feminismo

Simone de Beauvoir: la mirada que incomodó al siglo

Filósofa, novelista y feminista radical, Simone de Beauvoir escribió "El segundo sexo" y desafió a su época. Su relación con Sartre, sus contradicciones y su legado siguen interpelando al presente.

Hubo una mujer que se negó a ser musa, aunque inspirara generaciones enteras. Simone de Beauvoir nació en París en 1908 en el seno de una familia burguesa que pronto perdió su fortuna, y esa caída en desgracia quizá le enseñó antes que a nadie que los pilares del orden establecido eran de cartón. Estudió filosofía en la Sorbona, donde quedó segunda en la agregación, solo por detrás de un joven llamado Jean-Paul Sartre con quien sellaría una alianza intelectual y afectiva que desafiaría todas las convenciones.

Su contribución al pensamiento feminista tiene una fecha precisa y un título exacto: 1949, "El segundo sexo". Aquel ensayo monumental comenzaba con una pregunta que aún hoy resuena como una grieta en el suelo de la tradición: ¿qué es una mujer? Beauvoir respondió que la mujer no nace, sino que se hace, frase que se convertiría en el germen del feminismo de la segunda ola. Desmontó la idea de lo femenino como esencia natural y lo reveló como una construcción cultural al servicio de un sistema que definía al hombre como lo universal y a la mujer como lo otro, lo contingente, lo secundario. No se trataba de reivindicar una supuesta superioridad femenina, sino de destruir la propia categoría de lo femenino como jaula. Por eso muchas feministas posteriores, desde Kate Millett hasta Judith Butler, beberían directamente de esa fuente.

Su trayectoria literaria, sin embargo, no se agota en el ensayo. Novelas como "La invitada", "Los mandarines" —por la que ganó el Goncourt en 1954— o "Las bellas imágenes" exploraron las contradicciones de la existencia concreta: la libertad, la mirada del otro, la mala fe, el deseo de ser deseada sin dejar de ser sujeto. Beauvoir escribía desde las entrañas de la contradicción, porque sabía que la vida no se deja atrapar por los sistemas filosóficos.

Y allí aparece la relación compleja con Sartre, ese contrato de dos años renovable que ellos llamaron amor necesario y que durante décadas fascinó y horrorizó por igual. Se prometieron sinceridad radical, transparencia total y el derecho a tener amores contingentes sin poner en peligro el vínculo principal. Beauvoir aceptó las reglas de un juego que Sartre diseñó casi a su medida, y aunque ella también tuvo amantes apasionados —como Nelson Algren, a quien llamaba "mi marido de lejos"—, lo cierto es que pasó años soportando la centralidad de otras mujeres en la vida de él, como la tortuosa relación con Olga Kosakiewicz o la devoradora presencia de Arlette Elkaïm, a quien Sartre terminó adoptando. Beauvoir nunca dejó de preguntarse si ese contrato, tan celebrado como transgresor, no la había condenado también a una forma solapada de servidumbre emocional.

Sus contradicciones eran parte de su materia viva. Escribió páginas inolvidables contra la maternidad como destino, pero mantuvo una relación casi filial con su hermana Hélène. Denunció la opresión de las mujeres casadas, pero en su juventud firmó un manifiesto a favor de la edad de consentimiento que hoy resultaría escandaloso. Firmó junto a Sartre todos los compromisos políticos de la izquierda francesa, desde la guerra de Argelia hasta el mayo del 68, pero siempre renegó de cualquier ortodoxia que pretendiera decirle cómo vivir su propia libertad.

Su legado es inmenso precisamente porque no es un monumento pulido, sino una cantera llena de aristas. Simone de Beauvoir hizo algo más que teorizar sobre la liberación femenina: intentó vivirla, con sus aciertos y sus heridas. Al morir en 1986, fue enterrada junto a Sartre en el cementerio de Montparnasse, y las mujeres que llegaron con flores sabían que aquella tumba no era la de una musa ni la de una compañera dócil. Era la de la filósofa que se atrevió a decir que no se nace mujer, que uno se convierte, y que ese devenir nunca termina.

Hubo una mujer que se negó a ser musa, aunque inspirara generaciones enteras. Simone de Beauvoir nació en París en 1908 en el seno de una familia burguesa que pronto perdió su fortuna, y esa caída en desgracia quizá le enseñó antes que a nadie que los pilares del orden establecido eran de cartón. Estudió filosofía en la Sorbona, donde quedó segunda en la agregación, solo por detrás de un joven llamado Jean-Paul Sartre con quien sellaría una alianza intelectual y afectiva que desafiaría todas las convenciones.

Su contribución al pensamiento feminista tiene una fecha precisa y un título exacto: 1949, "El segundo sexo". Aquel ensayo monumental comenzaba con una pregunta que aún hoy resuena como una grieta en el suelo de la tradición: ¿qué es una mujer? Beauvoir respondió que la mujer no nace, sino que se hace, frase que se convertiría en el germen del feminismo de la segunda ola. Desmontó la idea de lo femenino como esencia natural y lo reveló como una construcción cultural al servicio de un sistema que definía al hombre como lo universal y a la mujer como lo otro, lo contingente, lo secundario. No se trataba de reivindicar una supuesta superioridad femenina, sino de destruir la propia categoría de lo femenino como jaula. Por eso muchas feministas posteriores, desde Kate Millett hasta Judith Butler, beberían directamente de esa fuente.

Su trayectoria literaria, sin embargo, no se agota en el ensayo. Novelas como "La invitada", "Los mandarines" —por la que ganó el Goncourt en 1954— o "Las bellas imágenes" exploraron las contradicciones de la existencia concreta: la libertad, la mirada del otro, la mala fe, el deseo de ser deseada sin dejar de ser sujeto. Beauvoir escribía desde las entrañas de la contradicción, porque sabía que la vida no se deja atrapar por los sistemas filosóficos.

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Sus contradicciones eran parte de su materia viva. Escribió páginas inolvidables contra la maternidad como destino, pero mantuvo una relación casi filial con su hermana Hélène. Denunció la opresión de las mujeres casadas, pero en su juventud firmó un manifiesto a favor de la edad de consentimiento que hoy resultaría escandaloso. Firmó junto a Sartre todos los compromisos políticos de la izquierda francesa, desde la guerra de Argelia hasta el mayo del 68, pero siempre renegó de cualquier ortodoxia que pretendiera decirle cómo vivir su propia libertad.

Su legado es inmenso precisamente porque no es un monumento pulido, sino una cantera llena de aristas. Simone de Beauvoir hizo algo más que teorizar sobre la liberación femenina: intentó vivirla, con sus aciertos y sus heridas. Al morir en 1986, fue enterrada junto a Sartre en el cementerio de Montparnasse, y las mujeres que llegaron con flores sabían que aquella tumba no era la de una musa ni la de una compañera dócil. Era la de la filósofa que se atrevió a decir que no se nace mujer, que uno se convierte, y que ese devenir nunca termina.