Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que las salas de arte de Buenos Aires resonaban con escándalo. El responsable era un hombre joven, de nombre Emilio Pettoruti, quien había regresado de Europa en 1924 con un equipaje impensado: no souvenirs, sino un manifiesto visual de vanguardia.
Pettoruti no llegaba para sumarse a la conversación pictórica local; llegaba para cambiarla por completo. Traía consigo los rigores del cubismo, la levedad lírica del futurismo y una paleta de colores vibrantes que actuó como un shock de electricidad en un ambiente dominado por el grave claroscuro del naturalismo. Su pintura no imitaba la realidad; la construía con geometrías sensibles, descomponiendo formas para recomponer una nueva luz, una luz argentina pero de alcance universal.
Ante sus obras, el público se dividió entre la burla y la admiración. ¿Eran aquellos sus guitarristas, sus arlequines, sus paisajes de La Plata? No se parecían a nada conocido. Él, con la serenidad del que sabe que camina un paso adelante, soportó la polémica con dignidad. Su contribución no fue solo estética; fue ética. Introdujo en Argentina la noción de que la pintura es, ante todo, un problema de estructura, de composición y de luz, un pensamiento que se materializa en el plano.
Pettoruti fundó una modernidad propia, sin complejos. No copió estilos europeos, sino que los digirió para crear un lenguaje único, tan sólido como personal. Su legado es la columna vertebral sobre la que se apoyaría gran parte de la pintura abstracta argentina posterior. Fue el primer artista aquí en comprender que la verdadera tradición no es repetir lo antiguo, sino inventar, con coraje, lo nuevo.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que las salas de arte de Buenos Aires resonaban con escándalo. El responsable era un hombre joven, de nombre Emilio Pettoruti, quien había regresado de Europa en 1924 con un equipaje impensado: no souvenirs, sino un manifiesto visual de vanguardia.
Pettoruti no llegaba para sumarse a la conversación pictórica local; llegaba para cambiarla por completo. Traía consigo los rigores del cubismo, la levedad lírica del futurismo y una paleta de colores vibrantes que actuó como un shock de electricidad en un ambiente dominado por el grave claroscuro del naturalismo. Su pintura no imitaba la realidad; la construía con geometrías sensibles, descomponiendo formas para recomponer una nueva luz, una luz argentina pero de alcance universal.
Ante sus obras, el público se dividió entre la burla y la admiración. ¿Eran aquellos sus guitarristas, sus arlequines, sus paisajes de La Plata? No se parecían a nada conocido. Él, con la serenidad del que sabe que camina un paso adelante, soportó la polémica con dignidad. Su contribución no fue solo estética; fue ética. Introdujo en Argentina la noción de que la pintura es, ante todo, un problema de estructura, de composición y de luz, un pensamiento que se materializa en el plano.
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