En la mitología del rock argentino, hay nombres que funcionan como coordenadas, puntos cardinales desde los cuales orientar cualquier relato sobre el género. Luis Alberto Spinetta representa la poesía, Charly García la inteligencia pop, y Norberto Napolitano, al que todo el mundo conoce como Pappo, personifica algo más primario y quizás más esencial: el instinto, la textura áspera de la guitarra eléctrica, el sonido de un país que aprendió a hacer blues en las orillas del Reconquista.
Nació en el barrio de La Paternal en 1950, aunque algunos aseguran que fue en Luján y otros en Villa General Mitre, como si la propia geografía hubiera querido dispersar sus orígenes para volverlo un poco de todas partes. Lo cierto es que a los ocho años ya tenía una guitarra entre las manos, y la historia cuenta que la primera fue robada, una anécdota que suscribió con esa mezcla de cinismo y honestidad brutal que lo caracterizaba: se la sacó a un vecino, le prometió pagársela y después se mudó de barrio. Ese gesto, entre la picardía del suburbio y la necesidad casi física de tener un instrumento, condensa buena parte de lo que sería su vida entera.
Antes de convertirse en el dueño de las manos más veloces del rock local, antes de que B.B. King lo señalara como uno de los grandes guitarristas de todos los tiempos, Pappo fue un trotamundos de las formaciones efímeras. Pasó por Los Abuelos de la Nada originales, justo cuando Miguel Abuelo empezaba a tejer esa mitología subterránea que después daría frutos inesperados. Se sumó a Los Gatos cuando Kay Galifi dejó el puesto vacante y grabó con ellos dos discos que hoy suenan más pesados de lo que la memoria beat de aquellos años suele admitir, porque la mano del Carpo ya se notaba. Tocó en Engranaje, en Conexión Número 5, en La Pesada del Rock and Roll, incluso coqueteó con Manal, como si necesitara probar todas las texturas del rock que se cocinaba en las noches de La Cueva antes de encontrar la suya propia.
Y esa identidad llegó cuando formó Pappo's Blues en 1970, un power trío que funcionaba como laboratorio y como templo, y por el que desfilaron David Lebón, Black Amaya, Pomo Lorenzo, Machi Rufino y una interminable lista de músicos que rotaban al ritmo del carácter cambiante de su líder. Con ellos introdujo en Argentina un rock pesado que hasta entonces solo se escuchaba en discos importados, un blues de arrabal que hablaba de hombres suburbanos y trenes que parten a las cuatro y media, y que encontró en "Desconfío" o "Susy Cadillac" una épica de lo cotidiano que ninguna otra banda había explorado.
Pero Pappo no se quedó quieto nunca, quizás porque la quietud le resultaba una forma de traición a ese impulso vital que lo movía. Viajó a Inglaterra, tocó con Peter Green durante seis meses, compartió escenario con Lemmy de Motörhead antes de que Motörhead fuera Motörhead, y regresó a Buenos Aires con la idea de sacudir el avispero. Así nació Riff en 1980, con sus ropas de cuero, sus cadenas y una propuesta de hard rock que en la posguerra de Malvinas funcionó como catarsis y como grito de guerra para una juventud que necesitaba descargar energía. "Ruedas de metal" y "Macadam 3,2,1,0" son himnos de una generación que encontró en Pappo al líder que no pedía permiso para existir.
En medio de todo, hubo tiempo para Aeroblus, esa efímera sociedad con Alejandro Medina y el brasileño Rolando Castello Junior que dura lo que dura un fogonazo, pero dejó un disco de culto. Y para la aventura solista, con aquel "Pappo en Concierto" de 1984 que no tuvo la recepción esperada, y para la instalación en Los Ángeles con The Widow Makers, una banda que recorrió Estados Unidos intentando conquistar un mercado que siempre le resultó esquivo, pero que le permitió cumplir el sueño de tocar con sus ídolos.
Porque si hay algo que define la trayectoria de Pappo es esa capacidad de moverse entre mundos sin perder la identidad. En 1992, después de años de idas y vueltas, grabó "Blues Local" junto a Javier Martínez y Alejandro Medina, resucitando aquella mística de Manal para una nueva generación. Y al año siguiente ya estaba teloneando a Guns N' Roses en River, y en 1994 compartiendo escenario con B.B. King en el Madison Square Garden, ese mismo B.B. que lo consideraba un igual y que lo invitó a tocar con él en la meca de la música.
Su último disco, "Buscando un amor" de 2003, lo encontró en un estado de gracia que solo conceden los años cuando se llevan bien con el talento. Canciones como "Ella es un ángel" o "Juntos a la par" tienen esa cualidad de los clásicos instantáneos, esa mezcla de oficio y sentimiento que solo consiguen los que han vivido cada nota antes de escribirla. Y en esas grabaciones, como en toda su obra, está presente esa voz cavernosa, ese barítono inconfundible que sonaba como si viniera de un sótano donde solo se escuchaban discos de Muddy Waters y Howlin' Wolf.
La muerte lo encontró en una ruta de Luján la noche del 24 de febrero de 2005, cuando su Harley Davidson se estrelló contra un auto y el país entero tuvo que aprender a vivir sin la guitarra más eléctrica que haya dado el rock nacional. Tenía 54 años, una moto destruida y un legado que con los años no ha hecho más que crecer, como esas leyendas que necesitan la distancia del tiempo para mostrar su verdadera dimensión.
Hoy hay una plazoleta en Buenos Aires que lleva su nombre, una estación de radio que recuerda su paso y un monolito en el lugar del accidente donde los fans dejan flores y guitarras de bronce. Pero el verdadero monumento está en cada adolescente que aprende los primeros acordes de blues y descubre que hay una manera argentina de tocar ese género, una manera que tiene el apellido de un tipo de La Paternal que nunca necesitó hablar demasiado porque su guitarra hablaba por él. Pappo se fue hace veinte años, pero su sonido sigue ahí, en el aire, esperando que alguien lo escuche y decida que el rock, después de todo, es cosa de hombres suburbanos.
En la mitología del rock argentino, hay nombres que funcionan como coordenadas, puntos cardinales desde los cuales orientar cualquier relato sobre el género. Luis Alberto Spinetta representa la poesía, Charly García la inteligencia pop, y Norberto Napolitano, al que todo el mundo conoce como Pappo, personifica algo más primario y quizás más esencial: el instinto, la textura áspera de la guitarra eléctrica, el sonido de un país que aprendió a hacer blues en las orillas del Reconquista.
Nació en el barrio de La Paternal en 1950, aunque algunos aseguran que fue en Luján y otros en Villa General Mitre, como si la propia geografía hubiera querido dispersar sus orígenes para volverlo un poco de todas partes. Lo cierto es que a los ocho años ya tenía una guitarra entre las manos, y la historia cuenta que la primera fue robada, una anécdota que suscribió con esa mezcla de cinismo y honestidad brutal que lo caracterizaba: se la sacó a un vecino, le prometió pagársela y después se mudó de barrio. Ese gesto, entre la picardía del suburbio y la necesidad casi física de tener un instrumento, condensa buena parte de lo que sería su vida entera.
Antes de convertirse en el dueño de las manos más veloces del rock local, antes de que B.B. King lo señalara como uno de los grandes guitarristas de todos los tiempos, Pappo fue un trotamundos de las formaciones efímeras. Pasó por Los Abuelos de la Nada originales, justo cuando Miguel Abuelo empezaba a tejer esa mitología subterránea que después daría frutos inesperados. Se sumó a Los Gatos cuando Kay Galifi dejó el puesto vacante y grabó con ellos dos discos que hoy suenan más pesados de lo que la memoria beat de aquellos años suele admitir, porque la mano del Carpo ya se notaba. Tocó en Engranaje, en Conexión Número 5, en La Pesada del Rock and Roll, incluso coqueteó con Manal, como si necesitara probar todas las texturas del rock que se cocinaba en las noches de La Cueva antes de encontrar la suya propia.
Noticias Relacionadas
Y esa identidad llegó cuando formó Pappo's Blues en 1970, un power trío que funcionaba como laboratorio y como templo, y por el que desfilaron David Lebón, Black Amaya, Pomo Lorenzo, Machi Rufino y una interminable lista de músicos que rotaban al ritmo del carácter cambiante de su líder. Con ellos introdujo en Argentina un rock pesado que hasta entonces solo se escuchaba en discos importados, un blues de arrabal que hablaba de hombres suburbanos y trenes que parten a las cuatro y media, y que encontró en "Desconfío" o "Susy Cadillac" una épica de lo cotidiano que ninguna otra banda había explorado.
Pero Pappo no se quedó quieto nunca, quizás porque la quietud le resultaba una forma de traición a ese impulso vital que lo movía. Viajó a Inglaterra, tocó con Peter Green durante seis meses, compartió escenario con Lemmy de Motörhead antes de que Motörhead fuera Motörhead, y regresó a Buenos Aires con la idea de sacudir el avispero. Así nació Riff en 1980, con sus ropas de cuero, sus cadenas y una propuesta de hard rock que en la posguerra de Malvinas funcionó como catarsis y como grito de guerra para una juventud que necesitaba descargar energía. "Ruedas de metal" y "Macadam 3,2,1,0" son himnos de una generación que encontró en Pappo al líder que no pedía permiso para existir.
En medio de todo, hubo tiempo para Aeroblus, esa efímera sociedad con Alejandro Medina y el brasileño Rolando Castello Junior que dura lo que dura un fogonazo, pero dejó un disco de culto. Y para la aventura solista, con aquel "Pappo en Concierto" de 1984 que no tuvo la recepción esperada, y para la instalación en Los Ángeles con The Widow Makers, una banda que recorrió Estados Unidos intentando conquistar un mercado que siempre le resultó esquivo, pero que le permitió cumplir el sueño de tocar con sus ídolos.
Porque si hay algo que define la trayectoria de Pappo es esa capacidad de moverse entre mundos sin perder la identidad. En 1992, después de años de idas y vueltas, grabó "Blues Local" junto a Javier Martínez y Alejandro Medina, resucitando aquella mística de Manal para una nueva generación. Y al año siguiente ya estaba teloneando a Guns N' Roses en River, y en 1994 compartiendo escenario con B.B. King en el Madison Square Garden, ese mismo B.B. que lo consideraba un igual y que lo invitó a tocar con él en la meca de la música.
Su último disco, "Buscando un amor" de 2003, lo encontró en un estado de gracia que solo conceden los años cuando se llevan bien con el talento. Canciones como "Ella es un ángel" o "Juntos a la par" tienen esa cualidad de los clásicos instantáneos, esa mezcla de oficio y sentimiento que solo consiguen los que han vivido cada nota antes de escribirla. Y en esas grabaciones, como en toda su obra, está presente esa voz cavernosa, ese barítono inconfundible que sonaba como si viniera de un sótano donde solo se escuchaban discos de Muddy Waters y Howlin' Wolf.
La muerte lo encontró en una ruta de Luján la noche del 24 de febrero de 2005, cuando su Harley Davidson se estrelló contra un auto y el país entero tuvo que aprender a vivir sin la guitarra más eléctrica que haya dado el rock nacional. Tenía 54 años, una moto destruida y un legado que con los años no ha hecho más que crecer, como esas leyendas que necesitan la distancia del tiempo para mostrar su verdadera dimensión.
Hoy hay una plazoleta en Buenos Aires que lleva su nombre, una estación de radio que recuerda su paso y un monolito en el lugar del accidente donde los fans dejan flores y guitarras de bronce. Pero el verdadero monumento está en cada adolescente que aprende los primeros acordes de blues y descubre que hay una manera argentina de tocar ese género, una manera que tiene el apellido de un tipo de La Paternal que nunca necesitó hablar demasiado porque su guitarra hablaba por él. Pappo se fue hace veinte años, pero su sonido sigue ahí, en el aire, esperando que alguien lo escuche y decida que el rock, después de todo, es cosa de hombres suburbanos.