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Arturo Jauretche, el pensador que desafió los espejismos de la Argentina

En la historia argentina, pocas voces han sido tan incómodas, tan lúcidas y tan necesarias como la de Arturo Jauretche. Escritor, polemista y militante, Jauretche no solo interpretó las contradicciones de su tiempo, sino que construyó un arsenal de ideas que hoy, décadas después, sigue interpelando a un país en eterna búsqueda de su identidad. Su pensamiento, anclado en lo nacional y popular, fue un acto de rebeldía contra el colonialismo cultural, la oligarquía y lo que él llamó «las zonceras argentinas»: esos mitos heredados que nublan el sentido común y perpetúan la dependencia. Revisitar su obra no es un ejercicio arqueológico, sino una brújula para navegar los laberintos políticos y filosóficos del presente.

Nacido en 1901 en Lincoln, provincia de Buenos Aires, Jauretche emergió de las filas del radicalismo yrigoyenista para convertirse en un crítico feroz de la «década infame» y de la Argentina colonizada por lo que denominaba «la inteligencia almidonada». En los años 30, cofundó FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), un grupo que, desde el subsuelo de un café de Corrientes y Esmeralda, denunció la entrega económica a potencias extranjeras y la complicidad de una élite que miraba más a Europa que a su propio pueblo. Allí, Jauretche forjó su filosofía: el pensamiento nacional no era una ideología, sino una herramienta para desmontar los relatos impuestos y recuperar la soberanía intelectual.

Su obra cumbre, El medio pelo en la sociedad argentina (1966), retrató con ironía mordaz a esa clase media que imita códigos ajenos y desprecia lo propio, un fenómeno que hoy se replica en la fascinación por modelos económicos o culturales foráneos, desconectados de las realidades locales. Para Jauretche, la verdadera liberación comenzaba por desaprender las «zonceras» —como creer que «el campo es el motor del país» sin cuestionar quién se beneficia de sus frutos— y atreverse a pensar desde el territorio y sus urgencias.

Jauretche no era un académico de biblioteca: su filosofía era callejera, visceral y profundamente política. Rechazó el universalismo abstracto de cierta izquierda y el liberalismo de manual que despreciaba las particularidades del Sur. En su lugar, propuso un pensamiento situado, arraigado en la geografía, la historia y los dolores concretos de la Argentina. En Manual de Zonceras Argentinas (1968), desnudó los lugares comunes que justificaban la subordinación: desde «civilización o barbarie» hasta «el capital no tiene patria». Su prosa, directa y cargada de humor, democratizó el debate ideológico, llevándolo de los cenáculos elitistas a las mesas de los barrios.

Pero su legado no se limita a la crítica. Jauretche fue un constructor de utopías prácticas: abogó por una industrialización que no copiara modelos ajenos, defendió la integración latinoamericana como destino geopolítico y vislumbró una educación que formara «ciudadanos, no sirvientes». En tiempos de globalización asfixiante y algoritmos que homogeneizan el pensamiento, su llamado a defender la «argentinidad» como proyecto colectivo —no folclórico, sino crítico— resuena con fuerza renovada.

Hoy, cuando la polarización simplifica los debates y las recetas neoliberales o dogmáticas vuelven a campear, Jauretche ofrece un antídoto: la lucidez de cuestionar todo relato único. Su rechazo a los extremos —ni cipayos ni doctrinarios— lo convierte en un faro para una centroizquierda que busca raíces propias. Su escepticismo ante los mesianismos y su énfasis en la autonomía intelectual son lecciones vitales en una era de influencers políticos y eslóganes vacíos.

Más allá de banderías, su vigencia radica en haber entendido que la independencia económica es imposible sin soberanía cultural. ¿Acaso no siguen existiendo «zonceras» que naturalizan la fuga de capitales, la primarización de la economía o la desindustrialización? ¿No persiste esa mirada colonial que mide el éxito nacional con varas ajenas? Jauretche enseñó que la emancipación requiere coraje para nombrar lo propio, incluso cuando lo propio está lleno de contradicciones.

A 51 años de su muerte, Arturo Jauretche no es un prócer de bronce, sino un compañero incómodo que nos interpela desde sus libros subrayados y sus frases convertidas en consignas. Su pensamiento, lejos de ser una reliquia, es un mapa para desentrañar los desafíos del siglo XXI: la tensión entre globalización e identidad, la batalla por narrativas propias en la era digital y la urgencia de un proyecto nacional que incluya sin paternalismos.

Releer a Jauretche es, en definitiva, reconciliarse con una tradición de pensamiento que no teme al conflicto ni a la autocrítica. Como él mismo dijo: «Los argentinos no somos empecinados, somos desmemoriados». Hoy, frente a nuevas encrucijadas, su obra nos desafía a recordar, a pensar y, sobre todo, a atrevernos a construir una patria que no le pida permiso a nadie para existir.

En un país que a menudo prefiere mirarse en espejos ajenos, Jauretche sigue siendo el reflejo que devuelve la imagen de lo que somos —y lo que podríamos ser— cuando dejamos de repetir para empezar a crear.

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