Alberto Olmedo

El negro de las dos caras: Alberto Olmedo, el ídolo que nos enseñó a reír de lo que no debíamos

Fue el capitán de los niños y el cómplice pícaro de los adultos. Genio y exceso, Alberto Olmedo construyó un humor que aún hoy, entre la risa y la incomodidad, nos define como país.

Hay artistas que pasan por la televisión como un destello, y hay otros que se instalan en la médula de un país para siempre. Alberto Olmedo pertenece a esa segunda estirpe, esa que no necesita presentación porque su rostro, sus gestos y sus frases son parte del aire que se respira en la cultura popular argentina. Pero, como toda figura colossal, su legado está hecho de una materia compleja, llena de brillos y sombras, de genialidad y de excesos, de un humor que supo ser tanto infantil como procaz, a veces en la misma tarde.

Para entender la magnitud de Olmedo, quizás haya que empezar por el final, por esa imagen trágica de aquel 5 de marzo de 1988 en Mar del Plata, cuando el capocómico cayó al vacío desde un piso once en circunstancias que aún hoy resuenan como una metáfora cruel de su propia vida: una vida vivida siempre al borde, asomado a la baranda del éxito sin red de contención. Pero su historia no empieza ahí, sino mucho antes, en un humilde conventillo del barrio Pichincha en Rosario, donde un niño llamado Alberto, criado solo por su madre Matilde, aprendió temprano que la risa podía ser un escudo y una forma de salir adelante.

Ese muchacho que llegó a Buenos Aires a probar suerte comenzó su carrera de un modo casi azaroso, como switcher en Canal 7, pero su destino cambió cuando en una fiesta de fin de año improvisó una persecución de una mosca imaginaria sobre una mesa. En ese instante, alguien vio lo que pocos podían ver: un animal escénico capaz de construir humor de la nada. De allí nació el Capitán Piluso, ese marinero de gomera y remera a rayas que se convirtió en el amigo de todos los niños durante más de veinte años. Era un humor limpio, casi didáctico, donde la inocencia reinaba y la consigna era clara: "Piluso es bueno".

Sin embargo, como si llevara dentro a dos personas distintas, Olmedo supo mutar. El mismo hombre que les tomaba la leche a los chicos en la pantalla chica se transformó, de la mano de los hermanos Sofovich, en el rey del doble sentido, en el maestro de la picaresca que desnudaba las hipocresías del adulto contemporáneo con una ceja levantada y una mirada cómplice hacia la cámara. Fue entonces cuando dieron vida a ese universo paralelo de personajes inolvidables: el manosanta con su "Adianchi" y su "Y... si no me tienen fe", el dictador de Costa Pobre con su histérico "¡De acá!", o ese empleado sumiso que comenzaba sus relatos con un "Éramos tan pobres..." que retrataba como ningún discurso político la crisis existencial de la clase media.

Ahí radica su primera gran contradicción. Olmedo logró algo que muy pocos han conseguido: habitar ambos extremos del espectro del humor sin que pareciera una traición. Era el ídolo de los niños y el cómplice de los adultos en la misma carrera, a veces en el mismo año. Su talento era tan descomunal que le permitía saltar de la revista sexual con Jorge Porcel a un sketch de sutilezas psicológicas con Javier Portales, como el mítico "Álvarez y Borges", donde la improvisación y la química entre ambos actores alcanzaban niveles de una comedia casi existencialista.

Pero sería hipócrita hablar de Olmedo sin detenerse en las sombras que lo acompañaron. Su vida privada fue un torbellino de excesos y desorden. Tuvo seis hijos con cinco mujeres, fue un padre ausente para algunos, y su relación con el alcohol y la cocaína no fue un secreto sino un rumor a gritos que terminó confirmándose en la tragedia. Era hosco y taciturno fuera del escenario, todo lo contrario a la explosión de energía que mostraba en cámara. Y, sin embargo, el público lo quería con una devoción irracional, esa que solo se tiene por los genios o por los locos, y él era un poco de ambos.

Su humor, visto con los ojos críticos de hoy, también merece un análisis profundo. Es fácil acusarlo de machista o de liviano, pero habría que preguntarse si Olmedo no estaba simplemente reflejando, con una lupa deformante, las contradicciones de una sociedad argentina mucho más mojigata y reprimida de lo que quería admitir. Sus personajes no eran moralistas; eran espejos. El manosanta no era más que la representación de la viveza criolla, del curandero de feria que todos conocemos. El dictador de Costa Pobre satirizaba el autoritarismo con una fineza que, en tiempos de dictadura, le costó caro: en 1976, una broma sobre su propia muerte hizo creer que había corrido la misma suerte que miles de desaparecidos, y el régimen lo tuvo dos años sin trabajo. Ese castigo, lejos de doblegarlo, cimentó aún más su vínculo con un público que veía en él a un resistente.

Su legado es, por todo esto, imborrable pero incómodo. Por un lado, está la vigencia de sus personajes y sus frases, que siguen siendo moneda corriente en el habla popular. El músico Fito Páez, su coterráneo, lo inmortalizó con un verso que duele por su verdad: "No hay merienda si no hay capitán". Por otro lado, está el hombre que se convirtió en mito, casi en un santo laico al que se le reza con una sonrisa. Martín Bossi, uno de sus más sentidos homenajeadores, dijo una vez que cuando se viste de Olmedo, a la gente "se le deforma la cara cuando llora", mezclando la risa con la emoción más profunda.

A más de tres décadas de su partida, Alberto Olmedo sigue siendo eso: un nudo en la garganta de la Argentina. Un tipo que nos hizo reír de nuestras propias miserias, que nos mostró que la pobreza podía ser un punto de partida para un chiste y no una condena, y que, como todo grande, se fue justo en el momento en que su mito comenzaba a necesitar una leyenda. Queda su obra, sí, pero sobre todo queda la sensación de que con él se fue una forma de entender el humor: más callejero, más genuino, más nuestro. Y queda la certeza de que, como dictaba aquel viejo sketch, "si lo vamos a hacer, lo vamos a hacer bien". Y él, sin duda, lo hizo bien. O al menos, de una manera que nadie ha podido repetir.

Hay artistas que pasan por la televisión como un destello, y hay otros que se instalan en la médula de un país para siempre. Alberto Olmedo pertenece a esa segunda estirpe, esa que no necesita presentación porque su rostro, sus gestos y sus frases son parte del aire que se respira en la cultura popular argentina. Pero, como toda figura colossal, su legado está hecho de una materia compleja, llena de brillos y sombras, de genialidad y de excesos, de un humor que supo ser tanto infantil como procaz, a veces en la misma tarde.

Para entender la magnitud de Olmedo, quizás haya que empezar por el final, por esa imagen trágica de aquel 5 de marzo de 1988 en Mar del Plata, cuando el capocómico cayó al vacío desde un piso once en circunstancias que aún hoy resuenan como una metáfora cruel de su propia vida: una vida vivida siempre al borde, asomado a la baranda del éxito sin red de contención. Pero su historia no empieza ahí, sino mucho antes, en un humilde conventillo del barrio Pichincha en Rosario, donde un niño llamado Alberto, criado solo por su madre Matilde, aprendió temprano que la risa podía ser un escudo y una forma de salir adelante.

Ese muchacho que llegó a Buenos Aires a probar suerte comenzó su carrera de un modo casi azaroso, como switcher en Canal 7, pero su destino cambió cuando en una fiesta de fin de año improvisó una persecución de una mosca imaginaria sobre una mesa. En ese instante, alguien vio lo que pocos podían ver: un animal escénico capaz de construir humor de la nada. De allí nació el Capitán Piluso, ese marinero de gomera y remera a rayas que se convirtió en el amigo de todos los niños durante más de veinte años. Era un humor limpio, casi didáctico, donde la inocencia reinaba y la consigna era clara: "Piluso es bueno".

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Sin embargo, como si llevara dentro a dos personas distintas, Olmedo supo mutar. El mismo hombre que les tomaba la leche a los chicos en la pantalla chica se transformó, de la mano de los hermanos Sofovich, en el rey del doble sentido, en el maestro de la picaresca que desnudaba las hipocresías del adulto contemporáneo con una ceja levantada y una mirada cómplice hacia la cámara. Fue entonces cuando dieron vida a ese universo paralelo de personajes inolvidables: el manosanta con su "Adianchi" y su "Y... si no me tienen fe", el dictador de Costa Pobre con su histérico "¡De acá!", o ese empleado sumiso que comenzaba sus relatos con un "Éramos tan pobres..." que retrataba como ningún discurso político la crisis existencial de la clase media.

Ahí radica su primera gran contradicción. Olmedo logró algo que muy pocos han conseguido: habitar ambos extremos del espectro del humor sin que pareciera una traición. Era el ídolo de los niños y el cómplice de los adultos en la misma carrera, a veces en el mismo año. Su talento era tan descomunal que le permitía saltar de la revista sexual con Jorge Porcel a un sketch de sutilezas psicológicas con Javier Portales, como el mítico "Álvarez y Borges", donde la improvisación y la química entre ambos actores alcanzaban niveles de una comedia casi existencialista.

Pero sería hipócrita hablar de Olmedo sin detenerse en las sombras que lo acompañaron. Su vida privada fue un torbellino de excesos y desorden. Tuvo seis hijos con cinco mujeres, fue un padre ausente para algunos, y su relación con el alcohol y la cocaína no fue un secreto sino un rumor a gritos que terminó confirmándose en la tragedia. Era hosco y taciturno fuera del escenario, todo lo contrario a la explosión de energía que mostraba en cámara. Y, sin embargo, el público lo quería con una devoción irracional, esa que solo se tiene por los genios o por los locos, y él era un poco de ambos.

Su humor, visto con los ojos críticos de hoy, también merece un análisis profundo. Es fácil acusarlo de machista o de liviano, pero habría que preguntarse si Olmedo no estaba simplemente reflejando, con una lupa deformante, las contradicciones de una sociedad argentina mucho más mojigata y reprimida de lo que quería admitir. Sus personajes no eran moralistas; eran espejos. El manosanta no era más que la representación de la viveza criolla, del curandero de feria que todos conocemos. El dictador de Costa Pobre satirizaba el autoritarismo con una fineza que, en tiempos de dictadura, le costó caro: en 1976, una broma sobre su propia muerte hizo creer que había corrido la misma suerte que miles de desaparecidos, y el régimen lo tuvo dos años sin trabajo. Ese castigo, lejos de doblegarlo, cimentó aún más su vínculo con un público que veía en él a un resistente.

Su legado es, por todo esto, imborrable pero incómodo. Por un lado, está la vigencia de sus personajes y sus frases, que siguen siendo moneda corriente en el habla popular. El músico Fito Páez, su coterráneo, lo inmortalizó con un verso que duele por su verdad: "No hay merienda si no hay capitán". Por otro lado, está el hombre que se convirtió en mito, casi en un santo laico al que se le reza con una sonrisa. Martín Bossi, uno de sus más sentidos homenajeadores, dijo una vez que cuando se viste de Olmedo, a la gente "se le deforma la cara cuando llora", mezclando la risa con la emoción más profunda.

A más de tres décadas de su partida, Alberto Olmedo sigue siendo eso: un nudo en la garganta de la Argentina. Un tipo que nos hizo reír de nuestras propias miserias, que nos mostró que la pobreza podía ser un punto de partida para un chiste y no una condena, y que, como todo grande, se fue justo en el momento en que su mito comenzaba a necesitar una leyenda. Queda su obra, sí, pero sobre todo queda la sensación de que con él se fue una forma de entender el humor: más callejero, más genuino, más nuestro. Y queda la certeza de que, como dictaba aquel viejo sketch, "si lo vamos a hacer, lo vamos a hacer bien". Y él, sin duda, lo hizo bien. O al menos, de una manera que nadie ha podido repetir.