Nadie esperaba una revolución con voz de mujer en los años setenta, cuando el tango agonizaba entre el olvido y la nostalgia y los últimos guardianes de la tradición custodiaban el género como quien vigila un museo. Pero entonces llegó ella, con un piano que había aprendido a tocar de oído en un barrio humilde de Gerli y una poesía que miraba a Buenos Aires sin los anteojos del costumbrismo fácil. Eladia Blázquez no vino a rescatar el tango: vino a inventarlo de nuevo, a sacudirle el polvo de la gardeliana y a demostrar que la ciudad del sur también podía cantarse con palabras de mujer.
Había nacido en 1931, hija de españoles que cruzaron el océano con la esperanza cosida a las valijas. Su abuela le leía a García Lorca mientras el mate se enfriaba sobre la mesa, y ese rumor de poesía andaluza se mezcló para siempre con los sonidos del Riachuelo. A los cinco años ya golpeaba con una cuchara botellas llenas de agua a distintos niveles, construyendo escalas musicales con lo que encontraba en la cocina, porque los juguetes eran lujo y la música, en cambio, salía gratis. Antes de los diez ya cantaba en Radio Argentina, y Hugo del Carril la levantaba en brazos entre las cajas de la emisora, asombrado de que una criatura tan pequeña mostrara semejante vocación.
Durante años recorrió el cancionero español, el folclore, la balada, todos los géneros que la industria ofrecía a una mujer que quería vivir de la música. Pero el tango, ese territorio vedado, la esperaba como una cita pendiente. En 1970, cuando el género había tocado fondo y los jóvenes preferían el rock a las historias de malevos y percantas, Eladia editó su primer disco de tango con composiciones propias. Fue un acto de valentía doble: se metía en un reducto machista y lo hacía justo cuando todos daban por muerto al paciente.
Los puristas la recibieron con desconfianza, a veces con desdén. Pero ella no venía a repetir fórmulas. Creó un tango canción verdaderamente nuevo, escribió Julio Nudler en su biografía para TodoTango, aunque sobre moldes no vanguardistas, con su rara habilidad para combinar notas y palabras. No era la ruptura estruendosa de Piazzolla, sino una revolución silenciosa que operaba desde adentro, actualizando el lenguaje sin traicionar la esencia, hablando de la Buenos Aires real, la de los almacenes y los pibes de la calle, con una mirada que no venía de los cafetines de La Boca, sino de una mujer que había crecido en Gerli y conocía el barrio desde los huesos.
Alguien la llamó la Discépolo con polleras, y el apodo le quedó grande y chico a la vez. Grande porque la comparación con el autor de Cambalache imponía un listón altísimo; chico porque Eladia no era una imitadora de nadie, sino una creadora original, con una voz propia que atravesaba la melancolía sin caer en el lamento y la crítica social sin convertirse en sermón. Sus letras hablaban de la vida cotidiana, de la frustración y la esperanza, de esa Buenos Aires que crecía desordenada y contradictoria, pero seguía siendo, para ella, el punto cardinal al que volver siempre.
El corazón al sur se convirtió en su himno más popular, esa confesión de que la geografía del barrio la llevaba tatuada en la piel aunque el éxito le permitiera vivir en el norte. Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, por eso tengo el corazón mirando al sur, escribió, y cincuenta años después esos versos siguen sonando en la voz de quienes nunca han pisado Gerli pero reconocen en ellos la verdad de los orígenes. Pero su obra es mucho más que esa canción: Mi ciudad y mi gente, Sueño de barrilete, Si Buenos Aires no fuera así, Prohibido prohibir, Honrar la vida, que es quizá su pieza más universal, esa declaración de principios que ella misma definió como un antídoto contra la desesperanza.
Honrar la vida, precisamente, fue lo que hizo hasta el final. También cuando le puso letra a Adiós Nonino, el instrumental de Piazzolla que parecía intocable, y logró que las palabras no desmerecieran la música, sino que la habitaran con respeto. Escribió más de doscientas noventa obras registradas, dos libros de poemas y prosas, y recibió dos Konex de Platino como la mejor autora y compositora de tango de la década, además de ser nombrada Ciudadana Ilustre de Buenos Aires en 1992. Pero los reconocimientos llegaron después de años de remar contra la corriente, de demostrar que una mujer podía pensar el tango con la misma hondura que los varones, de abrir una puerta que hasta entonces había permanecido cerrada con llave de hombre.
Cuando murió en 2005, víctima de un cáncer que no pudo con su voz, el tango perdió a una de sus poetas mayores. Pero la perdió como se pierde lo que queda para siempre: sus canciones siguen sonando en las radios, en las peñas, en las madrugadas porteñas donde alguien necesita recordar que la vida merece ser honrada. Eladia Blázquez no fue apenas una mujer que hizo tango en un mundo de hombres. Fue, sencillamente, una de las grandes voces de la música argentina, con todos los atributos que esa categoría exige: obra propia, mirada original, capacidad para conmover sin caer en el lugar común y una honestidad que atravesaba cada verso como la luz atraviesa el vidrio.
En 2011, cuando se cumplieron ochenta años de su nacimiento, el Centro Cultural Kirchner le dedicó una celebración que reunió a artistas de todas las generaciones. Pero el mejor homenaje ocurre cada noche, en algún bar de Buenos Aires, cuando un cantor se sienta al piano y empieza: "Merecer la vida no es callar y consentir tantas injusticias repetidas". Y la gente, sin saber a veces quién escribió eso, escucha en silencio y siente que la verdad acaba de pasar rozándole el alma. Así sigue viva Eladia Blázquez. Así, desde el sur, con el corazón mirando siempre al mismo lugar.
Nadie esperaba una revolución con voz de mujer en los años setenta, cuando el tango agonizaba entre el olvido y la nostalgia y los últimos guardianes de la tradición custodiaban el género como quien vigila un museo. Pero entonces llegó ella, con un piano que había aprendido a tocar de oído en un barrio humilde de Gerli y una poesía que miraba a Buenos Aires sin los anteojos del costumbrismo fácil. Eladia Blázquez no vino a rescatar el tango: vino a inventarlo de nuevo, a sacudirle el polvo de la gardeliana y a demostrar que la ciudad del sur también podía cantarse con palabras de mujer.
Había nacido en 1931, hija de españoles que cruzaron el océano con la esperanza cosida a las valijas. Su abuela le leía a García Lorca mientras el mate se enfriaba sobre la mesa, y ese rumor de poesía andaluza se mezcló para siempre con los sonidos del Riachuelo. A los cinco años ya golpeaba con una cuchara botellas llenas de agua a distintos niveles, construyendo escalas musicales con lo que encontraba en la cocina, porque los juguetes eran lujo y la música, en cambio, salía gratis. Antes de los diez ya cantaba en Radio Argentina, y Hugo del Carril la levantaba en brazos entre las cajas de la emisora, asombrado de que una criatura tan pequeña mostrara semejante vocación.
Durante años recorrió el cancionero español, el folclore, la balada, todos los géneros que la industria ofrecía a una mujer que quería vivir de la música. Pero el tango, ese territorio vedado, la esperaba como una cita pendiente. En 1970, cuando el género había tocado fondo y los jóvenes preferían el rock a las historias de malevos y percantas, Eladia editó su primer disco de tango con composiciones propias. Fue un acto de valentía doble: se metía en un reducto machista y lo hacía justo cuando todos daban por muerto al paciente.
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Alguien la llamó la Discépolo con polleras, y el apodo le quedó grande y chico a la vez. Grande porque la comparación con el autor de Cambalache imponía un listón altísimo; chico porque Eladia no era una imitadora de nadie, sino una creadora original, con una voz propia que atravesaba la melancolía sin caer en el lamento y la crítica social sin convertirse en sermón. Sus letras hablaban de la vida cotidiana, de la frustración y la esperanza, de esa Buenos Aires que crecía desordenada y contradictoria, pero seguía siendo, para ella, el punto cardinal al que volver siempre.
El corazón al sur se convirtió en su himno más popular, esa confesión de que la geografía del barrio la llevaba tatuada en la piel aunque el éxito le permitiera vivir en el norte. Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, por eso tengo el corazón mirando al sur, escribió, y cincuenta años después esos versos siguen sonando en la voz de quienes nunca han pisado Gerli pero reconocen en ellos la verdad de los orígenes. Pero su obra es mucho más que esa canción: Mi ciudad y mi gente, Sueño de barrilete, Si Buenos Aires no fuera así, Prohibido prohibir, Honrar la vida, que es quizá su pieza más universal, esa declaración de principios que ella misma definió como un antídoto contra la desesperanza.
Honrar la vida, precisamente, fue lo que hizo hasta el final. También cuando le puso letra a Adiós Nonino, el instrumental de Piazzolla que parecía intocable, y logró que las palabras no desmerecieran la música, sino que la habitaran con respeto. Escribió más de doscientas noventa obras registradas, dos libros de poemas y prosas, y recibió dos Konex de Platino como la mejor autora y compositora de tango de la década, además de ser nombrada Ciudadana Ilustre de Buenos Aires en 1992. Pero los reconocimientos llegaron después de años de remar contra la corriente, de demostrar que una mujer podía pensar el tango con la misma hondura que los varones, de abrir una puerta que hasta entonces había permanecido cerrada con llave de hombre.
Cuando murió en 2005, víctima de un cáncer que no pudo con su voz, el tango perdió a una de sus poetas mayores. Pero la perdió como se pierde lo que queda para siempre: sus canciones siguen sonando en las radios, en las peñas, en las madrugadas porteñas donde alguien necesita recordar que la vida merece ser honrada. Eladia Blázquez no fue apenas una mujer que hizo tango en un mundo de hombres. Fue, sencillamente, una de las grandes voces de la música argentina, con todos los atributos que esa categoría exige: obra propia, mirada original, capacidad para conmover sin caer en el lugar común y una honestidad que atravesaba cada verso como la luz atraviesa el vidrio.
En 2011, cuando se cumplieron ochenta años de su nacimiento, el Centro Cultural Kirchner le dedicó una celebración que reunió a artistas de todas las generaciones. Pero el mejor homenaje ocurre cada noche, en algún bar de Buenos Aires, cuando un cantor se sienta al piano y empieza: "Merecer la vida no es callar y consentir tantas injusticias repetidas". Y la gente, sin saber a veces quién escribió eso, escucha en silencio y siente que la verdad acaba de pasar rozándole el alma. Así sigue viva Eladia Blázquez. Así, desde el sur, con el corazón mirando siempre al mismo lugar.