Madrid de las Letras

Dos teatros, un barrio y la sangre en los adoquines: cómo nació el Madrid de las Letras

Dos corrales de comedias del siglo XVI transformaron un barrio madrileño. Rivalidades literarias, desalojos por venganza y la sangre del verso en los adoquines.

Imagínense por un momento el Madrid de finales del siglo XVI. Una ciudad que todavía se estira entre murallas medievales y los primeros edificios austeros de la corte filipina. En ese laberinto de calles de tierra batida, dos estructuras de madera y cal, tan humildes en apariencia como revolucionarias en esencia, cambiaron para siempre la geografía humana y literaria de la villa. Hablamos del Corral del Príncipe y del Corral de la Cruz. No eran más que patios interiores de vecindades, adaptados con un tablado al fondo y galerías para las mujeres, pero albergaron el germen de lo que hoy conocemos como el Barrio de las Letras. ¿Cómo dos teatros levantados casi de manera provisional dieron vida a un barrio entero? La respuesta está en el gentío, en la pólvora del verso y, sobre todo, en el orgullo de quienes vivían de escribir para esos escenarios.

En aquel entonces, tener un par de corrales de comedias tan cerca uno del otro no era solo un dato urbanístico. Era una mecha encendida bajo el asfalto cultural de Madrid. El público llenaba ambas localidades cada tarde, los actores iban y venían de una a otra compañía, y los dramaturgos —que solían alquilar habitaciones o tener casas pequeñas en los alrededores— comenzaron a poblar las calles de lo que hoy se extiende entre la plaza de Santa Ana, la calle Huertas y el paseo del Prado. El barrio entero empezó a latir al compás de las funciones. Los talleres de tramoya, las imprentas que querían vender los entremeses sueltos, las cantinas donde se comentaba la jugada, los burdeles y los almacenes. Todo eso creció porque el público, antes de entrar al corral o después de salir de la función, necesitaba comer, beber, discutir y enamorar. Así, sin un plan maestro, nacía el Madrid de los poetas.

Pero si hay algo que le da vidilla a cualquier barrio literario, no es solo la bohemia de los versos, sino las rencillas. ¿Y qué rencillas? Resulta que tener a los dos grandes monstruos del ingenio español viviendo a unas pocas cuadras de distancia es una bomba de tiempo. Lope de Vega era el rockstar absoluto, pero a su alrededor se apiñaban otros talentos igual de afilados y con mucho tiempo libre para odiarse. Francisco de Quevedo y Luis de Góngora residieron en estas mismas calles, y la cercanía no hizo más que empeorar su famosa guerra literaria. Las sátiras afiladas como puñales volaban de una casa a otra. Y aquí llega una de las anécdotas más jugosas del vecindario: se cuenta que Quevedo, sabiendo que Góngora vivía en una modesta casa alquilada en la calle de la Cruz, compró el inmueble a sus espaldas con el único fin de desahuciarlo. Sí, como se lee. Nada menos que comprar la vivienda de su rival para echarlo a la calle. Quevedo, siempre tan agudo en los papeles, fue todavía más cruel en el mundo real. El desalojo lo ejecutó un alguacil, y don Luis de Góngora —enfermo, casi ciego y ya sin los favores de la corte— terminó malviviendo sus últimos años en otra casa cercana, pero con la mueca del despojo a cuestas.

Así que caminar hoy por el Barrio de las Letras es pisar un campo de batalla sentimental donde las fachadas guardan siglos de genio y de puñalada trapera. No es casualidad que las placas en las esquinas recuerden a Cervantes, a Lope, a Quevedo o a Tirso de Molina. Esa concentración de dramaturgos fue posible porque los corrales los atraían como imanes. Donde hay dos teatros estables, los escritores buscan vivienda cerca. Y donde los escritores se acumulan, aparecen editores, libreros, críticos, borrachos con opiniones. Y de ese caldo de cultivo, a base de pasión y de mala leche, nace un barrio. El de las Letras no fue diseñado por un urbanista, sino por la necesidad del verso de dormir cerca del aplauso.

Hoy el visitante curioso puede apoyar la mano sobre la piedra del viejo Corral del Príncipe (absorbido por el actual Teatro Español) y casi oír los gritos de los mosqueteros, aquellos jóvenes que pagaban una moneda para estar de pie frente al escenario y decidían con sus silbidos qué obra triunfaba y cuál fracasaba. El otro, el Corral de la Cruz, desapareció hace siglos, pero su memoria flota en el trazado de las calles. Porque Madrid, al fin y al cabo, es una ciudad que entiende los barrios como historias vivas. Y la historia de este barrio se resume así: dos patios de vecinos le dieron de comer a una legión de poetas, y esos poetas, entre una copa y una décima, convirtieron la acera de enfrente en el escenario más peligroso de todos: el de sus propias venganzas.