Goya

Francisco Goya: la mirada que desnudó los monstruos de la razón

Pintor de majas y fusilamientos, Goya inventó la modernidad antes de que tuviera nombre. Sus "Pinturas Negras" y grabados desnudaron los monstruos que acechan cuando la razón se duerme.

Hubo un pintor en el Madrid de finales del siglo XVIII que comenzó retratando a la nobleza con pinceles de seda y terminó despellejando el alma humana en las paredes de su casa. Francisco de Goya y Lucientes nació en 1746 en Fuendetodos, un pueblo de Zaragoza donde el sol castiga y el viento no perdona. De joven aprendió el oficio en los talleres de los maestros locales y luego viajó a Italia, como todo pintor ambicioso, pero fue al regresar a España cuando encontró su verdadero territorio. Primero fueron los cartones para tapices, escenas campestres y majas sonrientes, llenas de una luz alegre que prometía un mundo ordenado y feliz. Pero ese mundo se iba a romper pronto, y Goya rompió con él.

Su estilo pictórico no puede encerrarse en una sola etiqueta porque Goya fue varios pintores en uno, y a veces en el mismo lienzo. Comenzó como un brillante rococó tardío, deudor de Tiepolo y de la elegancia francesa, pero algo comenzó a torcerse en su mano después de 1792, cuando una enfermedad grave lo dejó sordo para siempre. La sordera no le cerró el oído al mundo; al contrario, lo abrió a un rumor interno de pesadilla y lucidez. A partir de entonces, sus pinceles se volvieron más libres, más ásperos, más modernos. Los retratos de la familia real, como el de Carlos IV y su numerosa prole, son un prodigio de ironía contenida: las figuras están pintadas con una técnica impecable, pero la mirada del pintor las atraviesa y las deja en ridículo, como si Goya estuviera diciendo en silencio lo que su sordera le permitía callar. Y sin embargo, nadie se ofendió, o al menos nadie se atrevió a decirlo.

Su contribución a las artes plásticas es tan radical que todavía hoy seguimos pagando sus facturas. Goya inventó la modernidad antes de que la modernidad tuviera nombre. En la serie de grabados "Los caprichos", publicada en 1799, el arte se convirtió por primera vez en un arma de denuncia social: brujas, asnos vestidos de doctores, frailes lujuriosos y novias vendidas por sus padres desfilan por esas planchas de cobre con una ferocidad que no tiene precedentes. El famoso "El sueño de la razón produce monstruos" no es solo una imagen inquietante; es una declaración de principios: cuando la razón se duerme, los fantasmas ocupan su lugar. Luego llegaron "Los desastres de la guerra", una serie que Goya nunca publicó en vida porque sus estampas mostraban sin ningún adorno la barbarie de la invasión francesa y la resistencia española. Allí no hay héroes ni bandos limpios; hay cuerpos descuartizados, mujeres violadas, hombres fusilados en una colina, y un título que se clava como una espina: "Yo lo vi". Goya fue el primer testigo ocular de la historia del arte, el primero que pintó la guerra no como epopeya, sino como carnicería.

Entre 1819 y 1823, ya anciano, amargado por la restauración absolutista de Fernando VII y refugiado en una casa en las afueras de Madrid, Goya pintó sobre las paredes de su comedor y su salón catorce imágenes que la posteridad conocería como las Pinturas Negras. No las encargó nadie, no estaban destinadas a un museo ni a un mecenas: eran su conversación con la noche. Allí aparecen aquel Saturno devorando a sus hijos con los ojos desorbitados, aquel perro semihundido en un lodazal de ocre, aquellas dos viejas riéndose de la vejez misma. La técnica es violenta, casi gestual, aplicada a manchas y arañazos sobre el yeso. Durante mucho tiempo se pensó que Goya estaba loco. Hoy sabemos que estaba lúcido, acaso demasiado. Esas paredes son el parto del expresionismo, el antecedente directo de Bacon, de Soutine, de todos los que vinieron después a buscar en la materia el grito que las palabras no pueden decir.

Su legado es tan vasto que resulta incómodo. Goya no fundó una escuela ni dejó discípulos fieles, porque su camino era demasiado solitario. Pero todo pintor que después haya querido mirar de frente a la violencia, a la locura o a la hipocresía tiene una deuda con él. Los fusilamientos del 3 de mayo, ese lienzo donde un farol ilumina a un hombre con los brazos en cruz frente a un pelotón anónimo, se convirtió en el arquetipo de todas las ejecuciones del siglo XX y XXI. Manet lo imitó en "La ejecución del emperador Maximiliano", Picasso lo recordó en el "Guernica", y cada fotógrafo de guerra que inmortaliza a un civil desarmado ante un soldado está, sin saberlo, componiendo una variación de aquella escena que Goya pintó en 1814.

Francisco Goya murió en Burdeos, exiliado voluntario, en 1828. Se fue de España con la sordera a cuestas y la rabia de ver cómo los monstruos que había pintado seguían gobernando el mundo. Pero antes de irse, dejó una advertencia silenciosa en cada una de sus obras: que el horror no está afuera, en los monstruos que inventamos, sino adentro, en la razón que se duerme y permite que todo vuelva a ocurrir. Por eso volvemos a Goya una y otra vez. No porque nos dé consuelo, sino porque nos dice la verdad.

Hubo un pintor en el Madrid de finales del siglo XVIII que comenzó retratando a la nobleza con pinceles de seda y terminó despellejando el alma humana en las paredes de su casa. Francisco de Goya y Lucientes nació en 1746 en Fuendetodos, un pueblo de Zaragoza donde el sol castiga y el viento no perdona. De joven aprendió el oficio en los talleres de los maestros locales y luego viajó a Italia, como todo pintor ambicioso, pero fue al regresar a España cuando encontró su verdadero territorio. Primero fueron los cartones para tapices, escenas campestres y majas sonrientes, llenas de una luz alegre que prometía un mundo ordenado y feliz. Pero ese mundo se iba a romper pronto, y Goya rompió con él.

Su estilo pictórico no puede encerrarse en una sola etiqueta porque Goya fue varios pintores en uno, y a veces en el mismo lienzo. Comenzó como un brillante rococó tardío, deudor de Tiepolo y de la elegancia francesa, pero algo comenzó a torcerse en su mano después de 1792, cuando una enfermedad grave lo dejó sordo para siempre. La sordera no le cerró el oído al mundo; al contrario, lo abrió a un rumor interno de pesadilla y lucidez. A partir de entonces, sus pinceles se volvieron más libres, más ásperos, más modernos. Los retratos de la familia real, como el de Carlos IV y su numerosa prole, son un prodigio de ironía contenida: las figuras están pintadas con una técnica impecable, pero la mirada del pintor las atraviesa y las deja en ridículo, como si Goya estuviera diciendo en silencio lo que su sordera le permitía callar. Y sin embargo, nadie se ofendió, o al menos nadie se atrevió a decirlo.

Su contribución a las artes plásticas es tan radical que todavía hoy seguimos pagando sus facturas. Goya inventó la modernidad antes de que la modernidad tuviera nombre. En la serie de grabados "Los caprichos", publicada en 1799, el arte se convirtió por primera vez en un arma de denuncia social: brujas, asnos vestidos de doctores, frailes lujuriosos y novias vendidas por sus padres desfilan por esas planchas de cobre con una ferocidad que no tiene precedentes. El famoso "El sueño de la razón produce monstruos" no es solo una imagen inquietante; es una declaración de principios: cuando la razón se duerme, los fantasmas ocupan su lugar. Luego llegaron "Los desastres de la guerra", una serie que Goya nunca publicó en vida porque sus estampas mostraban sin ningún adorno la barbarie de la invasión francesa y la resistencia española. Allí no hay héroes ni bandos limpios; hay cuerpos descuartizados, mujeres violadas, hombres fusilados en una colina, y un título que se clava como una espina: "Yo lo vi". Goya fue el primer testigo ocular de la historia del arte, el primero que pintó la guerra no como epopeya, sino como carnicería.

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Su legado es tan vasto que resulta incómodo. Goya no fundó una escuela ni dejó discípulos fieles, porque su camino era demasiado solitario. Pero todo pintor que después haya querido mirar de frente a la violencia, a la locura o a la hipocresía tiene una deuda con él. Los fusilamientos del 3 de mayo, ese lienzo donde un farol ilumina a un hombre con los brazos en cruz frente a un pelotón anónimo, se convirtió en el arquetipo de todas las ejecuciones del siglo XX y XXI. Manet lo imitó en "La ejecución del emperador Maximiliano", Picasso lo recordó en el "Guernica", y cada fotógrafo de guerra que inmortaliza a un civil desarmado ante un soldado está, sin saberlo, componiendo una variación de aquella escena que Goya pintó en 1814.

Francisco Goya murió en Burdeos, exiliado voluntario, en 1828. Se fue de España con la sordera a cuestas y la rabia de ver cómo los monstruos que había pintado seguían gobernando el mundo. Pero antes de irse, dejó una advertencia silenciosa en cada una de sus obras: que el horror no está afuera, en los monstruos que inventamos, sino adentro, en la razón que se duerme y permite que todo vuelva a ocurrir. Por eso volvemos a Goya una y otra vez. No porque nos dé consuelo, sino porque nos dice la verdad.