Hay una Córdoba que no cabe en los mapas. Una madeja de pueblos, memorias y paisajes que solo puede narrarse a través de la palabra justa, íntima y reveladora. Ese fue el espíritu que convocó a “Córdoba en Relatos”, una iniciativa que despertó la voz de doscientos ochenta y tres escritores, conocidos y anónimos, que se atrevieron a cartografiar su tierra con ficciones y recuerdos.
Tras un minucioso proceso de lectura, nueve jurados —entre ellos Guillermo Mugica, Viviana Pizzano, Eugenia Cabral y Natalia Manzone— seleccionaron ochenta y cuatro textos que serán compilados en una antología. No se trató de buscar el relato perfecto, sino la voz necesaria; aquella que lograba evocar el olor del monte después de la lluvia, el eco de una estación de trenes abandonada o el ritmo cansino de un pueblo detenido en el tiempo.
Algunos nombres resonaron con fuerza: Adriana Teresita Ceballos en Sobremonte con Experiencia inolvidable, Ramón Moyano en Tulumba con Tragedia en las salinas, o Ricardo Omar Álvarez en Capital con El abuelo, el centro y la nostalgia de un tiempo pasado. Pero más allá de los premiados, lo notable fue la geografía literaria que se fue tejiendo: desde la poética desolación de Río Seco hasta los misterios serranos de Punilla, cada región encontró su cronista.
Este proyecto no es solo un concurso; es un archivo vivo de la memoria cordobesa. Un recordatorio de que las provincias no se explican solo con datos, sino con historias. Y que a veces, la mejor manera de entender un lugar es escuchar las voces de quienes lo habitan con la pluma en la mano y la mirada alerta. La literatura, al fin y al cabo, también es una forma de pertenecer.
Hay una Córdoba que no cabe en los mapas. Una madeja de pueblos, memorias y paisajes que solo puede narrarse a través de la palabra justa, íntima y reveladora. Ese fue el espíritu que convocó a “Córdoba en Relatos”, una iniciativa que despertó la voz de doscientos ochenta y tres escritores, conocidos y anónimos, que se atrevieron a cartografiar su tierra con ficciones y recuerdos.
Tras un minucioso proceso de lectura, nueve jurados —entre ellos Guillermo Mugica, Viviana Pizzano, Eugenia Cabral y Natalia Manzone— seleccionaron ochenta y cuatro textos que serán compilados en una antología. No se trató de buscar el relato perfecto, sino la voz necesaria; aquella que lograba evocar el olor del monte después de la lluvia, el eco de una estación de trenes abandonada o el ritmo cansino de un pueblo detenido en el tiempo.
Algunos nombres resonaron con fuerza: Adriana Teresita Ceballos en Sobremonte con Experiencia inolvidable, Ramón Moyano en Tulumba con Tragedia en las salinas, o Ricardo Omar Álvarez en Capital con El abuelo, el centro y la nostalgia de un tiempo pasado. Pero más allá de los premiados, lo notable fue la geografía literaria que se fue tejiendo: desde la poética desolación de Río Seco hasta los misterios serranos de Punilla, cada región encontró su cronista.
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