Había algo profético en la pluma de H. G. Wells. No porque adivinara el porvenir, sino porque lo imaginó con una lucidez que todavía hoy estremece. Cuando escribió La guerra de los mundos en 1898, no solo inventó una invasión marciana; dibujó el miedo de una humanidad frágil, arrasada por una fuerza superior e incomprensible. Esa novela, más que un relato de aventuras, fue un espejo deformado de los colonialismos terrestres: los británicos, que dominaban medio mundo, ahora eran los invadidos, los aplastados bajo el pie de una tecnología sin piedad.
Wells no fue el primero en escribir ciencia ficción, pero sí el que le dio peso literario y filosófico. Antes que él, los viajes extraordinarios de Verne estaban llenos de inventos asombrosos, pero Wells quería más. En La máquina del tiempo (1895), no solo describió un artefacto para viajar a través de los siglos; mostró el destino oscuro de la humanidad, dividida en especies degeneradas, los eloi y los morlocks, como una crítica feroz al capitalismo industrial. Era ficción, sí, pero también sociología especulativa.
En la actualidas, sus obras se leen no como meros entretenimientos, sino como advertencias talladas en papel. El hombre invisible (1897) exploró la corrupción del poder absoluto: ¿qué haría un hombre si nadie pudiera verlo? Griffin, el científico enloquecido, terminó siendo víctima de su propia ambición, un monstruo creado por la arrogancia de la ciencia sin ética. La isla del Dr. Moreau (1896) llevó aún más lejos el horror, cuestionando los límites de la experimentación y la naturaleza misma de la humanidad.
Pero Wells no se conformó con ser solo un escritor de fantasías científicas. Fue un pensador incansable, un socialista convencido que soñó con un mundo organizado por la razón y no por la guerra. Sus Esquemas de la historia y sus ensayos sobre el futuro de la humanidad lo muestran como un visionario que creía en la educación y la planificación global, aunque también temía los abismos del totalitarismo.
Hoy, que los drones surcan los cielos y la ingeniería genética avanza sin pausa, sus libros siguen siendo mapas de territorios que apenas empezamos a recorrer. La literatura de Wells no envejece porque, en el fondo, no habla de cohetes ni de alienígenas, sino de nosotros mismos: de nuestros miedos, nuestras ambiciones y esa eterna pregunta que recorre sus páginas como un estribillo inquietante: ¿Hacia dónde nos llevará nuestro propio progreso?