música clásica

George Friedrich Händel: el gigante que convirtió el dolor en esplendor sonoro

Nació en Alemania, triunfó en Inglaterra y ciego dictó sus últimas obras. Händel desafió a la adversidad con "El Mesías" y revolucionó la música sacra para siempre.


Hubo un hombre que nació en Halle, Alemania, en 1685, el mismo año que Johann Sebastian Bach, y sin embargo el destino los puso en veredas opuestas. Mientras Bach vivió casi siempre en un radio de pocos kilómetros, entregado a la gloria de Dios desde la modesta penumbra de las iglesias luteranas, Händel cruzó fronteras, cambió de idioma, de reyes y de confesiones, y terminó convertido en el músico más cosmopolita de su tiempo. Su padre, un barbero-cirujano que despreciaba la música como un pasatiempo indigno, prohibió que estudiara instrumento alguno, pero el niño encontró la manera de hacer sonar un pequeño clavicordio escondido en el desván. Esa rebeldía temprana fue el primer compás de una vida entera dedicada a vencer todas las resistencias.

Su contribución a la música clásica y sacra es tan vasta como su carácter era tempestuoso. Händel aprendió primero en la ópera italiana, ese laboratorio de pasiones extremas donde la voz humana se convierte en filigrana. Viajó a Hamburgo, a Florencia, a Roma, a Venecia, y en cada ciudad asimilaba estilos con una voracidad que sus contemporáneos encontraban casi obscena. Pero fue en Londres donde encontró su verdadera patria. Allí, adoptado por la corte de la reina Ana y más tarde por Jorge I de Gran Bretaña, se convirtió en el compositor oficial de una nación que aprendió a latir al ritmo de sus oberturas. Escribió óperas como "Julio César" o "Rinaldo" que reinventaron el género desde la fuerza dramática y la invención melódica inagotable. Sin embargo, el público inglés empezó a cansarse de las voces italianas, y Händel, que ya había quebrado una vez como empresario operístico, dio un giro genial hacia el oratorio.

Allí aparece su obra maestra inmortal, "El Mesías", estrenada en Dublín en 1742. Nada en la música sacra sonaba así antes. Händel tomó textos bíblicos en inglés, no en latín, y los vistió con una música que alternaba la majestuosidad coral con la intimidad casi erótica de las arias. El famoso "Aleluya" no fue escrito en un arrebato místico, como la leyenda romántica ha repetido hasta el hartazgo, sino con la misma disciplina férrea con la que Händel componía todas sus partituras. Pero lo cierto es que, al terminar ese coro, el compositor dijo haber visto el cielo abierto. La pieza se volvió tan popular que en los conciertos londinenses el público se ponía de pie durante su interpretación, una costumbre que perdura hasta hoy y que nació porque el rey Jorge II, conmovido, se levantó sin querer y arrastró a toda la sala en un gesto de respeto involuntario.

Händel sufrió en carne propia la fragilidad del éxito. En 1737, un derrame cerebral le paralizó el brazo derecho, y los médicos le dieron por perdido. Pero él se fue a tomar las aguas termales de Aquisgrán y, contra todo pronóstico, volvió a tocar el órgano en público antes de lo que nadie esperaba. Más tarde, la ceguera comenzó a roerle la vista hasta dejarlo completamente oscuro en sus últimos años. Aun así, siguió dictando partituras y dirigiendo sus oratorios de memoria, con una voluntad que sus contemporáneos llamaban titánica. En sus funciones benéficas para el Hospital de Huérfanos de Londres, el viejo maestro ciego se sentaba al órgano y arrancaba de las cuerdas y los tubos una luz que él ya no podía ver.

Su legado es paradójico y enorme. Durante el siglo XIX, los nacionalistas alemanes lo reclamaron como propio, aunque Händel se había naturalizado inglés y escribía sobre textos de Shakespeare y la Biblia del rey Jacobo. Los ingleses lo adoptaron como un clásico nacional, pero nunca dejaron de notar ese acento extranjero en su música, esa manera tan germánica de organizar las masas corales. George Friedrich Händel murió en Londres en 1759, rico y venerado, y fue enterrado en la Abadía de Westminster, un honor que muy pocos músicos han recibido. Su tumba, bajo un monumento que lo muestra con la partitura de "El Mesías" en la mano, sigue siendo un lugar de peregrinaje. Pero su verdadero legado no está en el mármol, sino en cada coro que entona "Aleluya" en una iglesia de pueblo o en una sala de concierto, en cada niño que descubre que la música sacra puede ser tan apasionada como una ópera, en cada melómano que escucha las suites para teclado y entiende que Händel fue, ante todo, un hombre que transformó el sufrimiento en esplendor sonoro, una y otra vez, sin permitirse nunca el lujo de la derrota.


Hubo un hombre que nació en Halle, Alemania, en 1685, el mismo año que Johann Sebastian Bach, y sin embargo el destino los puso en veredas opuestas. Mientras Bach vivió casi siempre en un radio de pocos kilómetros, entregado a la gloria de Dios desde la modesta penumbra de las iglesias luteranas, Händel cruzó fronteras, cambió de idioma, de reyes y de confesiones, y terminó convertido en el músico más cosmopolita de su tiempo. Su padre, un barbero-cirujano que despreciaba la música como un pasatiempo indigno, prohibió que estudiara instrumento alguno, pero el niño encontró la manera de hacer sonar un pequeño clavicordio escondido en el desván. Esa rebeldía temprana fue el primer compás de una vida entera dedicada a vencer todas las resistencias.

Su contribución a la música clásica y sacra es tan vasta como su carácter era tempestuoso. Händel aprendió primero en la ópera italiana, ese laboratorio de pasiones extremas donde la voz humana se convierte en filigrana. Viajó a Hamburgo, a Florencia, a Roma, a Venecia, y en cada ciudad asimilaba estilos con una voracidad que sus contemporáneos encontraban casi obscena. Pero fue en Londres donde encontró su verdadera patria. Allí, adoptado por la corte de la reina Ana y más tarde por Jorge I de Gran Bretaña, se convirtió en el compositor oficial de una nación que aprendió a latir al ritmo de sus oberturas. Escribió óperas como "Julio César" o "Rinaldo" que reinventaron el género desde la fuerza dramática y la invención melódica inagotable. Sin embargo, el público inglés empezó a cansarse de las voces italianas, y Händel, que ya había quebrado una vez como empresario operístico, dio un giro genial hacia el oratorio.

Allí aparece su obra maestra inmortal, "El Mesías", estrenada en Dublín en 1742. Nada en la música sacra sonaba así antes. Händel tomó textos bíblicos en inglés, no en latín, y los vistió con una música que alternaba la majestuosidad coral con la intimidad casi erótica de las arias. El famoso "Aleluya" no fue escrito en un arrebato místico, como la leyenda romántica ha repetido hasta el hartazgo, sino con la misma disciplina férrea con la que Händel componía todas sus partituras. Pero lo cierto es que, al terminar ese coro, el compositor dijo haber visto el cielo abierto. La pieza se volvió tan popular que en los conciertos londinenses el público se ponía de pie durante su interpretación, una costumbre que perdura hasta hoy y que nació porque el rey Jorge II, conmovido, se levantó sin querer y arrastró a toda la sala en un gesto de respeto involuntario.

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Su legado es paradójico y enorme. Durante el siglo XIX, los nacionalistas alemanes lo reclamaron como propio, aunque Händel se había naturalizado inglés y escribía sobre textos de Shakespeare y la Biblia del rey Jacobo. Los ingleses lo adoptaron como un clásico nacional, pero nunca dejaron de notar ese acento extranjero en su música, esa manera tan germánica de organizar las masas corales. George Friedrich Händel murió en Londres en 1759, rico y venerado, y fue enterrado en la Abadía de Westminster, un honor que muy pocos músicos han recibido. Su tumba, bajo un monumento que lo muestra con la partitura de "El Mesías" en la mano, sigue siendo un lugar de peregrinaje. Pero su verdadero legado no está en el mármol, sino en cada coro que entona "Aleluya" en una iglesia de pueblo o en una sala de concierto, en cada niño que descubre que la música sacra puede ser tan apasionada como una ópera, en cada melómano que escucha las suites para teclado y entiende que Händel fue, ante todo, un hombre que transformó el sufrimiento en esplendor sonoro, una y otra vez, sin permitirse nunca el lujo de la derrota.