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Wim Wenders: el poeta errante del cine contemporáneo

Wim Wenders, el poeta de la cámara que transformó el cine en arte contemplativo. De 'Paris, Texas' a 'Perfect Days', su obra sigue buscando la belleza escondida en lo cotidiano.

Clara Gagliano
Clara Gagliano

Hay directores que hacen películas. Wim Wenders filma postales del alma. Desde aquel Berlín dividido que lo vio nacer como cineasta hasta los desiertos espirituales de América que tanto lo obsesionaron, su cámara siempre fue más que un instrumento técnico: fue un órgano de percepción, una forma de mirar el mundo con esa mezcla de melancolía y asombro que solo los verdaderos poetas visuales poseen.

Cuando en los 70 filmó su "trilogía del camino" —esa serie de películas donde los personajes parecían perdidos en sus propias vidas tanto como en el paisaje— Wenders estaba inventando sin saberlo un nuevo lenguaje cinematográfico. No se trataba solo de historias, sino de estados de ánimo filmados en 35mm. En El amigo americano (1977) convirtió el thriller en meditación sobre la identidad; en Paris, Texas (1984) hizo que un paisaje desértico hablara más fuerte que cualquier diálogo; y en El cielo sobre Berlín (1987) le dio alas al cine mismo, filmando en blanco y negro la caída de los ángeles y, metafóricamente, de los muros que dividían a su país.

Lo extraordinario de Wenders es que nunca se repite, aunque siempre se reconoce. Ya sea filmando documentales sobre la música que ama (desde los Buena Vista Social Club hasta Pina Bausch), explorando el 3D como territorio místico en Every Thing Will Be Fine (2015), o regresando a la ficción pura con Perfect Days (2023), su cine sigue buscando esa chispa de humanidad que ilumine la oscuridad de nuestros tiempos.

El verdadero aporte de Wenders al cine no se mide en premios (aunque tenga Palma de Oro y Óscar), sino en esa cualidad rara: la capacidad de hacernos sentir, a través de sus imágenes, que el mundo -a pesar de todo- sigue siendo un lugar digno de ser mirado con amor. Cada plano suyo es una carta de amor al acto mismo de ver. Y en una era donde todo se consume tan rápido, sus películas permanecen como faros para quienes todavía creen que el cine puede salvarnos.
 

Hay directores que hacen películas. Wim Wenders filma postales del alma. Desde aquel Berlín dividido que lo vio nacer como cineasta hasta los desiertos espirituales de América que tanto lo obsesionaron, su cámara siempre fue más que un instrumento técnico: fue un órgano de percepción, una forma de mirar el mundo con esa mezcla de melancolía y asombro que solo los verdaderos poetas visuales poseen.

Cuando en los 70 filmó su "trilogía del camino" —esa serie de películas donde los personajes parecían perdidos en sus propias vidas tanto como en el paisaje— Wenders estaba inventando sin saberlo un nuevo lenguaje cinematográfico. No se trataba solo de historias, sino de estados de ánimo filmados en 35mm. En El amigo americano (1977) convirtió el thriller en meditación sobre la identidad; en Paris, Texas (1984) hizo que un paisaje desértico hablara más fuerte que cualquier diálogo; y en El cielo sobre Berlín (1987) le dio alas al cine mismo, filmando en blanco y negro la caída de los ángeles y, metafóricamente, de los muros que dividían a su país.

Lo extraordinario de Wenders es que nunca se repite, aunque siempre se reconoce. Ya sea filmando documentales sobre la música que ama (desde los Buena Vista Social Club hasta Pina Bausch), explorando el 3D como territorio místico en Every Thing Will Be Fine (2015), o regresando a la ficción pura con Perfect Days (2023), su cine sigue buscando esa chispa de humanidad que ilumine la oscuridad de nuestros tiempos.

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