Hay papas que gobiernan desde el trono y papas que caminan entre el barro. Jorge Mario Bergoglio, aquel cardenal argentino que eligió el nombre de Francisco por el santo de los pobres, pertenece a esta segunda estirpe, la más incómoda para los poderosos y la más esperada por quienes hace siglos aguardaban una Iglesia que no solo hablara de misericordia, sino que se ensuciara las sandalias en ella. Once años después de aquel cónclave que sorprendió al mundo, el balance no deja lugar a dudas: este papado no fue una pausa en la historia, sino un terremoto silencioso que sigue sacudiendo los cimientos de la institución más antigua de Occidente.
Lo primero que sorprendió de Francisco fue su gesto. No la mitra enjoyada ni los palacios vaticanos, sino un abrazo a un enfermo, una visita a una cárcel de jóvenes, una noche fría en las calles de Roma junto a quienes no tienen techo. Cada uno de esos actos, que sus detractores calificaron como pose mediática, resultaron ser el espejo de una convicción profunda: la Iglesia no puede ser una fortaleza que mira desde lo alto, sino un hospital de campaña para los heridos del mundo. Y los heridos, en este planeta gobernado por la indiferencia, son legión.
Su brega constante por los derechos humanos no se agotó en discursos ni en encíclicas. La tradujo en hechos que trascendieron lo simbólico. Francisco denunció sin ambages el pecado estructural del capitalismo salvaje, al que llamó "la dictadura de la economía sin rostro". Abrió puertas a los migrantes cuando Europa las cerraba con alambradas. Recibió en el Vaticano a víctimas de abusos sexuales cometidos por clérigos, y derribó los muros de silencio que durante décadas protegieron a los depredadores. Cada una de esas batallas le ha costado enemigos dentro y fuera de la Iglesia, pero él parecía moverse por una brújula que ignoraba el miedo a la soledad.
En materia de paz mundial, Francisco construyó puentes allí donde otros solo veían abismos. Su mediación en conflictos olvidados, su llamada constante al diálogo entre las grandes potencias, sus cartas a los líderes de Corea del Norte y a los presidentes de Rusia y Ucrania, todo eso forma parte de una diplomacia artesanal que no busca titulares sino resultados. Es cierto, a veces sus gestos resultan incómodos para Occidente: besar los pies de líderes sudaneses en guerra, arrodillarse ante refugiados rohingya, pedir perdón de rodillas por los pecados coloniales de la Iglesia. Pero esa incomodidad es precisamente la prueba de que su palabra no es decorativa sino quirúrgica.
Y luego está Palestina. En este tema, Francisco fue claro como el agua de manantial. Reconoció el derecho de Israel a existir en paz y seguridad, pero nunca ha callado el sufrimiento del pueblo palestino, al que ha llamado "un pueblo martirizado". Rezó junto al muro de separación en Belén, llevó en sus manos el rosario de una niña gazatí muerta bajo los escombros, y en cada ángelus ha recordado que no hay paz posible sin justicia. Por esa voz firme y serena, los poderosos lo han acusado de sesgo, pero Francisco sabía que la equidistancia entre un tanque y una escuela bombardeada no es virtud sino complicidad. Su opción por los oprimidos no era retórica, sino teología hecha carne.
El legado de este papa, sin embargo, no se medirá solo en encíclicas ni en sínodos. Se medirá en la conciencia que despertó: la de una Iglesia que puede ser madre sin ser cómplice, profética sin ser farisaica, universal sin ser uniforme. Francisco ha mostrado que la fe cristiana, despojada de sus cortesanos y sus doctrinas muertas, aún tiene algo que decirle a un mundo que se destroza a sí mismo. Y ese algo no es un dogma más, sino una palabra tan antigua como el Evangelio y tan nueva como cada amanecer: ternura. Porque en tiempos de muros, de bombas y de indiferencia organizada, el Papa argentino repitió con los hechos, hasta el mismo final, que la única revolución posible es la del amor concreto. Y esa, aunque incomode a los dueños de este mundo, es la única que vale la pena predicar.
Hay papas que gobiernan desde el trono y papas que caminan entre el barro. Jorge Mario Bergoglio, aquel cardenal argentino que eligió el nombre de Francisco por el santo de los pobres, pertenece a esta segunda estirpe, la más incómoda para los poderosos y la más esperada por quienes hace siglos aguardaban una Iglesia que no solo hablara de misericordia, sino que se ensuciara las sandalias en ella. Once años después de aquel cónclave que sorprendió al mundo, el balance no deja lugar a dudas: este papado no fue una pausa en la historia, sino un terremoto silencioso que sigue sacudiendo los cimientos de la institución más antigua de Occidente.
Lo primero que sorprendió de Francisco fue su gesto. No la mitra enjoyada ni los palacios vaticanos, sino un abrazo a un enfermo, una visita a una cárcel de jóvenes, una noche fría en las calles de Roma junto a quienes no tienen techo. Cada uno de esos actos, que sus detractores calificaron como pose mediática, resultaron ser el espejo de una convicción profunda: la Iglesia no puede ser una fortaleza que mira desde lo alto, sino un hospital de campaña para los heridos del mundo. Y los heridos, en este planeta gobernado por la indiferencia, son legión.
Su brega constante por los derechos humanos no se agotó en discursos ni en encíclicas. La tradujo en hechos que trascendieron lo simbólico. Francisco denunció sin ambages el pecado estructural del capitalismo salvaje, al que llamó "la dictadura de la economía sin rostro". Abrió puertas a los migrantes cuando Europa las cerraba con alambradas. Recibió en el Vaticano a víctimas de abusos sexuales cometidos por clérigos, y derribó los muros de silencio que durante décadas protegieron a los depredadores. Cada una de esas batallas le ha costado enemigos dentro y fuera de la Iglesia, pero él parecía moverse por una brújula que ignoraba el miedo a la soledad.
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Y luego está Palestina. En este tema, Francisco fue claro como el agua de manantial. Reconoció el derecho de Israel a existir en paz y seguridad, pero nunca ha callado el sufrimiento del pueblo palestino, al que ha llamado "un pueblo martirizado". Rezó junto al muro de separación en Belén, llevó en sus manos el rosario de una niña gazatí muerta bajo los escombros, y en cada ángelus ha recordado que no hay paz posible sin justicia. Por esa voz firme y serena, los poderosos lo han acusado de sesgo, pero Francisco sabía que la equidistancia entre un tanque y una escuela bombardeada no es virtud sino complicidad. Su opción por los oprimidos no era retórica, sino teología hecha carne.
El legado de este papa, sin embargo, no se medirá solo en encíclicas ni en sínodos. Se medirá en la conciencia que despertó: la de una Iglesia que puede ser madre sin ser cómplice, profética sin ser farisaica, universal sin ser uniforme. Francisco ha mostrado que la fe cristiana, despojada de sus cortesanos y sus doctrinas muertas, aún tiene algo que decirle a un mundo que se destroza a sí mismo. Y ese algo no es un dogma más, sino una palabra tan antigua como el Evangelio y tan nueva como cada amanecer: ternura. Porque en tiempos de muros, de bombas y de indiferencia organizada, el Papa argentino repitió con los hechos, hasta el mismo final, que la única revolución posible es la del amor concreto. Y esa, aunque incomode a los dueños de este mundo, es la única que vale la pena predicar.