Abelardo Ramos en tiempos de cambio en la Iglesia Latinoamericana
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Abelardo Ramos en tiempos de cambio en la Iglesia Latinoamericana

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Por Carlos Alberto Del Campo.
Editor.

El historiador Enzo Alberto Regali -en su muy completa obra titulada “Abelardo Ramos. La I.N. y la Nación Latinoamericana” (1ª edición 2010; 2ª edición 2012)/ Ciccus-Corredor Austral-Ferreyra Editor- analiza en profundidad las posiciones políticas de JAR y su agrupación, impulsando como tarea prioritaria y urgente la reconstrucción del Frente Nacional después de la muerte de Perón. Dice Regali que “Methol (Ferré) y Abelardo (Ramos) nunca se separaron y fue el uruguayo quien promovió la presencia de JAR en la reunión del grupo católico ’Comunión y Liberación’ en Rímini” (…) “cuando el mundo miraba azorado el desmoronamiento del gran imperio (URSS), no por una guerra, no por el accionar de un enemigo externo –ni siquiera como empujón final- sino por su implosión”.

La Redacción considera oportuno publicar en las columnas del Diario de Carlos Paz, abiertas generosamente, los conceptos centrales del extenso artículo del licenciado Marcelo Bellocchio incluido en el libro “J. Abelardo Ramos. Así lo Vieron” (Corredor Austral/Ciccus/2015). Coincidiendo con Methol en “la recuperación de la idea de pueblo”, Ramos con su proverbial energía publicitaria, hizo difundir con la militancia unos diez ejemplares de la “Carta a Puebla” de su amigo chileno Pedro Godoy P.

J. Abelardo Ramos en el Meeting de Rímini (Italia)

Por: Marcelo Bellocchio

Ocupó cargos directivos en varias universidades y con desempeño en la Pastoral Juvenil, Universitaria y Social de la Iglesia Católica. Es maestro, licenciado en Psicología con formación de posgrado, terapeuta y profesor universitario

En 1978 un grupo de laicos de distintos países de nuestra querida América Latina se propuso ser activos partícipes del cambio en la misión de la Iglesia y dio vida a la Fundación Juan Diego de Guadalupe para la Evangelización de la Cultura en la Universidad del Salvador mientras en la Argentina gobernaba el partido militar, a sangre y fuego, inscribiendo años tristes y horrorosos en la historia nacional. En ese contexto político y eclesial cuando Alberto Methol Ferré desde el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) trabajó incansablemente y convocó para esta misión a obispos, laicos y sacerdotes y eligió a la Argentina como base para este gran desafío. Otros protagonistas de esa iniciativa eran la filósofa Amelia Podetti y el padre Jorge Bergoglio (hoy Papa Francisco), en aquel tiempo, responsable general de la orden jesuita.

En ese mismo año estaba en elaboración un documento, luego aprobado por la Conferencia General del Episcopado de América Latina en la ciudad de Puebla, México. Se hablaba de la teología de la liberación con sus diferentes vertientes y de la teología del Pueblo impulsada en la Argentina por el padre Lucio Gera. Se venían tiempos de cambio en la mirada de los pastores de la Iglesia latinoamericana, nuevos bríos y la histórica Conferencia de Medellín de 1964 buscaba nuevos caminos para la formación de las nuevas generaciones cristianas.

De ese encuentro de este grupo de laicos latinoamericano que se reunía regularmente en Buenos Aires con el sacerdote italiano Francesco Ricci nació la invitación de participar, en 1984, de la semana cultural titulada el Meeting de Rímini (Italia) organizado por la Fundación “Per l´Amicizia fra i Popoli” (Para la amistad entre los pueblos) convocando a la reflexión a intelectuales y pensadores europeos bajo el título «América, Américas ¿es posible la convivencia?» y presencia de distintas voces que presentamos la realidad de Chile, Venezuela, Paraguay, Brasil, Caribe, México, Uruguay y Perú (La delegación argentina la encabezaba el Obispo de Avellaneda Antonio Quarracino)

Allí llamaría la atención la presencia de Jorge Abelardo Ramos, un pensador de formación marxista y a la vez un fervoroso exponente de la causa nacional, aún cuando en ese foro han sido bienvenidas diversas visiones sobre el hombre, la sociedad y la cultura.

Ramos tuvo su participación en el panel Continenti gomito a gomito (Continentes codo a codo) en una sala llena de jóvenes, dando un testimonio desafiante y esclarecedor sobre la historia de dominación europea y norteamericana y sobre la irrupción de la América criolla enfrentando a estas potencias imperiales. En ese panel participaban, además, el diputado del Partido Demócrata de Massachusetts Barney Frank, quien no ocultó su rechazo al discurso de Ramos, y Antonio Lago Carballo, (de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Madrid) y el escritor y periodista Henry Raymond. Lo de Abelardo Ramos expresó la mirada desde el sur, desde la periferia.

El protagonismo del pueblo

En 2013, la presencia de un Papa llegado ya no de la periferia europea, sino de la periferia global, es una confirmación de esta mirada renovada sobre el protagonismo del pueblo y de su cultura. Un Papa que en Brasil, Ecuador, Bolivia y Paraguay sigue invitando con fuerza a seguir construyendo la Patria Grande alentando a que la humanidad toda pueda encontrar en la cultura del encuentro las respuestas a tanta injusticia y a tanto dolor, a tanto egoísmo y a tanta violencia, y trascender el materialismo mesiánico del pasado y el materialismo consumista del presente.

Profético

El mensaje de Jorge Abelardo Ramos ha sido profético, ya que treinta años después, el desafío de los pueblos latinoamericanos es seguir el camino de la unidad a través de iniciativas culturales, educativas, políticas y económicas que fortalezcan la amistad sin fronteras, en la riqueza de las diferentes tradiciones identitarias, respetando las riquezas naturales y cuidando los recursos de la madre tierra para su justa distribución entre los ciudadanos que viven en ella.

TEXTO DE LA EXPOSICION DEL PROFESOR JORGE ABELARDO RAMOS

«Al hablar bajo el cielo de Italia sobre el Nuevo Mundo, sería inexcusable no rendir homenaje a Cristóforo Colombo, el obstinado navegante de Génova que descubrió «por error» la terra nova y al sutil cosmógrafo florentino Américo Vespuci, que describió con rigor científico la flora, la fauna y los hombres nuevos. ¡Extraña América criolla! Como atormentado símbolo de su atormentado destino histórico, fue una hija no deseada y llevará un nombre diferente al de su padre.

Si se mira la cuestión más de cerca se comprobará que, para los aborígenes, el Nuevo Mundo era el de los europeos, y que el suyo propio era tan viejo como las civilizaciones que los europeos venían a conquistar y destruir. El poder europeo dominó luego a los así llamados «americanos». Fueron «descubiertos», pero a su vez descubrieron a Europa. Ha llegado el momento que se descubran a sí mismos.

En definitiva, ¿qué resulto de aquel «Jardín del Edén», como lo llamara Colón, o «Paraíso Terrenal», según las palabras de Vespucio? La ilustración europea elaboró de alguna manera la justificación filosófica y científica de la ulterior empresa colonial. Un mundo tan diferente a la sociedad civilizada de Europa no podía ser sino «salvaje». La idea fue fructuosa para los civilizadores. Nada resultaría más práctico a los codiciosos hijosdalgos españoles que excluir a los habitantes de la tierra nueva del género humano, y a sus animales de la geografía zoológica reconocida. Todo aquello que no se parecía a Europa sería clasificado como salvaje o bestial.

El eurocentrismo se abrirá camino con los primeros navegantes para alcanzar su culminación plena con dos veredictos inapelables: el de Buffon en el siglo XVIII y el de Hegel en siglo XIX. Buffon afirmó que América era inmadura, que sus hombres eran insignificantes, lampiños y asexuados; que sus batracios eran gigantescos, pero en compensación, sus animales feroces resultaban ridículamente pequeños. Con la mayor seriedad del mundo, Voltaire agregaría que los leones de América eran calvos. Ya en el siglo XIX el padre Acosta decía en una carta al rey de España: «A muchas destas cosas de Indias, los primeros españoles les pusieron nombres de España». Espejo de infortunio, las clases ilustradas de América Latina siguieron llamando

con nombres europeos a las cosas más propias y originales de la vida latinoamericana. Dominaba la obsesión de la similitud, como patrón de medida para lo óptimo. Y luego avanzó, imponente, inapelable, el filósofo del estado prusiano Hegel pronunció una sentencia condenatoria: América del Sur es antes naturaleza que historia. A nuestras espaldas no hay nada: sólo el porvenir dirá si hay una historia posible. América del Sur está fuera del reino del espíritu. Hegel la expulsa de la historia. Pese a tales dictámenes, España había realizado la hazaña inverosímil de desdoblar su propia sociedad hacia las Indias. A diferencia de las empresas de saqueo colonial de las restantes potencias europeas, los españoles mezclaron su sangre con los aborígenes de la Vieja América. Por medio de tal formidable fusión, nació en cuatro siglos una nueva raza cultural, étnica y política, una sociedad mestiza, criolla, de inmigración cristiana y de paganismo cristianizado, algo muy peculiar que no resultó ser en definitiva ni la América original ni la Europa colonizadora, sino una creación histórica nueva, lanzada hacia el azaroso destino de procurarse una identidad nacional. Lo cual no resultó nada fácil.

Pues en tanto Europa y Estados Unidos, desde los siglos XVII, XVIII y XIX, constituyeron sus estados nacionales y aseguraron de tal manera el marco jurídico para la expansión de su plena soberanía y su libertad económica e intelectual, las grandes potencias se opondrán a que los continentes marginales acometan una tarea análoga. No era «el fantasma del comunismo» el que acechaba a aquella Europa entrevista por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, sino el fantasma del nacionalismo. Las naciones que lograban constituirse, prohibían esa meta a aquellas que deseaban hacerlo.

En la misma Europa, en la lejana América del Norte y con mayor razón en los países así llamados bárbaros, los civilizados cerraban el camino a los que querían civilizarse.

La América Criolla, desprendida de España en las guerras de la Independencia, fue «balcanizada» por las potencias anglosajonas. Aparece en la historia del último siglo y medio como un mosaico incoherente de 20 Estados supuestamente soberanos, adornados de todas las baratijas jurídicas, filatélicas, arancelarias y rituales de «naciones» verdaderas. Pero en realidad se trata de provincias, de repúblicas simbólicas, perpetuamente conmovidas por pronunciamientos militares, la sujeción cultural hacia los Estados Unidos o Europa, sumidas en los cultivos de exportación y con las clases ilustradas hechizadas por las civilizaciones clásicas, la democracia formal inmovilista o los marxistas importados.

También el pensamiento político de los hijos de la América Criolla es sometido a la «balcanización». Cada latinoamericano supone pertenecer a una nación. Pero en realidad se trata de naciones no viables. El imperialismo triunfará en la cabeza de los latinoamericanos, sean de derecha o de izquierda, en tanto los latinoamericanos conciban todas las fórmulas de redención, aún las más atrevidas, excepto unirse en Nación o Confederación de Estados. Un siglo de dispersión ha logrado borrar en la memoria histórica colectiva que las 20 provincias deben confluir a la gran Nación posible o privarse de un destino.

Hacia el año 2000 América Latina alcanzará a contar más de 600 millones de habitantes que hablan la lengua hispano-portuguesa, que poseen el mayor reservorio de minerales, energías y alimentos que ha conocido la historia y que constituirá la región que cobijará mayor número de católicos. Nadie pondrá en duda que se trata de una larga marcha, y, ante todo, de una batalla intelectual de inmensos alcances. Dante reinventó la lengua italiana y luego Maquiavelo, desde Florencia, reflexionó sobre la constitución de la unidad nacional, que recién llegó para Italia tres siglos más tarde.

¿Cuál sería el destino de la República de Massachussets o de la República de Nueva York, si Lincoln no hubiera fundado los Estados Unidos mediante una guerra revolucionaria que abolió la esclavitud, sometió a los refinados plantadores del Sur y expulsó la influencia inglesa de la economía norteamericana? Cada uno de esos Estados de la América del Norte ¿habría llegado a erigirse en potencia mundial? Es justo dudarlo. Más bien podría conjeturarse que el actual territorio de los Estados Unidos será escenario de una inestabilidad crónica, teatro de aventureros militares y de una armonía social semejante a la que reina en la infortunada Centroamérica.

El conjunto del pensamiento europeo se resistió a concebir la idea de que la exigencia interna de América Latina consistía en procurar su unidad nacional. La escuela liberal burguesa exportó a las grandes ciudades-puerto del Nuevo Mundo los códigos civiles y los textos de la democracia formal, para que su aplicación en cada país latinoamericano por separado, operasen las maravillas que exhibía tales textos en la escena del Occidente capitalista.

Pero en la América Criolla no había capitalismo (en un sentido pleno y generalizado) y los textos constitucionales producían resultados grotescos. De la izquierda hegeliana, a su vez, de aquellos jóvenes discípulos del gran maestro, provinieron luego las fórmulas revolucionarias.

Pero tanto Marx como Engels aplicaron al pie de la letra las despectivas hipótesis de Hegel en su Filosofía de la Historia Universal, respecto de la América del Sur. También los fundadores del socialismo llamado «científico» expulsaban a los pueblos latinoamericanos de la historia, así como juzgaban «residuos» destinados al «basurero de la historia», nada menos que a los pueblos eslavos del sur europeo. Marx y Engels juzgaron a los americanos del sur como desprovistos de potencia histórica, perezosos e ineptos para ingresar por sí mismos en el camino de la civilización, salvo con la ayuda de los enérgicos yanquis. Desde el campo de la ciencia social recién nacida, los fundadores del socialismo moderno desvalorizaban a la América Criolla (y a la India, que según ellos despertaría de su sueño milenario gracias al ferrocarril inglés) de la misma manera que lo hacían con fines menos caritativos y métodos nada teóricos las potencias imperialistas que saqueaban al tercer Mundo. Hubo una coincidencia perfecta entre la izquierda marxista de Europa y en el desarrollo de la supuesta universalización del capital.

La división internacional del trabajo y el mercado mundial reservaba la tecnología compleja a los «países avanzados» y la exportación de productos primarios a los pueblos periféricos condenados para siempre a recibir ayuda de las potencias civilizadas. Cuanta más ayuda recibían más crecía la deuda externa. Si algo faltaba actualmente para ligar entre sí a los estados de América Latina, sería justamente la deuda de casi 350.000 millones de dólares, en su mayor parte fruto de la usura lisa y llana, en parte fruto de la estafa bancaria más descarada y de la asociación ilícita entre las oligarquías latinoamericanas con numerosos bancos «serios». Con dos flotas imperialistas en los mares de América Latina, una norteamericana que pretende intimidar a Nicaragua (sin entrar a juzgar ahora aspectos de su política interna) y otra armada inglesa que ocupa las islas argentinas de Malvinas podemos evaluar el valor real de las democracias occidentales contemporáneas. Recordemos asimismo, cuando en el Consejo de Seguridad de 1982 se debatía la reconquista argentina de las Malvinas, no sólo contra la Argentina votaron Gran Bretaña, Estados Unidos y otros estados satélites, sino que se abstuvieron China, la URSS y Polonia. Sólo votó a favor de la Argentina la República de Panamá, aquel pedazo de tierra sagrada donde Bolívar, en 1826, convocó a la unión de la Patria Grande.

Reintegrar a la América Criolla su conciencia histórica perdida quizás sea una aventura tan azarosa como aquella que emprendieron Cristóbal Colón y Américo Vespucio. Pero una gran época define su carácter por el tamaño de las empresas que son capaces de concebir sus contemporáneos. Hemos brindado tolerancia -impuesta o inducida- durante cuatro siglos. Ahora necesitamos cincuenta o cien años de conflicto. Conflicto político, cultural, económico, para unir a la gran Patria disgregada. Después podremos ofrecer al mundo, de igual a igual, milenios de tolerancia. Con la realización de ese magno objetivo, transformaremos una historia pasiva en historia creadora. La utopía se trocará en acto. Y llamaremos pumas, soberbios pumas, a los leones calvos de la leyenda europea”.-

Artículo publicado en El Diario de Carlos Paz

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