Hubo una niña en Salzburgo que tocaba el clavecín con una precisión que hacía llorar a quienes la escuchaban. Se llamaba Maria Anna Walburga Ignatia Mozart, pero en casa le decían Nannerl, que viene de "bendición de Dios", porque después de varios hijos muertos al nacer, ella llegó y se quedó. Su padre, Leopold, músico de la corte y pedagogo implacable, comenzó a enseñarle cuando tenía ocho años, y la niña respondió con una rapidez que asombraba hasta al más exigente de los maestros. No pasó mucho tiempo antes de que Leopold la llevara a Múnich, a Viena, a todas las cortes donde una niña prodigio pudiera deslumbrar y, de paso, llenar las arcas familiares.
Cuando Wolfgang nació, ella tenía cinco años, y desde muy pequeño el hermano menor la observaba con una mezcla de admiración y competencia. Se sentaba junto a ella mientras practicaba, copiaba sus movimientos, quería hacer lo que ella hacía. Los estudiosos de la neurociencia musical han señalado que esa exposición temprana, ese privilegio de tener una hermana mayor que ya dominaba el instrumento, pudo haber sido decisivo en la formación del genio mozartiano: los niños que empiezan antes de los siete años desarrollan conexiones cerebrales que los demás no tienen, y Wolfgang tuvo a Nannerl como modelo, como estímulo, como espejo donde mirarse.
Leopold, que no era tonto, pronto comprendió que tenía dos prodigios en casa. Y así, durante tres años, la familia Mozart recorrió Europa entera: París, Londres, La Haya, Versalles. En los carteles de la época, a menudo era Nannerl quien aparecía en primer lugar. El conde Karl von Zinzendorf escribió en su diario después de escucharlos: "La hermana toca de manera magistral, y el hermano la aplaude". Leopold, en una carta de 1764, dejó testimonio de lo que veía: "Mi niña toca las obras más difíciles que tenemos con una precisión increíble y de manera tan excelente que, con solo doce años, es una de las ejecutantes más hábiles de Europa".
Pero entonces Nannerl cumplió dieciocho años, que en aquella época era la edad en que una mujer dejaba de ser niña para convertirse en mercancía matrimonial. Leopold, el mismo que la había llevado por todos los caminos de Europa mostrando su talento, decidió que ya estaba bien. Las mujeres no podían andar por el mundo dando conciertos; las mujeres se casaban, tenían hijos y administraban un hogar. El violín, que Nannerl también tocaba, fue el primero en prohibirse: no era decente que una señorita moviera los brazos de esa manera. La composición, que Nannerl practicaba en secreto, fue la siguiente en caer: componer era cosa de hombres, y las pocas mujeres que lo intentaban eran vistas como rarezas monstruosas.
Mientras Leopold se llevaba a Wolfgang a Italia para consagrarlo definitivamente, Nannerl se quedó en Salzburgo con su madre, esperando que alguien la desposara. Las cartas que cruzó con su hermano muestran que ella seguía componiendo: Wolfgang le escribió desde Roma en 1770: "Querida hermana, estoy asombrado de que compongas tan bien; en una palabra, la canción que has escrito es hermosa". Esa canción, como casi todo lo que Nannerl escribió, se ha perdido para siempre. Algunos investigadores sospechan que varias obras tempranas atribuidas a Wolfgang podrían haber sido escritas a cuatro manos, o directamente por ella, pero no hay manera de probarlo. Lo que sí se conserva es un cuaderno que Leopold tituló "Libro de música de Nannerl", y cuyas primeras composiciones llevan anotaciones como esta: "Este minueto y trío los aprendió Wolfgang en media hora, a las nueve y media de la noche del 26 de enero de 1761, un día antes de cumplir cinco años". Ella ponía la música, él la aprendía, y el padre anotaba la hazaña como si el mérito fuera exclusivamente del niño.
Cuando finalmente se casó, lo hizo con un magistrado viudo veinte años mayor que ella, dueño de cinco hijos y una posición social respetable. Se mudó a Sankt Gilgen, un pueblo pequeño donde la vida transcurría sin sobresaltos, y durante casi dos décadas la música quedó reducida a las horas robadas al gobierno de la casa y la crianza. Tuvo tres hijos propios, y a todos les enseñó piano, porque la música era lo único que le quedaba de aquella otra vida en la que había sido aplaudida por reyes. Cuando Wolfgang murió en 1791, ella perdió también al único testigo de lo que había sido. Años después, ya viuda, regresó a Salzburgo y se dedicó a dar clases. También ayudó a los primeros biógrafos de su hermano, autenticando partituras, reconstruyendo recuerdos. Nadie le preguntó por su música. Nadie imaginó siquiera que pudiera tenerla.
Murió en 1829, a los setenta y ocho años, ciega y olvidada. Había sobrevivido medio siglo a Wolfgang, el hermano pequeño al que había enseñado las primeras notas, y sin embargo su nombre apenas aparece en las biografías. En el museo Mozart de Salzburgo hay una inscripción que dice: "Ella abandonó su propia carrera artística por el bien de su hermano". La frase es piadosa, pero falsea la realidad: ella no abandonó nada; fue apartada. Su padre, sus maestros, la sociedad entera le dijeron que una mujer no podía ser música, que su lugar era otro, que el talento femenino era una contradicción en los términos. Y ella obedeció, porque no había otra opción, pero también porque quizá nunca supo que podía desobedecer.
Hoy, cuando se habla de los Mozart, el mundo entero piensa en Wolfgang. Pero hubo un tiempo, en la infancia de ambos, en que la primera Mozart fue ella. Fue ella quien abrió el camino, quien demostró que en esa familia había un don, quien hizo de espejo y de estímulo para que el hermano menor se animara a seguir sus pasos. El director francés René Féret, que en 2010 filmó una película sobre su vida, la definió con una frase que merece quedar escrita: "Ella fue artísticamente decapitada". Y es cierto: le cortaron la cabeza para que el genio pudiera volar solo. Pero la cabeza cortada sigue preguntando, desde el fondo de la historia, qué música habríamos heredado si la sociedad del siglo XVIII no hubiera tenido tanto miedo de las mujeres que sabían demasiado.
Hubo una niña en Salzburgo que tocaba el clavecín con una precisión que hacía llorar a quienes la escuchaban. Se llamaba Maria Anna Walburga Ignatia Mozart, pero en casa le decían Nannerl, que viene de "bendición de Dios", porque después de varios hijos muertos al nacer, ella llegó y se quedó. Su padre, Leopold, músico de la corte y pedagogo implacable, comenzó a enseñarle cuando tenía ocho años, y la niña respondió con una rapidez que asombraba hasta al más exigente de los maestros. No pasó mucho tiempo antes de que Leopold la llevara a Múnich, a Viena, a todas las cortes donde una niña prodigio pudiera deslumbrar y, de paso, llenar las arcas familiares.
Cuando Wolfgang nació, ella tenía cinco años, y desde muy pequeño el hermano menor la observaba con una mezcla de admiración y competencia. Se sentaba junto a ella mientras practicaba, copiaba sus movimientos, quería hacer lo que ella hacía. Los estudiosos de la neurociencia musical han señalado que esa exposición temprana, ese privilegio de tener una hermana mayor que ya dominaba el instrumento, pudo haber sido decisivo en la formación del genio mozartiano: los niños que empiezan antes de los siete años desarrollan conexiones cerebrales que los demás no tienen, y Wolfgang tuvo a Nannerl como modelo, como estímulo, como espejo donde mirarse.
Leopold, que no era tonto, pronto comprendió que tenía dos prodigios en casa. Y así, durante tres años, la familia Mozart recorrió Europa entera: París, Londres, La Haya, Versalles. En los carteles de la época, a menudo era Nannerl quien aparecía en primer lugar. El conde Karl von Zinzendorf escribió en su diario después de escucharlos: "La hermana toca de manera magistral, y el hermano la aplaude". Leopold, en una carta de 1764, dejó testimonio de lo que veía: "Mi niña toca las obras más difíciles que tenemos con una precisión increíble y de manera tan excelente que, con solo doce años, es una de las ejecutantes más hábiles de Europa".
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Pero entonces Nannerl cumplió dieciocho años, que en aquella época era la edad en que una mujer dejaba de ser niña para convertirse en mercancía matrimonial. Leopold, el mismo que la había llevado por todos los caminos de Europa mostrando su talento, decidió que ya estaba bien. Las mujeres no podían andar por el mundo dando conciertos; las mujeres se casaban, tenían hijos y administraban un hogar. El violín, que Nannerl también tocaba, fue el primero en prohibirse: no era decente que una señorita moviera los brazos de esa manera. La composición, que Nannerl practicaba en secreto, fue la siguiente en caer: componer era cosa de hombres, y las pocas mujeres que lo intentaban eran vistas como rarezas monstruosas.
Mientras Leopold se llevaba a Wolfgang a Italia para consagrarlo definitivamente, Nannerl se quedó en Salzburgo con su madre, esperando que alguien la desposara. Las cartas que cruzó con su hermano muestran que ella seguía componiendo: Wolfgang le escribió desde Roma en 1770: "Querida hermana, estoy asombrado de que compongas tan bien; en una palabra, la canción que has escrito es hermosa". Esa canción, como casi todo lo que Nannerl escribió, se ha perdido para siempre. Algunos investigadores sospechan que varias obras tempranas atribuidas a Wolfgang podrían haber sido escritas a cuatro manos, o directamente por ella, pero no hay manera de probarlo. Lo que sí se conserva es un cuaderno que Leopold tituló "Libro de música de Nannerl", y cuyas primeras composiciones llevan anotaciones como esta: "Este minueto y trío los aprendió Wolfgang en media hora, a las nueve y media de la noche del 26 de enero de 1761, un día antes de cumplir cinco años". Ella ponía la música, él la aprendía, y el padre anotaba la hazaña como si el mérito fuera exclusivamente del niño.
Cuando finalmente se casó, lo hizo con un magistrado viudo veinte años mayor que ella, dueño de cinco hijos y una posición social respetable. Se mudó a Sankt Gilgen, un pueblo pequeño donde la vida transcurría sin sobresaltos, y durante casi dos décadas la música quedó reducida a las horas robadas al gobierno de la casa y la crianza. Tuvo tres hijos propios, y a todos les enseñó piano, porque la música era lo único que le quedaba de aquella otra vida en la que había sido aplaudida por reyes. Cuando Wolfgang murió en 1791, ella perdió también al único testigo de lo que había sido. Años después, ya viuda, regresó a Salzburgo y se dedicó a dar clases. También ayudó a los primeros biógrafos de su hermano, autenticando partituras, reconstruyendo recuerdos. Nadie le preguntó por su música. Nadie imaginó siquiera que pudiera tenerla.
Murió en 1829, a los setenta y ocho años, ciega y olvidada. Había sobrevivido medio siglo a Wolfgang, el hermano pequeño al que había enseñado las primeras notas, y sin embargo su nombre apenas aparece en las biografías. En el museo Mozart de Salzburgo hay una inscripción que dice: "Ella abandonó su propia carrera artística por el bien de su hermano". La frase es piadosa, pero falsea la realidad: ella no abandonó nada; fue apartada. Su padre, sus maestros, la sociedad entera le dijeron que una mujer no podía ser música, que su lugar era otro, que el talento femenino era una contradicción en los términos. Y ella obedeció, porque no había otra opción, pero también porque quizá nunca supo que podía desobedecer.
Hoy, cuando se habla de los Mozart, el mundo entero piensa en Wolfgang. Pero hubo un tiempo, en la infancia de ambos, en que la primera Mozart fue ella. Fue ella quien abrió el camino, quien demostró que en esa familia había un don, quien hizo de espejo y de estímulo para que el hermano menor se animara a seguir sus pasos. El director francés René Féret, que en 2010 filmó una película sobre su vida, la definió con una frase que merece quedar escrita: "Ella fue artísticamente decapitada". Y es cierto: le cortaron la cabeza para que el genio pudiera volar solo. Pero la cabeza cortada sigue preguntando, desde el fondo de la historia, qué música habríamos heredado si la sociedad del siglo XVIII no hubiera tenido tanto miedo de las mujeres que sabían demasiado.