Han pasado dos años desde que Gaza comenzó a ser borrada del mapa. Dos años de una metódica y sistemática destrucción que ha convertido calles, hospitales, universidades y refugios en escombros. Lo que comenzó como una respuesta militar se ha revelado como un proyecto de aniquilación lenta, ante la mirada impotente —y a veces cómplice— del mundo.
Las justificaciones iniciales han ido desmoronándose como edificios bajo las bombas. La retórica de la "legítima defensa" no puede sostenerse ante la evidencia de una violencia desproporcionada y dirigida deliberadamente contra la población civil. Los ataques a hospitales, la muerte de más de quince mil niños, el bloqueo humanitario y la destrucción calculada de todo lo que hace habitable un territorio no son daños colaterales: son la esencia misma de esta operación.
La comunidad internacional ha sido testigo de cómo se desmantelan uno a uno los argumentos que intentaron legitimar lo ilegitimable. No hay seguridad posible en un cementerio. No hay paz que pueda construirse sobre la tumba colectiva de un pueblo. La narrativa del conflicto simétrico se ha roto ante la evidencia de una asimetría total: entre la potencia militar de un Estado y la resistencia desesperada de un pueblo sitiado.
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Lo que ocurre en Gaza no es una guerra. Es la culminación de una ocupación de décadas, la expresión más cruda de un proyecto colonial que ahora muestra su verdadero rostro: el de la eliminación sistemática del otro. Los dos años transcurridos no han sido solo de destrucción material, sino del lento y deliberado desmantelamiento de la condición humana de los palestinos.
Frente a esto, nuestro silencio como medio durante demasiado tiempo pesa como una losa. Callar ante lo que documentan organizaciones humanitarias, Naciones Unidas y los propios periodistas en el terreno —muchos de ellos muertos en el ejercicio de su profesión— nos convierte en cómplices. No se puede ser neutral ante el horror. La objetividad no significa equidistancia entre el verdugo y la víctima.
Este aniversario no es una conmemoración. Es una acusación. Un recordatorio de que mientras escribimos estas líneas, la destrucción continúa. De que nuestra indiferencia tiene consecuencias. De que el tiempo no cura las heridas cuando la herida sigue abierta y creciendo.
Gaza nos interpela. Nos exige dejar atrás las medias tintas y llamar a las cosas por su nombre. Porque algunos crímenes no prescriben, y algunas complicidades tampoco. La historia juzgará no solo a los perpetradores, sino también a quienes, pudiendo alzar la voz, prefirieron guardar silencio.