FILOSOFÍA

La filósofa que puso el cuerpo en la teoría

Ninguna filósofa había puesto en crisis la idea misma de identidad con tanta radicalidad. Judith Butler no inventó el género: nos enseñó a verlo como actuación, como norma disputada, como lugar de lucha. Su pensamiento incómodo sigue sacudiendo certezas donde sea que aparezca.

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Escrito en EFEMÉRIDES el

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la filosofía hablaba desde un lugar neutro, como si quien piensa no tuviera sexo, ni deseos, ni una historia que lo atraviese. Luego llegó una mujer judía de Cleveland, hija de una familia que perdió a la mayoría de sus parientes en la Shoá, y demostró que el pensamiento más riguroso nace precisamente de las grietas, de los bordes, de los lugares donde la identidad se vuelve problemática y hay que inventar otras palabras para nombrarse. Esa mujer, que pide que le digan they en inglés porque el género es siempre un territorio en disputa, se llama Judith Butler y lleva cuatro décadas sacudiendo los cimientos de la teoría feminista, la filosofía política y la ética contemporánea.

Todo comenzó con una pregunta incómoda que Butler se hizo mientras leía a Simone de Beauvoir, a Jacques Lacan, a Michel Foucault, a esos filósofos franceses que habían marcado su formación en Yale y en Heidelberg. ¿Y si el sexo no fuera ese dato biológico previo sobre el cual la cultura construye el género, sino también una construcción, una manera de interpretar los cuerpos que tiene tanta historia como cualquier otra invención humana? Esa pregunta, que parecía una herejía incluso para el feminismo de los años ochenta, encontró su forma definitiva en El género en disputa, el libro que en 1990 la convirtió en una de las pensadoras más influyentes de su generación.

En aquellas páginas densas, escritas en un estilo que sus críticos llamaron barroco y sus lectores celebramos como necesario, Butler propuso algo que hoy parece obvio pero entonces resultaba revolucionario: el género no es una esencia que llevamos dentro, sino una actuación, un hacer reiterado que solo mediante la repetición constante produce la ilusión de que hay algo natural, originario, anterior a los gestos que lo expresan. No se trata, aclaró una y otra vez, de que uno pueda despertarse por la mañana y decidir qué género interpretar ese día, como quien elige la ropa. La performatividad opera bajo coacción, sujeta a normas que nos preceden y nos exceden, pero dentro de ese margen siempre hay posibilidad de variación, de desvío, de subversión. La famosa imagen del travesti, del transformista que en el escenario exhibe la artificiosidad de todo género, no era para Butler un modelo de liberación, sino una metáfora de algo más profundo: que la identidad es siempre una copia sin original, una repetición que nunca logra calcar del todo aquello que pretende imitar.

El escándalo que siguió a la publicación de El género en disputa no ha cesado del todo. En Francia, donde la obra de Butler bebió de las fuentes del pensamiento local, algunas feministas la acusaron de disolver el sujeto político "mujeres" justo cuando más necesario era defenderlo. En Alemania, cuando recibió el premio Adorno en 2012, la comunidad judía de Berlín y el embajador israelí intentaron boicotear la ceremonia acusándola de antisemitismo por su defensa de los derechos del pueblo palestino y su apoyo al movimiento BDS. Butler respondió con la misma serenidad con la que ha enfrentado todas las polémicas: explicando, matizando, mostrando que sus críticos habían leído mal o, peor aún, no habían leído. En Parting Ways, el libro que desató la tormenta, había escrito precisamente sobre la necesidad de una crítica judía al sionismo de Estado, sobre la ética de la cohabitación que surge de la propia tradición judía, sobre el derecho a discrepar sin que eso signifique traicionar la memoria de los antepasados.

Pero la obra de Butler es mucho más que la teoría de la performatividad de género. A lo largo de más de veinte libros, su pensamiento ha ido ensanchándose para abarcar preguntas cada vez más urgentes: ¿qué hace que ciertas vidas sean lloradas y otras no? ¿Por qué la muerte de unos aparece en los titulares mientras la de otros pasa inadvertida? ¿Cómo se construyen los marcos de guerra que nos permiten aceptar la violencia contra ciertos cuerpos como inevitable o incluso necesaria? En Vida precaria y en Marcos de guerra, Butler desarrolló la idea de que la vulnerabilidad no es una condición individual, sino una exposición constitutiva al otro, un estar entregados desde siempre a manos de desconocidos cuya acogida o rechazo determina nuestra posibilidad de sobrevivir. Esa interdependencia radical, que la pandemia de covid-19 volvió tan tangible, es al mismo tiempo fuente de peligro y de esperanza: podemos ser dañados por quienes nos rodean, pero también podemos construir, a partir de ese reconocimiento compartido de la fragilidad, formas de comunidad más justas y más generosas.

La ética que emerge de este pensamiento no se parece a la moral tradicional, esa que supone sujetos autónomos capaces de dar cuenta completa de sí mismos ante el tribunal de la razón. En Dar cuenta de sí mismo, Butler se preguntó qué pasa cuando aceptamos que nunca podemos narrarnos por entero, que siempre hay zonas de opacidad, deseos inconscientes, influencias sociales que exceden nuestra comprensión. Lejos de conducir al relativismo o a la irresponsabilidad, esa conciencia de los límites del autoconocimiento abre una ética más humilde y más exigente a la vez: si no sé del todo quién soy, si estoy constituido por relaciones que no elegí y que apenas alcanzo a vislumbrar, entonces mi responsabilidad con el otro no puede fundarse en la transparencia, sino en la aceptación de esa opacidad compartida. Es lo que Butler llama una ética de la no violencia, que no nace del imperativo categórico, sino del reconocimiento de que el otro me ha constituido antes de que yo pudiera elegirlo, de que su vida está enredada con la mía de maneras que nunca terminaré de desentrañar.

En los últimos años, Butler ha vuelto una y otra vez sobre estas cuestiones a la luz de la emergencia de los movimientos antígenos que recorren el mundo. En ¿Quién le teme al género?, publicado en 2024, analiza cómo el pánico moral en torno a la llamada "ideología de género" se ha convertido en el pegamento que une a las derechas autoritarias globales, un dispositivo que moviliza miedos ancestrales para despojar a las mujeres y a las personas LGTBIQ+ de derechos duramente conquistados. Frente a ese ataque, Butler no propone refugiarse en identidades cerradas, sino construir solidaridades que atraviesen las fronteras identitarias, alianzas fundadas en el compromiso común con la libertad, la justicia y la autonomía corporal. Esa visión de la política, que bebe de Hannah Arendt y de la tradición del pensamiento judío de la diáspora, insiste en que la universalidad no es algo dado, sino algo que debe construirse cada vez, a través del conflicto y la traducción, sin negar las diferencias, sino trabajando en ellas.

Quienes la han conocido describen a Judith Butler como una persona de una amabilidad desconcertante, que escucha con atención y responde con una generosidad que contrasta con la densidad de su prosa. Durante décadas ha enseñado en la Universidad de California en Berkeley, formando a generaciones de estudiantes que luego han llevado sus ideas a los más diversos campos: los estudios de performance, la teoría crítica de la raza, la filosofía del derecho, la crítica literaria. Ha recibido los premios más importantes, desde el Adorno hasta el Princesa de Asturias, y sus libros se traducen a decenas de idiomas, leídos tanto en las academias más prestigiosas como en los colectivos activistas que encuentran en ellos herramientas para pensar su propia lucha.

Pero quizá lo más notable de su legado sea esa capacidad para estar siempre en movimiento, para revisar sus propias posiciones sin renunciar a lo fundamental, para aceptar que el pensamiento no es un edificio terminado, sino un proceso que se despliega en el tiempo. En una entrevista reciente, recordaba cómo había vuelto sobre Nietzsche y sobre Freud después de décadas, corrigiendo interpretaciones de juventud, mostrando que la teoría también es una práctica de sí que exige estar dispuesto a transformarse. Ese gesto, tan característico de su manera de habitar la filosofía, es quizá su enseñanza más profunda: que pensar críticamente no es acumular certezas, sino aprender a desconfiar de ellas; que la identidad no es un refugio, sino una pregunta; y que el verdadero trabajo intelectual consiste en mantenerse abierto a aquello que todavía no sabemos nombrar.

Por eso Judith Butler es mucho más que la autora de El género en disputa o la fundadora de la teoría queer. Es, sencillamente, una de las filósofas más importantes de nuestro tiempo, alguien que nos ha enseñado a mirar de otra manera los cuerpos, las normas, el poder y la vulnerabilidad. Sus preguntas siguen abiertas, como ella misma quiere que estén, esperando que nuevas generaciones las tomen, las reformulen, las lleven a lugares que ella no pudo anticipar. Y en ese movimiento, que es el movimiento mismo del pensamiento crítico, su obra sigue viva.