Hablar de Dolina es hablar de la noche, de los marginales ilustres, de las filosofías que nacen en los bares donde el café ya se enfrió hace tres rondas. Su contribución a la radiofonía argentina es, antes que nada, una herejía deliciosa. En un medio que suele vivir de la urgencia, el escándalo y el minuto a minuto, él construyó durante décadas “La venganza será terrible”, un programa que era todo lo contrario: un refugio de lo pausado, lo circular, lo inútilmente bello. No informaba, no denunciaba, no salvaba a nadie. En vez de eso, Dolina inventó una tradición falsa, el Álbum de Familia de la Villa del Parque Medio, con personajes como el Comisario Contreras o el Barón de Pimienta, que a fuerza de ser nombrados con cariño se volvieron más reales que muchos funcionarios de turno. Ahí está su magia: hizo de la radio un territorio literario, una radio de ficción dentro de la realidad cotidiana, donde un oyente podía conmoverse con una leyenda de amor imposible entre dos angelitos castigados o con la crónica de una orquesta que solo toca para fantasmas.
En la literatura, Dolina es ese raro animal que escribe con el oído. “El bar del infierno”, “Crónicas del Ángel Gris”, “Cartas marcadas”: todos sus libros parecen escucharse más que leerse. Hay en ellos una oralidad perfecta, una sintaxis que no teme al giro antiguo, al lirismo camuflado de humor negro o a la digresión que se toma todo el capítulo. Su prosa tiene el ritmo de quien sabe que la palabra dicha es más frágil y más poderosa que la escrita, y por eso sus cuentos sobreviven a la página como sobrevive un tango en la memoria de un borracho digno. Dolina, a diferencia de tantos, no quiere demostrar que es culto; lo es con naturalidad de conversador de trasnoche, citando a Borges, a Discépolo, a los filósofos estoicos, a los teólogos menores, todo en la misma oración y sin pedir permiso. Construyó un universo propio donde lo ridículo y lo sublime conviven en la misma pieza de pensión, y donde la ternura asoma siempre disfrazada de cinismo para que nadie se sienta avergonzado.
En el teatro, su huella es más subterránea, pero no menos intensa. Adaptó sus propias criaturas a las tablas con “El bar del infierno” y otras piezas que son menos obras convencionales que rituales laicos, misas negras del humor y la melancolía. Allí, como en la radio, la palabra es la dueña absoluta de la escena; las tramas importan menos que la atmósfera, ese aire de velorio alegre donde los personajes hablan de Dios, de la ruleta, de la hermana muerta o de la mujer que se fue hace treinta años, todo con la misma desesperación contenida. Dolina entiende el teatro como extensión del cuento oral, y por eso el público sale con la sensación de haber estado en una reunión íntima, no en un espectáculo.
Pero si hay que hablar de su contribución a la cultura argentina en general, lo más justo es decir que Dolina nos enseñó a escuchar de otra manera. Nos regaló la idea de que la cultura no es solo lo que está en los libros sagrados o en las salas de prestigio, sino también la charla de café, el folletín de barrio, la canción olvidada, el rumor de escalera. Él le devolvió dignidad al disparate, le puso música de orquesta típica a la filosofía, y nos hizo sentir menos solos en esas horas donde uno no sabe si reírse o llorar. Su legado, en el fondo, es el de un contador de historias que nunca quiso ser más que eso, y por eso terminó siendo mucho más: un ángel gris de la cultura popular, que todavía ronda las radios y las librerías con su gabán, su cigarrillo y su eterna lección de que la venganza, al final, no será terrible: será melancólica, irónica y, sobre todo, humana.