ÓPERA

Bayreuth, 12 de agosto de 1876: cuando Wagner desató su tormenta de dioses

Cuando el compositor alemán Richard Wagner estrenó su revolucionaria tetralogía 'El Anillo del Nibelungo' en Bayreuth, fueron 15 horas de música que dejaron al público entre el éxtasis y el desconcierto, cambiando para siempre la ópera.

Escrito en NOTICIAS el

Aquella tarde de agosto en Bayreuth olía a historia. No era solo el sudor de los músicos agobiados por el calor bávaro, ni el perfume caro de la nobleza europea apiñada en la oscuridad. Era algo más: el aroma acre de una revolución a punto de estallar. Richard Wagner, obstinado y endeudado hasta las cejas, estaba a punto de cambiar para siempre la ópera con su Anillo del Nibelungo... aunque nadie lo supiera aún.

El Festspielhaus, ese teatro construido ex profeso como templo wagneriano, vibraba con expectación. El káiser Guillermo I estaba allí, junto a Liszt, Tchaikovsky y hasta Nietzsche (que luego renegaría de su ídolo). Todos habían venido a ver esa tetralogía de quince horas que Wagner llevaba 26 años escribiendo. Una locura: cuatro óperas encadenadas (El oro del Rin, La Walkyria, Siegfried y El ocaso de los dioses), con dragones, anillos malditos y dioses borrachos de poder.

Pero cuando bajó el telón tras el primer acto de El oro del Rin, el silencio fue más elocuente que cualquier ovación. Los espectadores, desconcertados, no sabían si aplaudir o huir. ¿Era aquello ópera? No había arias convencionales, sino un torrente de melodía infinita. La orquesta, enterrada en el foso (otra innovación), sonaba como un organismo vivo. Y el escenario... Dios mío, el escenario: ríos de seda para el Rin, fogonazos de gas para el Valhalla.

La crítica fue brutal. "Es como oír a un elefante componer música", escribió alguno. Los costos habían arruinado a Wagner (y a su mecenas, el pobre Luis II de Baviera). Pero algo se había roto para siempre: el Anillo era un monstruo demasiado grande para su época. Un cosmos donde el leitmotiv tejía destinos, donde la orquesta narraba lo que los personajes callaban.

Hoy, 148 años después, aquel estreno sigue siendo un parteaguas. Porque Wagner no solo escribió una ópera: inventó un universo sonoro donde, como en la mitología que tanto amaba, los dioses caen... pero la música permanece.