Ochenta y nueve años después de que el fascismo italiano lo dejara morir en una clínica romana, después de una década de cárcel que le destruyó el cuerpo pero no la cabeza, Antonio Gramsci sigue siendo un incómodo. No solo para la derecha, que jamás lo leyó pero lo teme, sino también para buena parte de la izquierda, que lo cita de memoria pero rara vez se atreve a seguirlo hasta las últimas consecuencias. La paradoja del pensador sardo, el hombre que intentó pensar el comunismo desde el encierro, es que su obra se ha convertido en un lugar común pedagógico mientras sus ideas más radicales siguen esperando ser tomadas en serio.
La imagen del intelectual encarcelado es tentadora para cualquier épica: el preso político que llena cuadernos en caligrafía minúscula, burlando la censura con recetas de cocina y reflexiones sobre el folclore, construyendo una teoría del poder sin otro instrumento que su propia cabeza. Pero esa imagen, por verdadera que sea, oculta algo menos cómodo. Gramsci no era un mártir pasivo. Era un dirigente político que se negó a quebrarse, sí, pero también un estratega que entendió algo que sus contemporáneos no veían. El poder no se toma solamente con las bayonetas o con las huelgas. El poder se instala, sobre todo, en la cabeza de la gente.
De ahí nació su concepto más célebre, también el más malentendido: la hegemonía cultural. No se trata, como a veces se reduce en las redes sociales, de "imponer el relato". Gramsci pensaba exactamente al revés. La clase dominante no gobierna porque tenga los fusiles o los bancos. Gobierna porque logra que las clases subalternas acepten como natural, como sentido común, un orden que las perjudica. El consentimiento, no la coerción, es el pegamento del poder. Y si eso es cierto, entonces la lucha política no puede limitarse a conquistar el Estado. Tiene que disputar también esa fábrica invisible que produce sentido: la escuela, los medios, la iglesia, el sindicato, el bar, la conversación cotidiana.
Esta idea, que en los años treinta sonaba a desviación de la ortodoxia marxista –porque el marxismo de la época pensaba en términos de economía y violencia revolucionaria–, hoy resulta casi profética. Vivimos en un mundo donde las corporaciones tecnológicas fabrican deseos, donde los canales de opinión moldean el voto, donde un tuit puede derribar una carrera política y una campaña bien orquestada puede hacer parecer sensato lo insensato. Gramsci no predijo internet, por supuesto, pero predijo la lógica de fondo: quien controla el lenguaje común, controla la posibilidad de lo real.
Otra idea gramsciana que suele omitirse en los manuales es la del intelectual orgánico. No el intelectual tradicional, ese que se cree neutral y desinteresado, cuya torre de marfil lo protege de las contingencias del mundo. Gramsci propuso un tipo diferente: el pensador que se enreda con su tiempo, que asume un costado, que pone su saber al servicio de una transformación sin fingir que no elige. La provocación sigue siendo vigente. En un mundo donde la academia recompensa la neutralidad metodológica y el periodismo se envuelve en la supuesta objetividad, Gramsci recuerda que no hay posición inocente. Callar o no elegir también es una forma de elegir.
Pero la vigencia de Gramsci no se agota en esas ideas. Está también en su método. El hombre que escribió sobre Maquiavelo, sobre el folclore, sobre la gramática, sobre el cine americano, sobre el vegetarianismo, sobre la lengua italiana, era alguien que se negaba a encorsetar el pensamiento. No existe un "sistema gramsciano" en el mismo sentido que existe un sistema hegeliano o un sistema marxista ortodoxo. Existe, en cambio, una caja de herramientas. Una serie de preguntas que el lector puede aplicar a su propio tiempo, sin buscar respuestas prefabricadas. ¿Quién define lo que es sentido común? ¿Cómo se fabrica el consenso? ¿Qué lugar ocupan los intelectuales en esa fábrica?
El héroe de esta historia murió el 27 de abril de 1937, a las 4 de la madrugada, con una hemorragia cerebral. Tenía cuarenta y seis años. El parte médico oficial dijo "parálisis cerebral". Una frase clínica, aséptica, que ocultaba once años de tortura lenta: insomnios, convulsiones, vértigos, una espina dorsal que se curvaba hasta imposibilitar la escritura. Su mujer, Julia, estaba en Moscú. Sus hijos crecieron sin conocerlo. Sus cuadernos sobrevivieron escondidos por una amiga, Piera Sraffa, que los entregó al Partido Comunista Italiano después de la guerra.
La ironía final es que Gramsci fue reivindicado por sus verdugos mucho después. La Democracia Cristiana italiana, que no era precisamente su aliada, terminó usando algunos de sus análisis sobre la sociedad civil. El Partido Comunista de la Unión Soviética, que admiraba al preso ejemplar, hizo lo posible por enterrar su herejía antileninista. Y hoy, en la Italia de Giorgia Meloni, una primera ministra posfascista, sus cuadernos se siguen editando y vendiendo. Alguien podría llamar a eso derrota. Pero quizás sea otra cosa. Quizás un pensador molesta más cuando es usado por sus enemigos que cuando es ignorado por ellos.
Ochenta y nueve años después, la pregunta no es si Gramsci sigue teniendo razón. Eso sería convertir el pensamiento en una penitencia religiosa. La pregunta es más bien: ¿por qué seguimos necesitando a un hombre que murió en el encierro fascista para entender un mundo de algoritmos, posverdad y fragmentación política? La respuesta no es halagüeña. Seguimos necesitándolo porque no hemos aprendido mucho. Porque la hegemonía cultural que él describió hoy se llama influencers, campañas virales, burbujas informativas, posiciones fluctuantes que nadie controla del todo, pero todas responden a esa misma lógica. Porque los intelectuales orgánicos de nuestro tiempo, o los que deberían serlo, con frecuencia se refugian en la queja o en la neutralidad. Y porque el sentido común, esa bestia escurridiza que Gramsci quiso domesticar con el análisis, sigue siendo el territorio más disputado del mundo.
El legado de Gramsci, entonces, no es un conjunto de recetas. Es una advertencia. El poder no se reduce a quién vota, quién gobierna o quién tiene la plata. El poder está también en la frase que se repite sin pensar, en la noticia que se da por cierta porque la dijo alguien con traje, en la imagen que emociona antes de que la razón pueda intervenir. Mientras eso siga siendo verdad, y parece que seguirá siéndolo por mucho tiempo, los cuadernos de la cárcel seguirán siendo algo más que un documento histórico. Serán un manual de insurgencia para lectores que todavía no nacieron.
Ochenta y nueve años después de que el fascismo italiano lo dejara morir en una clínica romana, después de una década de cárcel que le destruyó el cuerpo pero no la cabeza, Antonio Gramsci sigue siendo un incómodo. No solo para la derecha, que jamás lo leyó pero lo teme, sino también para buena parte de la izquierda, que lo cita de memoria pero rara vez se atreve a seguirlo hasta las últimas consecuencias. La paradoja del pensador sardo, el hombre que intentó pensar el comunismo desde el encierro, es que su obra se ha convertido en un lugar común pedagógico mientras sus ideas más radicales siguen esperando ser tomadas en serio.
La imagen del intelectual encarcelado es tentadora para cualquier épica: el preso político que llena cuadernos en caligrafía minúscula, burlando la censura con recetas de cocina y reflexiones sobre el folclore, construyendo una teoría del poder sin otro instrumento que su propia cabeza. Pero esa imagen, por verdadera que sea, oculta algo menos cómodo. Gramsci no era un mártir pasivo. Era un dirigente político que se negó a quebrarse, sí, pero también un estratega que entendió algo que sus contemporáneos no veían. El poder no se toma solamente con las bayonetas o con las huelgas. El poder se instala, sobre todo, en la cabeza de la gente.
De ahí nació su concepto más célebre, también el más malentendido: la hegemonía cultural. No se trata, como a veces se reduce en las redes sociales, de "imponer el relato". Gramsci pensaba exactamente al revés. La clase dominante no gobierna porque tenga los fusiles o los bancos. Gobierna porque logra que las clases subalternas acepten como natural, como sentido común, un orden que las perjudica. El consentimiento, no la coerción, es el pegamento del poder. Y si eso es cierto, entonces la lucha política no puede limitarse a conquistar el Estado. Tiene que disputar también esa fábrica invisible que produce sentido: la escuela, los medios, la iglesia, el sindicato, el bar, la conversación cotidiana.
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Esta idea, que en los años treinta sonaba a desviación de la ortodoxia marxista –porque el marxismo de la época pensaba en términos de economía y violencia revolucionaria–, hoy resulta casi profética. Vivimos en un mundo donde las corporaciones tecnológicas fabrican deseos, donde los canales de opinión moldean el voto, donde un tuit puede derribar una carrera política y una campaña bien orquestada puede hacer parecer sensato lo insensato. Gramsci no predijo internet, por supuesto, pero predijo la lógica de fondo: quien controla el lenguaje común, controla la posibilidad de lo real.
Otra idea gramsciana que suele omitirse en los manuales es la del intelectual orgánico. No el intelectual tradicional, ese que se cree neutral y desinteresado, cuya torre de marfil lo protege de las contingencias del mundo. Gramsci propuso un tipo diferente: el pensador que se enreda con su tiempo, que asume un costado, que pone su saber al servicio de una transformación sin fingir que no elige. La provocación sigue siendo vigente. En un mundo donde la academia recompensa la neutralidad metodológica y el periodismo se envuelve en la supuesta objetividad, Gramsci recuerda que no hay posición inocente. Callar o no elegir también es una forma de elegir.
Pero la vigencia de Gramsci no se agota en esas ideas. Está también en su método. El hombre que escribió sobre Maquiavelo, sobre el folclore, sobre la gramática, sobre el cine americano, sobre el vegetarianismo, sobre la lengua italiana, era alguien que se negaba a encorsetar el pensamiento. No existe un "sistema gramsciano" en el mismo sentido que existe un sistema hegeliano o un sistema marxista ortodoxo. Existe, en cambio, una caja de herramientas. Una serie de preguntas que el lector puede aplicar a su propio tiempo, sin buscar respuestas prefabricadas. ¿Quién define lo que es sentido común? ¿Cómo se fabrica el consenso? ¿Qué lugar ocupan los intelectuales en esa fábrica?
El héroe de esta historia murió el 27 de abril de 1937, a las 4 de la madrugada, con una hemorragia cerebral. Tenía cuarenta y seis años. El parte médico oficial dijo "parálisis cerebral". Una frase clínica, aséptica, que ocultaba once años de tortura lenta: insomnios, convulsiones, vértigos, una espina dorsal que se curvaba hasta imposibilitar la escritura. Su mujer, Julia, estaba en Moscú. Sus hijos crecieron sin conocerlo. Sus cuadernos sobrevivieron escondidos por una amiga, Piera Sraffa, que los entregó al Partido Comunista Italiano después de la guerra.
La ironía final es que Gramsci fue reivindicado por sus verdugos mucho después. La Democracia Cristiana italiana, que no era precisamente su aliada, terminó usando algunos de sus análisis sobre la sociedad civil. El Partido Comunista de la Unión Soviética, que admiraba al preso ejemplar, hizo lo posible por enterrar su herejía antileninista. Y hoy, en la Italia de Giorgia Meloni, una primera ministra posfascista, sus cuadernos se siguen editando y vendiendo. Alguien podría llamar a eso derrota. Pero quizás sea otra cosa. Quizás un pensador molesta más cuando es usado por sus enemigos que cuando es ignorado por ellos.
Ochenta y nueve años después, la pregunta no es si Gramsci sigue teniendo razón. Eso sería convertir el pensamiento en una penitencia religiosa. La pregunta es más bien: ¿por qué seguimos necesitando a un hombre que murió en el encierro fascista para entender un mundo de algoritmos, posverdad y fragmentación política? La respuesta no es halagüeña. Seguimos necesitándolo porque no hemos aprendido mucho. Porque la hegemonía cultural que él describió hoy se llama influencers, campañas virales, burbujas informativas, posiciones fluctuantes que nadie controla del todo, pero todas responden a esa misma lógica. Porque los intelectuales orgánicos de nuestro tiempo, o los que deberían serlo, con frecuencia se refugian en la queja o en la neutralidad. Y porque el sentido común, esa bestia escurridiza que Gramsci quiso domesticar con el análisis, sigue siendo el territorio más disputado del mundo.
El legado de Gramsci, entonces, no es un conjunto de recetas. Es una advertencia. El poder no se reduce a quién vota, quién gobierna o quién tiene la plata. El poder está también en la frase que se repite sin pensar, en la noticia que se da por cierta porque la dijo alguien con traje, en la imagen que emociona antes de que la razón pueda intervenir. Mientras eso siga siendo verdad, y parece que seguirá siéndolo por mucho tiempo, los cuadernos de la cárcel seguirán siendo algo más que un documento histórico. Serán un manual de insurgencia para lectores que todavía no nacieron.