguiente puede esconderse un abismo o un trampolín. Cuando sus mayores dudaban de que un niño de nueve años pudiera escribir aquello que firmaba, a Cortázar le enseñaron algo fundamental: el acto de crear es tan sospechoso que hay que defenderlo con la vida.

Esa defensa tomó la forma del exilio, primero interior y luego geográfico. París no fue una fuga, sino la conquista de una distancia necesaria para mirar a Buenos Aires con otros ojos. A diferencia de tantos que cruzaron el Atlántico para mimetizarse, Cortázar escribió siempre en español, con giros de la calle Corrientes y discusiones de café, porque sabía que la lengua no es una herramienta, sino una trinchera. Allí, en esa ciudad que amó hasta volverla indistinguible de la suya, construyó una literatura donde las galerías porteñas desembocaban en los pasajes parisinos y un corredor de bolsa podía escapar de su vida gris atravesando una puerta equivocada. No era magia, era simplemente Cortázar recordándonos que los límites entre una ciudad y otra, entre lo real y lo soñado, son apenas convenciones que sostenemos por pereza.

Pero si hay un momento en que su revolución estalla como un puñado de burbujas de colores, ese es la publicación de Historias de cronopios y de famas en 1962. Aquí Cortázar dejó de lado cualquier solemnidad y se entregó al juego como método de conocimiento. Los cronopios —esos seres verdes, húmedos, desordenados y conmovedoramente vulnerables— no fueron una invención caprichosa, sino la cristalización de una ética. Frente a ellos, los famas levantaban sus muros de protocolo y sus horarios intachables, defendiendo un orden que confunde la seguridad con la vida. Entre unos y otros, las esperanzas iban y venían sin saber bien de qué lado caer, como la mayoría de nosotros.

Lo extraordinario de estos personajes no es su originalidad, sino la velocidad con la que escaparon del libro para instalarse en el habla cotidiana. De pronto, en las universidades y en las plazas, la gente reconocía al fama del barrio, al cronopio amigo que dibujaba golondrinas en el caparazón de una tortuga porque la lentitud merece un adorno. Cortázar había conseguido lo más difícil: inventar una mitología sin dioses ni templos, hecha de pequeñas batallas domésticas y ternuras inútiles. Y lo había hecho con un lenguaje engañosamente simple, como quien no quiere la cosa, mientras dinamitaba por completo la noción de lo que debía ser un relato. ¿Es Manual de instrucciones un cuento, un poema, un ensayo, una broma? Es todo eso y es nada, es la libertad absoluta del que sabe que la literatura no está en los géneros, sino en la mirada.

Mientras tanto, Rayuela ya era ese cohete desbocado que partió en dos la historia de la novela en español. Cortázar no se contentó con contar la historia de Horacio Oliveira y la Maga; lo que hizo fue entregarle al lector un juego de llaves y decirle: "Entrá por donde quieras, armá tu propio libro, perdelo todo si es necesario". Aquella propuesta de leer de manera salteada, saltando del capítulo 73 al 1, no era un simple artificio formal. Era una declaración de guerra contra el lector pasivo, contra ese hombre que espera que le den todo masticado. Cortázar necesitaba cómplices, no consumidores. Necesitaba lectores que entendieran que el sentido de una obra no está encerrado en la última página, sino que se construye en el vértigo mismo del recorrido.

Por eso resulta tan mezquino acusarlo de haber traicionado su literatura cuando decidió que también había que mojarse el alma con el barro de la historia. El Cortázar que escribió Reunión —aquel cuento donde el Che Guevara es un hombre que camina entre la maleza buscando encontrarse con Fidel— no era un escritor domesticado por la propaganda, sino el mismo que años antes había mirado las gotas de lluvia resbalar por un vidrio y las había descrito con la precisión de un orfebre. Su compromiso político no fue un disfraz ni una conversión tardía; fue la consecuencia natural de entender que lo fantástico no es una evasión de la realidad, sino una forma más profunda de nombrarla. Cuando denunció las dictaduras, cuando renunció a su cátedra antes que someterse al peronismo, cuando optó por la nacionalidad francesa sin renunciar a la argentina como gesto de protesta, Cortázar no abandonó la literatura: la puso al servicio de la única causa que realmente le importaba, que era la de la dignidad humana.

Su legado, sin embargo, no reside en las banderas que adoptó ni en los premios que recibió. El legado de Cortázar está en ese gesto cotidiano de millones de lectores que, al enfrentarse a una escalera, recuerdan que subir un peldaño es un acto que merece ser descrito como si fuera la primera vez. Está en la complicidad inmediata que se establece entre dos desconocidos cuando uno menciona a los cronopios y el otro sonríe como si hubieran reconocido una contraseña secreta. Está en esa certeza de que la literatura no sirve para salvar vidas, pero puede convertir una tarde gris en una aventura sin fronteras.

Cuando murió en París, en febrero de 1984, hacía apenas dos meses que había pisado Buenos Aires por última vez. La democracia volvía, los exiliados regresaban, y él quiso ver con sus propios ojos esa luz del sur que nunca dejó de llevarse pegada a la piel. Después se fue, como tantos de sus personajes, sin hacer ruido, dejando la puerta entreabierta para que cualquiera pudiera entrar. Y aun hoy, cuarenta años después, seguimos entrando. Buscamos a la Maga en los puentes del Sena, dejamos flores imaginarias en la tumba de Montparnasse, y cada vez que la rutina amenaza con convertirnos en famas de tiempo completo, sacamos una tiza de colores y dibujamos una golondrina. Sobre la tortuga, sobre el día que pasa, sobre la hoja en blanco que nos espera cómplice.

Hubo un hombre que entendió que la realidad no era esa losa pesada que nos enseñan a arrastrar desde la infancia, sino una materia blanda, maleable, llena de grietas por donde se cuela lo maravilloso. Ese hombre, de casi dos metros de estatura y una timidez que disfrazaba con el humor más lúcido, se llamaba Julio Cortázar y terminó convirtiéndose en el gran jugador oficial de la literatura latinoamericana. No escribía para explicar el mundo, sino para desordenarlo con una ternura de cronopio.

Quienes lo reducen al autor de Rayuela olvidan que Cortázar no llegó a esa novela total por casualidad, sino después de años de aprender a mirar de reojo. Su infancia en Banfield fue la de un niño enfermizo que convirtió la cama en una nave espacial y el diccionario Larousse en un territorio de caza. Allí, mucho antes de París, aprendió que entre una palabra y la siguiente puede esconderse un abismo o un trampolín. Cuando sus mayores dudaban de que un niño de nueve años pudiera escribir aquello que firmaba, a Cortázar le enseñaron algo fundamental: el acto de crear es tan sospechoso que hay que defenderlo con la vida.

Esa defensa tomó la forma del exilio, primero interior y luego geográfico. París no fue una fuga, sino la conquista de una distancia necesaria para mirar a Buenos Aires con otros ojos. A diferencia de tantos que cruzaron el Atlántico para mimetizarse, Cortázar escribió siempre en español, con giros de la calle Corrientes y discusiones de café, porque sabía que la lengua no es una herramienta, sino una trinchera. Allí, en esa ciudad que amó hasta volverla indistinguible de la suya, construyó una literatura donde las galerías porteñas desembocaban en los pasajes parisinos y un corredor de bolsa podía escapar de su vida gris atravesando una puerta equivocada. No era magia, era simplemente Cortázar recordándonos que los límites entre una ciudad y otra, entre lo real y lo soñado, son apenas convenciones que sostenemos por pereza.

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Pero si hay un momento en que su revolución estalla como un puñado de burbujas de colores, ese es la publicación de Historias de cronopios y de famas en 1962. Aquí Cortázar dejó de lado cualquier solemnidad y se entregó al juego como método de conocimiento. Los cronopios —esos seres verdes, húmedos, desordenados y conmovedoramente vulnerables— no fueron una invención caprichosa, sino la cristalización de una ética. Frente a ellos, los famas levantaban sus muros de protocolo y sus horarios intachables, defendiendo un orden que confunde la seguridad con la vida. Entre unos y otros, las esperanzas iban y venían sin saber bien de qué lado caer, como la mayoría de nosotros.

Lo extraordinario de estos personajes no es su originalidad, sino la velocidad con la que escaparon del libro para instalarse en el habla cotidiana. De pronto, en las universidades y en las plazas, la gente reconocía al fama del barrio, al cronopio amigo que dibujaba golondrinas en el caparazón de una tortuga porque la lentitud merece un adorno. Cortázar había conseguido lo más difícil: inventar una mitología sin dioses ni templos, hecha de pequeñas batallas domésticas y ternuras inútiles. Y lo había hecho con un lenguaje engañosamente simple, como quien no quiere la cosa, mientras dinamitaba por completo la noción de lo que debía ser un relato. ¿Es Manual de instrucciones un cuento, un poema, un ensayo, una broma? Es todo eso y es nada, es la libertad absoluta del que sabe que la literatura no está en los géneros, sino en la mirada.

Mientras tanto, Rayuela ya era ese cohete desbocado que partió en dos la historia de la novela en español. Cortázar no se contentó con contar la historia de Horacio Oliveira y la Maga; lo que hizo fue entregarle al lector un juego de llaves y decirle: "Entrá por donde quieras, armá tu propio libro, perdelo todo si es necesario". Aquella propuesta de leer de manera salteada, saltando del capítulo 73 al 1, no era un simple artificio formal. Era una declaración de guerra contra el lector pasivo, contra ese hombre que espera que le den todo masticado. Cortázar necesitaba cómplices, no consumidores. Necesitaba lectores que entendieran que el sentido de una obra no está encerrado en la última página, sino que se construye en el vértigo mismo del recorrido.

Por eso resulta tan mezquino acusarlo de haber traicionado su literatura cuando decidió que también había que mojarse el alma con el barro de la historia. El Cortázar que escribió Reunión —aquel cuento donde el Che Guevara es un hombre que camina entre la maleza buscando encontrarse con Fidel— no era un escritor domesticado por la propaganda, sino el mismo que años antes había mirado las gotas de lluvia resbalar por un vidrio y las había descrito con la precisión de un orfebre. Su compromiso político no fue un disfraz ni una conversión tardía; fue la consecuencia natural de entender que lo fantástico no es una evasión de la realidad, sino una forma más profunda de nombrarla. Cuando denunció las dictaduras, cuando renunció a su cátedra antes que someterse al peronismo, cuando optó por la nacionalidad francesa sin renunciar a la argentina como gesto de protesta, Cortázar no abandonó la literatura: la puso al servicio de la única causa que realmente le importaba, que era la de la dignidad humana.

Su legado, sin embargo, no reside en las banderas que adoptó ni en los premios que recibió. El legado de Cortázar está en ese gesto cotidiano de millones de lectores que, al enfrentarse a una escalera, recuerdan que subir un peldaño es un acto que merece ser descrito como si fuera la primera vez. Está en la complicidad inmediata que se establece entre dos desconocidos cuando uno menciona a los cronopios y el otro sonríe como si hubieran reconocido una contraseña secreta. Está en esa certeza de que la literatura no sirve para salvar vidas, pero puede convertir una tarde gris en una aventura sin fronteras.

Cuando murió en París, en febrero de 1984, hacía apenas dos meses que había pisado Buenos Aires por última vez. La democracia volvía, los exiliados regresaban, y él quiso ver con sus propios ojos esa luz del sur que nunca dejó de llevarse pegada a la piel. Después se fue, como tantos de sus personajes, sin hacer ruido, dejando la puerta entreabierta para que cualquiera pudiera entrar. Y aun hoy, cuarenta años después, seguimos entrando. Buscamos a la Maga en los puentes del Sena, dejamos flores imaginarias en la tumba de Montparnasse, y cada vez que la rutina amenaza con convertirnos en famas de tiempo completo, sacamos una tiza de colores y dibujamos una golondrina. Sobre la tortuga, sobre el día que pasa, sobre la hoja en blanco que nos espera cómplice.