MÚSICA

Tango, rock y destino. La huella indeleble de tanguito

A 80 años de su nacimiento, la figura de José Alberto Iglesias, Tanguito, emerge como un mito fundacional. Su creación de “La Balsa” no fue solo una canción; fue el grito de un nuevo sonido que cambiaría la cultura argentina para siempre.

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Escrito en EFEMÉRIDES el

En la penumbra ruidosa de la perla de La Perla, en el subsuelo de una Argentina que oscilaba entre tradición y modernidad, un joven de melena desprolija y mirada intensa escribió, en una servilleta o en el revés de un sobre, las palabras que serían el acta de nacimiento de un movimiento: “Estoy muy solo y triste en este mundo de mierda…”. Así comenzaba “La Balsa”, la obra maestra de José Alberto Iglesias, Tanguito, el muchacho de Caseros que llevaba el ritmo del tango en el apellido y la rebeldía del rock en el alma.

Reducir a Tanguito a la romantización del artista torturado y maldito sería traicionar su legado. Su verdadera contribución fue de una lucidez arrolladora: supo sintetizar la melancolía porteña, heredada del tango, con la energía cruda y juvenil del rock and roll. “La balsa”, coescrita con Litto Nebbia en 1967, no sonó como nada antes escuchado. Era a la vez un lamento existencial y una canción de escape, una metáfora perfecta del deseo de una generación por construir su propia balsa y zarpar de un mundo que ya no entendía.

La canción se convirtió en el himno involuntario de una juventud que buscaba su voz. Grabada por Los Gatos, estalló en las radios y vendió decenas de miles de copias, demostrando que el rock en español no solo era posible, sino que podía ser masivo y profundamente auténtico. Fundó una escena, inauguró un lenguaje y le dio permiso a miles de pibes para cantar en su propio idioma sobre sus propias realidades.

Pero más allá del mito, está la música. La obra de Tanguito, desperdigada en demos y grabaciones precarias, es el mapa de un alma inquieta. Canciones como “Amor de primavera” o “La princesa dorada” muestran a un compositor de una sensibilidad única, capaz de jugar con las melodías y las palabras con una naturalidad desconcertante.

Su trágico destino, su muerte a los 26 años en 1972, selló su leyenda, pero también opacó, por un tiempo, la magnitud de su genio. Hoy, a distancia, se lo reconoce no como una víctima, sino como un visionario. Fue el puente necesario entre dos Argentinas sonoras. En “La Balsa” no solo se construyó una canción; se echó a andar un río musical que aún hoy, décadas después, no ha dejado de fluir. Tanguito no se fue a pique. Su música sigue a flote, navegando en el imaginario de un país que, gracias a él, aprendió a rockear en criollo.