ártico

El imán blanco: sobre la fascinación eterna de los polos

El 18 de junio de 1928, Roald Amundsen desapareció en el hielo que tanto amó. Su muerte nos recuerda la fascinación eterna que los polos ejercen sobre la humanidad: espacios donde el tiempo se detiene, el silencio habla y el hombre se enfrenta a su propia pequeñez.

El 18 de junio de 1928, el explorador noruego Roald Amundsen despegó en un hidroavión sobre el mar de Barents para rescatar a su compatriota Umberto Nobile, cuya aeronave había caído en el hielo. Nunca regresó. Su desaparición, ocurrida en el mismo día que la batalla de Waterloo pero un siglo después, cerró de manera casi poética la vida del hombre que primero alcanzó el Polo Sur y que luego atravesó el paso del Noroeste. Pero más allá del dato biográfico, la desaparición de Amundsen nos invita a preguntarnos por qué esos dos puntos extremos del planeta, el Polo Norte y el Polo Sur, han ejercido sobre la imaginación humana una fascinación tan desmesurada que trasciende lo geográfico para convertirse en algo casi místico.

Los polos son, en esencia, la negación de todo lo que conocemos. Allí no hay tierra firme en el norte, solo un océano congelado que se desplaza lentamente; en el sur, un continente de hielo que guarda bajo sus capas secretos que apenas empezamos a desentrañar. Son espacios que desafían la noción misma de orientación, donde las brújulas se vuelven locas y el sol puede no ponerse durante meses o no salir en otros tantos. Esa alteridad radical los convierte en el escenario perfecto para lo que el ser humano siempre ha buscado: el límite, la frontera última, el lugar donde el mundo conocido se acaba y comienza el reino de lo incierto. No es casualidad que las expediciones polares hayan sido narradas como epopeyas, como viajes iniciáticos en los que los hombres se enfrentan no solo al frío y al hambre, sino a sus propios fantasmas.

La literatura se apropió de esos territorios blancos mucho antes de que las botas de los exploradores los hollaran. Ya en la "Historia verdadera" de Luciano de Samósata, el autor del siglo II imaginaba un viaje a la Luna que partía desde un océano glacial. Pero fue el Romanticismo el que convirtió los polos en un tópico literario de primer orden. Mary Shelley, en "Frankenstein", envía a su capitán Walton a buscar el Paso del Noroeste, y es allí, en ese paisaje de hielo infinito, donde la criatura del doctor Frankenstein encuentra su redención final. Poe, en "Las aventuras de Arthur Gordon Pym", lleva a sus protagonistas hasta un mar antártico de aguas cálidas y negras, habitado por gigantes blancos, en una de las visiones más perturbadoras de toda la literatura norteamericana. Y Julio Verne, por supuesto, no pudo resistirse: en "Las aventuras del capitán Hatteras", narra una expedición al Polo Norte con una mezcla de rigor científico y fantasía que define todo su arte.

El cine, por su parte, encontró en el hielo un escenario de una plasticidad abrumadora. El blanco infinito de la nieve, el azul profundo de los glaciares, el negro absoluto de la noche polar conforman una paleta visual que ningún estudio podría replicar. Pero las películas sobre los polos no son solo paisajes; son, ante todo, historias de resistencia. "La expedición de Scott" (1948) reconstruye la trágica carrera al Polo Sur que el británico perdió precisamente contra Amundsen, y lo hace con una mirada que oscila entre la épica victoriana y la melancolía del fracaso. Más recientemente, "El lobo de la nieve" (2018) recupera la figura de Ernest Shackleton, cuya expedición al Antártico se convirtió en una historia de supervivencia tan increíble que parece mentira que haya ocurrido realmente. Y el documental "Norte" (2022), del argentino Santiago Esteinou, sigue la expedición de su abuelo en 1921 con una intimidad que despoja a los polos de todo exotismo para mostrarlos como lo que son: el escenario más duro sobre la faz de la Tierra.

Pero quizás la fascinación más profunda que los polos ejercen sobre nosotros no tiene que ver con el heroísmo de los exploradores ni con la belleza de los paisajes. Tiene que ver con el tiempo. En los polos, el tiempo se comporta de manera extraña: los días duran meses, los inviernos son eternos y el hielo guarda en su interior capas de atmósfera que se remontan a cientos de miles de años. Los exploradores que se aventuraron allí no solo viajaban en el espacio, sino en el tiempo, y sus diarios están llenos de reflexiones sobre la fugacidad de la vida, sobre la pequeñez del hombre frente a la inmensidad blanca. Amundsen, que era un hombre pragmático y poco dado a elucubraciones metafísicas, escribió sin embargo en su diario, durante su expedición al Polo Sur, que "el silencio es tan grande que se oye el latido del propio corazón". Esa es quizás la experiencia polar por excelencia: un silencio que obliga a la introspección, que devuelve al hombre a su propia desnudez.

Hoy, cuando el deshielo de los polos es una de las consecuencias más alarmantes del calentamiento global, esa fascinación se tiñe de un matiz nuevo: la melancolía. Los paisajes que fascinaron a Amundsen, a Scott, a Shackleton, están desapareciendo lentamente, y con ellos un mundo que parecía eterno. Quizás por eso las películas y los libros sobre los polos tienen hoy una urgencia que no tenían antes: no solo narran aventuras, sino que documentan lo que estamos a punto de perder. Y en esa pérdida, en esa desaparición anunciada, resuena de algún modo la desaparición de Amundsen en el hielo, como si el destino del explorador y el destino de los polos estuvieran unidos por un hilo invisible que la historia, con su ironía, ha tejido.