Según el Diccionario de la Real Academia Española, el refrán es "un dicho agudo y sentencioso de uso común". La cultura argentina está llena de dichos y refranes populares que se transmiten de generación en generación, y son una forma de expresión que refleja la riqueza cultural de nuestro país.
El verdadero precio del cielo (y no, no es metafórico)
Resulta que en el Renacimiento, cuando un papa o noble encargaba un cuadro, los contratos detallaban hasta el gramo de oro y azul ultramar que el artista podía usar. Pero acá viene el chiste: el oro era casi moneda corriente comparado con el verdadero lujo: ese azul celestial que te hacía suspirar.
El secreto estaba en el lapislázuli, una piedra más esquiva que un mecenas sin dinero. Solo se encontraba en el lejano Oriente (de ahí lo de ultramar), y su transporte costaba tanto que, literalmente, valía su peso en oro. Cuando por fin llegaba a las manos del pintor, este lo molía con más cuidado que un alquimista buscando la piedra filosofal, hasta extraer ese azul intenso que ni el tiempo borraba.
Pero —y aquí el truco magistral— para imitar el cielo perfecto, no bastaba con el azul puro. Había que rebajarlo con blanco, como un divino mixólogo del color, hasta lograr el tono justo. Un error en la medida y, en vez de cielo, te quedaba un día nublado en Florencia.
Así que la próxima vez que digas "Al que quiera celeste, que le cueste", pensa que en realidad estás parafraseando a un pintor renacentista frustrado: "Si querés el cielo, pagalo... porque el lapislázuli no se compra con oraciones" (y menos en cuotas, claro). ??
Moraleja: Hasta los milagros tienen su recibo. Y el celeste, desde siempre, fue un lujo muy terrenal.
Según el Diccionario de la Real Academia Española, el refrán es "un dicho agudo y sentencioso de uso común". La cultura argentina está llena de dichos y refranes populares que se transmiten de generación en generación, y son una forma de expresión que refleja la riqueza cultural de nuestro país.
El verdadero precio del cielo (y no, no es metafórico)
Resulta que en el Renacimiento, cuando un papa o noble encargaba un cuadro, los contratos detallaban hasta el gramo de oro y azul ultramar que el artista podía usar. Pero acá viene el chiste: el oro era casi moneda corriente comparado con el verdadero lujo: ese azul celestial que te hacía suspirar.
El secreto estaba en el lapislázuli, una piedra más esquiva que un mecenas sin dinero. Solo se encontraba en el lejano Oriente (de ahí lo de ultramar), y su transporte costaba tanto que, literalmente, valía su peso en oro. Cuando por fin llegaba a las manos del pintor, este lo molía con más cuidado que un alquimista buscando la piedra filosofal, hasta extraer ese azul intenso que ni el tiempo borraba.
Pero —y aquí el truco magistral— para imitar el cielo perfecto, no bastaba con el azul puro. Había que rebajarlo con blanco, como un divino mixólogo del color, hasta lograr el tono justo. Un error en la medida y, en vez de cielo, te quedaba un día nublado en Florencia.
Así que la próxima vez que digas "Al que quiera celeste, que le cueste", pensa que en realidad estás parafraseando a un pintor renacentista frustrado: "Si querés el cielo, pagalo... porque el lapislázuli no se compra con oraciones" (y menos en cuotas, claro). ??
Moraleja: Hasta los milagros tienen su recibo. Y el celeste, desde siempre, fue un lujo muy terrenal.