peronismo

70 años del inicio de la Revolución Fusiladora, el golpe de Estado que derrocó a Perón

Clara Gagliano
Clara Gagliano

Setenta años no han logrado borrar la huella de hierro que septiembre de 1955 dejó en la historia argentina. Aquel golpe de Estado que se autoproclamó “Revolución Libertadora” pronto mostró su verdadero rostro: el de una violencia selectiva, la proscripción política y el intento sistemático de borrar no solo un gobierno, sino la voz y la voluntad de amplios sectores del pueblo.

El tiempo, ese juez implacable de la memoria colectiva, se ha encargado de despojar a aquellos hechos de cualquier velo de heroicidad. Lejos de la épica falsaria con que se revistió a sí misma la dictadura, el pueblo —con esa lucidez que nace de la herida— fue tejiendo otra denominación, otra verdad: “La Revolución Fusiladora”. Un nombre que no es solo una corrección histórica, es un acto de justicia semántica. Denuncia la metodología del terror: los fusilamientos de civiles en los basurales de José León Suárez, la persecución ideológica, el exilio forzado y la instalación de un orden basado en la punición del disidente.

Setenta años después, aquel episodio sigue interpelándonos. No es una mera efeméride archivada. Es un recordatorio brutal de que los golpes a la democracia siempre se visten con palabras grandilocuentes y terminan ensangrentando las calles. Fue el primer ensayo de un ciclo de violencia política que marcaría a fuego las décadas siguientes.

Pero también es una lección sobre la tenacidad de la memoria popular. Frente al relato impuesto por los vencedores de turno, el pueblo resistió con la única arma que no pudieron confiscar: la palabra verdadera. “Fusiladora” es esa palabra. Es la contracara de “Libertadora”. Es el repudio que se transmite de generación en generación, la condena que no prescribe.

Hoy, al conmemorar esta fecha, no miramos solo al pasado. Reflexionamos sobre la fragilidad de las instituciones y la vigencia de la lucha por la memoria completa. Recordar el ’55 es defender la democracia, rechazar toda forma de autoritarismo y honrar a quienes sufrieron la exclusión y la violencia por pensar distinto. La historia la escriben los pueblos. Y este pueblo ya dictó su veredicto: no fue libertadora, fue fusiladora. Y no se olvida.

Setenta años no han logrado borrar la huella de hierro que septiembre de 1955 dejó en la historia argentina. Aquel golpe de Estado que se autoproclamó “Revolución Libertadora” pronto mostró su verdadero rostro: el de una violencia selectiva, la proscripción política y el intento sistemático de borrar no solo un gobierno, sino la voz y la voluntad de amplios sectores del pueblo.

El tiempo, ese juez implacable de la memoria colectiva, se ha encargado de despojar a aquellos hechos de cualquier velo de heroicidad. Lejos de la épica falsaria con que se revistió a sí misma la dictadura, el pueblo —con esa lucidez que nace de la herida— fue tejiendo otra denominación, otra verdad: “La Revolución Fusiladora”. Un nombre que no es solo una corrección histórica, es un acto de justicia semántica. Denuncia la metodología del terror: los fusilamientos de civiles en los basurales de José León Suárez, la persecución ideológica, el exilio forzado y la instalación de un orden basado en la punición del disidente.

Setenta años después, aquel episodio sigue interpelándonos. No es una mera efeméride archivada. Es un recordatorio brutal de que los golpes a la democracia siempre se visten con palabras grandilocuentes y terminan ensangrentando las calles. Fue el primer ensayo de un ciclo de violencia política que marcaría a fuego las décadas siguientes.

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Hoy, al conmemorar esta fecha, no miramos solo al pasado. Reflexionamos sobre la fragilidad de las instituciones y la vigencia de la lucha por la memoria completa. Recordar el ’55 es defender la democracia, rechazar toda forma de autoritarismo y honrar a quienes sufrieron la exclusión y la violencia por pensar distinto. La historia la escriben los pueblos. Y este pueblo ya dictó su veredicto: no fue libertadora, fue fusiladora. Y no se olvida.