Marcelo Cohen fue, ante todo, un explorador. No de geografías visibles, sino de aquellas que se inventan al escribir: territorios donde la lengua se estira hasta volverse otra cosa, donde lo real se desliza hacia lo fantástico sin perder su temperatura humana. En una literatura argentina acostumbrada al realismo y a la urgencia política, Cohen trazó un camino propio: el de la imaginación como forma de conocimiento, el de la ficción como laboratorio ético y lingüístico.
Su obra, vasta y minuciosa, construyó un universo paralelo —el Delta Panorámico— que funciona como un espejo deformante del nuestro. En ese espacio, inventado pero reconocible, se condensan sus obsesiones: la memoria, la comunidad, el exilio, la fragilidad del deseo y la persistencia de la utopía. Cada cuento, cada novela, es una tentativa de pensar cómo sobrevivir en un mundo que se deshace, cómo mantener la dignidad en medio del ruido. Lo suyo no fue la evasión, sino la búsqueda de una verdad distinta: aquella que sólo la ficción puede decir cuando el lenguaje común se agota.
Como narrador y cuentista, Cohen llevó la literatura argentina hacia territorios que pocos se atrevieron a habitar. Sus relatos —contenidos, precisos, hipnóticos— despliegan una imaginación filosófica que recuerda a Italo Calvino o a Le Guin, pero con una raíz rioplatense inconfundible. Escribía con la precisión del orfebre y la inquietud del traductor: sabía que cada palabra traiciona y, sin embargo, insistía en domarlas, en abrirles una grieta nueva. Su prosa era una respiración lenta, una música que combinaba la extrañeza con la ternura.
Traductor, ensayista y editor, Cohen fue también un mediador entre mundos. Su trabajo acercó a los lectores argentinos a voces fundamentales de la literatura contemporánea y a una idea de lectura que no se conforma con el argumento, sino que busca el ritmo secreto de las frases. En sus ensayos —especialmente en El fin de lo mismo— reflexionó sobre el destino de la cultura, el cansancio del presente y la necesidad de recuperar la imaginación como fuerza transformadora. Su pensamiento, al igual que su narrativa, creía en la responsabilidad del escritor frente a la palabra: escribir no para entretener, sino para reparar.
Su muerte en 2022 dejó un vacío difícil de medir, porque su legado no se mide en premios ni en popularidad, sino en la huella que deja en los que leen con el cuerpo. Cohen pertenece a esa estirpe de escritores que imaginan para comprender, que inventan lenguas para salvar las nuestras. En un país donde lo urgente suele devorar lo esencial, él escribió con paciencia de monje y oído de músico, convencido de que la literatura todavía podía ser un lugar de refugio y de revelación.
Hoy, cuando el ruido digital amenaza con borrar la complejidad, su obra regresa como un faro. Marcelo Cohen nos enseñó que la imaginación no es un lujo, sino una forma de resistencia; que los mundos posibles no están fuera de nosotros, sino en la lengua que los nombra. Su escritura, hecha de precisión y asombro, nos recuerda que aún es posible pensar desde la belleza y que, mientras haya quien lea con atención, la literatura seguirá siendo la más humana de las utopías.
Marcelo Cohen fue, ante todo, un explorador. No de geografías visibles, sino de aquellas que se inventan al escribir: territorios donde la lengua se estira hasta volverse otra cosa, donde lo real se desliza hacia lo fantástico sin perder su temperatura humana. En una literatura argentina acostumbrada al realismo y a la urgencia política, Cohen trazó un camino propio: el de la imaginación como forma de conocimiento, el de la ficción como laboratorio ético y lingüístico.
Su obra, vasta y minuciosa, construyó un universo paralelo —el Delta Panorámico— que funciona como un espejo deformante del nuestro. En ese espacio, inventado pero reconocible, se condensan sus obsesiones: la memoria, la comunidad, el exilio, la fragilidad del deseo y la persistencia de la utopía. Cada cuento, cada novela, es una tentativa de pensar cómo sobrevivir en un mundo que se deshace, cómo mantener la dignidad en medio del ruido. Lo suyo no fue la evasión, sino la búsqueda de una verdad distinta: aquella que sólo la ficción puede decir cuando el lenguaje común se agota.
Como narrador y cuentista, Cohen llevó la literatura argentina hacia territorios que pocos se atrevieron a habitar. Sus relatos —contenidos, precisos, hipnóticos— despliegan una imaginación filosófica que recuerda a Italo Calvino o a Le Guin, pero con una raíz rioplatense inconfundible. Escribía con la precisión del orfebre y la inquietud del traductor: sabía que cada palabra traiciona y, sin embargo, insistía en domarlas, en abrirles una grieta nueva. Su prosa era una respiración lenta, una música que combinaba la extrañeza con la ternura.
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Su muerte en 2022 dejó un vacío difícil de medir, porque su legado no se mide en premios ni en popularidad, sino en la huella que deja en los que leen con el cuerpo. Cohen pertenece a esa estirpe de escritores que imaginan para comprender, que inventan lenguas para salvar las nuestras. En un país donde lo urgente suele devorar lo esencial, él escribió con paciencia de monje y oído de músico, convencido de que la literatura todavía podía ser un lugar de refugio y de revelación.
Hoy, cuando el ruido digital amenaza con borrar la complejidad, su obra regresa como un faro. Marcelo Cohen nos enseñó que la imaginación no es un lujo, sino una forma de resistencia; que los mundos posibles no están fuera de nosotros, sino en la lengua que los nombra. Su escritura, hecha de precisión y asombro, nos recuerda que aún es posible pensar desde la belleza y que, mientras haya quien lea con atención, la literatura seguirá siendo la más humana de las utopías.