Las imágenes llegan destrozadas por la censura, pero aun así duelen: niños palestinos esqueléticos buscando comida entre escombros, madres sosteniendo cuerpos diminutos envueltos en sudarios blancos, periodistas con chalecos de PRENSA manchados de sangre propia. Esto no es guerra. Esto es exterminio metódico. Hambre como táctica militar. Balas buscando específicamente a quienes documentan la masacre.
Anas al-Sharif y sus colegas asesinadas no eran "daños colaterales". Eran los ojos que el mundo necesitaba para ver lo que ocurre cuando un Estado decide que un pueblo entero sobra. Cada bulto bajo las sábanas en los patios de los hospitales de Gaza es un grito que interpela directamente a nuestra humanidad colectiva.
Callar ahora es ser cómplice. Hablar de "conflicto complejo" cuando hay más de 60.000 asesinados (la enorme mayoría de ellos, civiles), cuando se destruyen sistemáticamente hospitales y universidades, cuando se niega agua y alimento a población civil, es traicionar cualquier principio ético. Lo que ocurre desde el Río Jordán al Mar Mediterráneo cumple todos los puntos de la Convención para la Prevención del Genocidio: desplazamiento forzado, condiciones de vida calculadas para destruir física y culturalmente, ejecución de intelectuales y periodistas.
No se pide heroísmo. Solo lo básico que exige pertenecer a la especie humana:
Nombrar este crimen como lo que es: genocidio, sin eufemismos.
Rechazar la complicidad de nuestros gobiernos cuando arman a los verdugos
Romper el cerco mediático que deshumaniza a las víctimas
En algún futuro, nos preguntarán dónde estábamos cuando Gaza fue borrada. Que no tengamos que responder "viendo hacia otro lado". La dignidad no se negocia. O se defiende a los pueblos masacrados hoy, o mañana no habrá moral que reclamar cuando vengan por cualquier otro de nosotros.
La historia juzgará no solo a los asesinos, sino a los silenciosos. Gaza resiste, a duras penas. ¿Y nosotros?
Las imágenes llegan destrozadas por la censura, pero aun así duelen: niños palestinos esqueléticos buscando comida entre escombros, madres sosteniendo cuerpos diminutos envueltos en sudarios blancos, periodistas con chalecos de PRENSA manchados de sangre propia. Esto no es guerra. Esto es exterminio metódico. Hambre como táctica militar. Balas buscando específicamente a quienes documentan la masacre.
Anas al-Sharif y sus colegas asesinadas no eran "daños colaterales". Eran los ojos que el mundo necesitaba para ver lo que ocurre cuando un Estado decide que un pueblo entero sobra. Cada bulto bajo las sábanas en los patios de los hospitales de Gaza es un grito que interpela directamente a nuestra humanidad colectiva.
Callar ahora es ser cómplice. Hablar de "conflicto complejo" cuando hay más de 60.000 asesinados (la enorme mayoría de ellos, civiles), cuando se destruyen sistemáticamente hospitales y universidades, cuando se niega agua y alimento a población civil, es traicionar cualquier principio ético. Lo que ocurre desde el Río Jordán al Mar Mediterráneo cumple todos los puntos de la Convención para la Prevención del Genocidio: desplazamiento forzado, condiciones de vida calculadas para destruir física y culturalmente, ejecución de intelectuales y periodistas.
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En algún futuro, nos preguntarán dónde estábamos cuando Gaza fue borrada. Que no tengamos que responder "viendo hacia otro lado". La dignidad no se negocia. O se defiende a los pueblos masacrados hoy, o mañana no habrá moral que reclamar cuando vengan por cualquier otro de nosotros.
La historia juzgará no solo a los asesinos, sino a los silenciosos. Gaza resiste, a duras penas. ¿Y nosotros?