Hay figuras que trascienden su propia obra para convertirse en parte del imaginario cultural de un país. Sara Facio fue una de ellas. Fotógrafa, editora, curadora y gestora cultural, su fallecimiento el pasado 18 de junio a los 92 años deja un vacío en el mundo de la fotografía argentina, pero también un legado tan vasto como difícil de resumir. No se trató únicamente de una artista que supo capturar con su cámara los rostros de las personalidades más relevantes de la cultura latinoamericana, sino de una militante incansable que dedicó su vida a una causa: demostrar que la fotografía era, con todas sus letras, un arte.
Su formación en la Escuela Nacional de Bellas Artes y un viaje becado a París en 1955, donde estudió artes visuales, le proporcionaron una base sólida que pocos fotógrafos de su generación poseían. Pero fue un encuentro fortuito con la fotografía subjetiva, en una exposición de Otto Steinert en la Alemania de posguerra, el que marcó un punto de inflexión en su carrera. La fotografía dejó de ser un mero registro de la realidad para convertirse en un lenguaje, en un medio de expresión con un sello propio. Algo que ella definió más tarde como la "foto de autor": una imagen con estilo, que emociona y que es capaz de contar una historia desde la mirada de quien la toma.
Junto a su socia y amiga Alicia D'Amico, Facio abrió un estudio en 1960 y emprendió una sociedad profesional que duraría un cuarto de siglo. De esta colaboración nacieron algunos de los fotolibros más emblemáticos de la época, como "Buenos Aires, Buenos Aires" (1968), con un prólogo de Julio Cortázar, o "Humanario" (1976), un conmovedor ensayo sobre el abandono de los enfermos mentales que ella y D'Amico capturaron mientras realizaban un trabajo comercial para el Ministerio de Salud. Este libro es quizás uno de los ejemplos más claros de su visión: una mirada que, incluso en el encargo más prosaico, encontraba la profundidad y la condición humana.
Pero la grandeza de Sara Facio no se limitó a su trabajo tras el objetivo. Comprendió que, para que la fotografía fuera reconocida como arte, necesitaba instituciones que la albergaran, espacios donde fuera exhibida y discutida, y un mercado editorial que la difundiera. Por eso, en 1973, junto a la fotógrafa guatemalteca María Cristina Orive, fundó La Azotea, la primera editorial de América Latina dedicada exclusivamente a libros de fotografía. Con ella, se propuso publicar a los grandes maestros del continente como Martín Chambi y Grete Stern, y también a nuevos valores que el tiempo convertiría en referentes, como Marcos López y Luis González Palma, construyendo así un canon visual latinoamericano donde antes no existía.
Su labor institucional fue igualmente determinante. En 1985, creó y dirigió la Fotogalería del Teatro General San Martín, un espacio que se convirtió en un faro para la fotografía en Buenos Aires, donde presentó más de ciento sesenta exposiciones de maestros consagrados y jóvenes promesas. Más tarde, como creadora y curadora de la colección fotográfica del Museo Nacional de Bellas Artes, logró algo que parecía imposible: que la fotografía entrara por la puerta grande de la institución más tradicional del arte argentino, en un gesto que, literalmente, la consagraba como patrimonio nacional. La famosa frase de su pareja, la escritora María Elena Walsh, sobre resucitar "tantas veces" resuena con fuerza en esta empresa: una y otra vez, Facio insistió, luchó y abrió puertas para que la fotografía dejara de ser un "comercio del barrio o un pasatiempo de clase media alta". Fue, en sus propias palabras, una "militante de la fotografía".
Su mirada también fue periodística. Cubrió el convulsionado regreso del peronismo en los años setenta, con imágenes de las masas en la Plaza de Mayo que se alejaban de los clásicos planos aéreos para situarse en el corazón de la multitud. Fotografió a los grandes escritores de la literatura latinoamericana —Borges, Cortázar, Neruda, García Márquez— y supo capturar la intimidad de estos gigantes, ofreciéndonos retratos que son hoy parte indeleble de nuestra memoria visual.
Sara Facio fue, en definitiva, una creadora de mundo. Un mundo donde la fotografía no era un pasatiempo ni una técnica subalterna, sino un acto de profunda humanidad y una herramienta para mirar y comprender la vida. Quizás sus palabras en respuesta a una pregunta de la revista Página/12 lo resuman mejor que cualquier otra cosa: Lo que hago en fotografía es para que el día que me muera no digan que se murió una vaca, sino que se murió una persona que vio. Y lo que vi está en mis fotos. Como para decir: Esta es mi ciudad, mi gente, la que admiro, la que me gusta . Ese es mi canon". Ese canon, el de la vida misma, es el legado que nos dejó.