HUGO DEL CARRIL

Hugo del Carril: voz, militancia y legado en la sombra del peronismo

Hugo del Carril, nacido como Piero Bruno Hugo Fontana el 30 de noviembre de 1912 en Buenos Aires, es una de las figuras más emblemáticas del cine y la música argentina. Cantante, actor, director y productor, Del Carril dejó una marca indeleble en la cultura popular del país

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Hubo algo en la voz de Hugo del Carril que trascendió el mero canto. No era solo timbre, sino una resonancia íntima con el alma popular. Cuando entonó "Los muchachos peronistas", su garganta se convirtió en un puente sonoro entre las proclamas políticas y el corazón de las multitudes. Esa marcha, compuesta en los albores del primer gobierno de Perón, dejó de ser una simple canción partidaria para transformarse en un himno visceral, un símbolo acuñado en la memoria colectiva. Y Hugo, sin buscarlo quizás, quedó atado para siempre a esa identidad.

Su militancia no fue de discursos estridentes, sino de presencia silenciosa y obstinada. En los años duros del antiperonismo, cuando el nombre de Perón se prohibía y las marchas se cantaban en secreto, Del Carril mantuvo una lealtad que le costó cárcel y exilio interno. Lo acusaron de "actor del régimen", como si su arte fuera mercancía política, pero él nunca renegó de sus convicciones. Incluso en 1955, tras el derrocamiento, cuando quemaron sus discos en plazas públicas y lo encarcelaron en la Penitenciaría Nacional, su voz siguió siendo un eco rebelde.

Pero reducir su figura al peronismo sería injusto. Antes que militante, fue un artista total. Dirigió Las aguas bajan turbias (1952), una película que desnudó la explotación de los mensú en los obrajes misioneros con una crudeza casi documental. No hubo romanticismo en ese relato, solo tierra roja, sudor y violencia. La cinta, basada en la novela de Alfredo Varela, se filmó entre los propios obrajes y con trabajadores reales. Del Carril, director y protagonista, supo captar la textura áspera de la injusticia y, al hacerlo, elevó el cine social argentino a un lugar incómodo y necesario.

Filmó otras obras memorables —La Quintrala, Las tierras blancas—, pero fue en Las aguas bajan turbias donde su mirada se volvió espejo de una Argentina olvidada. No era el panfleto lo que buscaba, sino la verdad descalza. Esa misma honestidad lo acompañó como intérprete: desde sus tangos cargados de melancolía hasta sus roles en el cine de oro, donde supo ser tanto el galán como el hombre roto.

Hoy, al escuchar la Marcha Peronista, su voz sigue ahí, intacta, flotando sobre los años como un fantasma familiar. Pero Hugo del Carril merece ser recordado no solo como la banda sonora de un movimiento, sino como un creador que supo navegar entre la épica política y el arte puro. Un tipo que, entre acordes y planos secuenciados, encontró la manera de contar las grietas y las luces de un país.