El apellido del personaje era una broma involuntaria. "Bores", ese alias que Julio Porter le inventó aquella noche en Radio Splendid cuando el joven Mauricio Borensztein todavía no sabía que iba a cambiar la forma en que los argentinos se reían de su propia desgracia. Una contracción, un chiste privado que después nadie preguntó y que con el tiempo se volvió inmortal. Nadie supo nunca bien qué significaba, pero todos lo repitieron como si fuera un conjuro: Tato Bores. El actor cómico de la nación, como le gustaba llamarse a sí mismo, con ese título que nadie le discutió porque nadie podía.
El frac apareció por una razón que parecía absurda. Durante el gobierno de Arturo Frondizi, los gabinetes se sucedían a tal velocidad que cualquier ciudadano sensato debía estar preparado para asumir un cargo en cualquier momento. Tato se vistió de gala por si lo llamaban. Y nunca se sacó el traje. El habano nunca se encendía, los anteojos eran enormes, la peluca estaba siempre ligeramente torcida. Entraba al estudio patinando, hablaba como si el aire se fuera a acabar y en veinte minutos lograba lo que ningún editorialista conseguía en una semana: decir la verdad sin que nadie pudiera acusarlo de haberla dicho.
Su secreto era la velocidad. Hablaba rápido porque, confesó alguna vez, le daba vergüenza estar frente al público. Tengo el miedo de torero: quiero terminar la faena rápido. Pero esa misma precipitación era la trampa perfecta. Cuando se habla a las apuradas, el oído no alcanza a procesar todo. El chiste entra, la crítica también, pero cuando el espectador quiere reaccionar, Tato ya pasó a otra cosa. El censor, si lo hubiera, se quedaba con el brazo levantado sin saber bien a qué ordenarle que cortara. No es que no se entendiera. Al revés: se entendía perfectamente, pero la denuncia estaba tan bien emulsionada en la risa que separar una de la otra resultaba imposible.
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Detrás del monólogo había una fábrica de talentos que rara vez salió a la luz. Guionistas como Landrú, César Bruto, Juan Carlos Mesa, Carlos Abrevaya, Adolfo Castelo, sus propios hijos Alejandro y Sebastián. Todos ellos aprendieron que escribir para Tato no era escribir chistes. Era escribir un diagnóstico del país con remate humorístico. El chiste podía envejecer mal, pero el diagnóstico no. Por eso sus monólogos se volvieron proféticos sin haberlo pretendido. Porque el problema argentino no era tanto que los políticos se equivocaran, sino que se equivocaban siempre de la misma manera. Tato no adivinaba el futuro. Constataba que el presente era idéntico al pasado.
Y sin embargo, el hombre que se reía de todo fue un tipo tímido, casado con la misma mujer toda la vida, que jamás improvisaba, que estudiaba los libretos durante toda la semana como si fuera un examen, que repetía diez mil caracteres sin una coma de más. Esa es la primera contradicción: la aparente espontaneidad del monólogo era el resultado de una disciplina obsesiva. La segunda contradicción, más incómoda, tiene que ver con el poder. Tato se burlaba de todos los gobiernos, pero todos los gobiernos lo querían en su programa. Frondizi fue el primer presidente en sentarse a su lado. Carlos Menem, según confesó el propio Bores, fue el que más veces lo visitó. "No somos amigos", aclaraba cada vez, pero la aclaración ya delataba cierta intimidad.
El episodio más revelador ocurrió en 1992, cuando la jueza María Romilda Servini de Cubría logró que un tribunal prohibiera un segmento del programa antes de su emisión. Tato no respondió con un editorial encendido ni con una demanda judicial. Respondió con una canción absurda, infantil, pegadiza, que repetía "la jueza baru budu budia" hasta el paroxismo. Esa noche, decenas de artistas se reunieron en el estudio para cantar junto a él el mismo estribillo ridículo. Fue una revolución disfrazada de tontería. Y funcionó. Porque Tato había entendido algo que los intelectuales serios no terminan de aprender: al poder no se lo combate con solemnidad. Se lo combate haciéndolo parecer lo que es: un objeto de risa.
El mismo año en que murió, 1996, supo que sus monólogos ya pertenecían a otra época. No porque hubieran envejecido, sino todo lo contrario: porque el país seguía atrapado en los mismos problemas, y él ya no tenía fuerzas para seguir contándolos de esa manera. "No me enorgullece que los textos todavía sirvan", dijo. Habla de lo mal que estamos nosotros porque estamos repitiendo las cosas. Esa conciencia trágica, esa mezcla de orgullo y tristeza por la vigencia de su propio trabajo, es quizás lo que lo separa de cualquier otro humorista.
Hoy, casi treinta años después de su último "vermouth con papas fritas y good show", su imagen sigue siendo la de un frac que flota solo, sin cuerpo que lo sostenga, recorriendo los pasillos de una casa que ya no es la suya. Todos lo reclaman como propio: los que gobernaban entonces y los que gobiernan ahora, los que se rieron con él y los que apenas lo conocen por fragmentos de archivo. Pero la verdad es que Tato Bores ya no nos pertenece. Nosotros le pertenecemos a él. Porque su país, ese laboratorio de pruebas donde se ensayan todas las formas posibles de la decepción, sigue siendo el nuestro. Y mientras la Argentina no resuelva lo que Tato diagnosticó con una carcajada, su fantasma seguirá siendo el único que puede mirarnos a la cara sin que apartemos la vista.