“La señora que usaba galera”, un mundo de diversión

“La señora que usaba galera”, un mundo de diversión

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Por Alejandro Frias (escritor y periodista).

Fabián Sevilla e Ivana Calamita nos cuentan las aventuras de un extraño personaje en busca de un lugar donde instalar su casa.

Ahí va una señora en busca de un pueblo en el cual instalar su casa, la que por el momento guarda en su galera junto con un enano de jardín y varios objetos más, como la crema para los juanetes. Así de disparatada es la historia que Fabián Sevilla e Ivana Calamita nos cuentan en “La señora que usaba galera” (Editorial El Ateneo), un libro que tiene muchas razones para divertirnos.

Empecemos por la trama. Sevilla y Calamita nos invitan a acompañar a esta señora de galera a Cúcara Maca, un pueblo muy aburrido, todo pintado de un mismo color, opaco sin ninguna gracia, en el que su llegada será motivo de un tumulto a su alrededor.

Después de consultar a los cucaramaquenses si conocen algún lugar en el que pudiera ubicar su casa, la señora de galera intentará explicarles cómo le gustaría que fuera ese lugar, ante la conmoción y, progresivamente, la sorpresa y la admiración de un pueblo acostumbrado a un único y aburrido color y a una única y aburrida rutina.

En paralelo, iremos conociendo otro pueblo, uno del que no revelaremos el nombre para que ustedes mismo lo descubran cuando lean este libro. En este pueblo, la vida de las viejitas y los viejitos se ve alterada cuando llega un placero que comienza a prohibirlo todo.

Y, a medida que avancemos en la novela, descubriremos cómo la lluvia, el viento, la arena y las olas del mar toman un papel relevante para cambiarles las caras a los habitantes de ambos pueblos.

Un libro para divertirse (mucho)

Permítanme saludar con efusividad esta reunión Sevilla-Calamita. Puede que hayamos tenido noticias de cada quien por su lado. Ella, como ilustradora; él, como novelista, cuentista y varias cosas más. Pero los dos juntos hacen una dupla excelente, y “La señora que usaba galera” lo demuestra.

Es que las desopilantes ocurrencias a las que nos acostumbró Sevilla hallaron un complemento ideal en las ilustraciones de Calamita, dando como resultado un libro que nos divierte tanto desde el texto como desde las imágenes.

Por otro lado, más allá del diseño, al que ya nos referiremos, el libro ha sido conceptualizado desde el complemento texto/imagen, a la manera de los ya conocidos libros álbumes. Pero, en este caso, se trata de una novela en la que se juega no sólo con la complementaridad narrativa entre lo que escribió Sevilla y lo que dibujó Calamita, sino también desde el disloque del idioma y su correlato en imágenes.

Sevilla se divierte con las palabras. Deprónticamente, plumudas, engalerántica y florererío, por ejemplo, son algunas de las que nos podemos encontrar, mezcladas con el absurdo, además de que el autor propone un diálogo con los lectores al, por ejemplo, mandarnos a averiguar lo que necesitamos saber a otro lado, porque él ya no lo quiere repetir, para eso lo ya relató antes.

En tanto, Calamita echa mano a varias técnicas (entre las que sobresale el collage) para mostrarnos ese mundo fantástico, logrando texturas que hacen que sea un deleite avanzar por las páginas de este libro. E incluso hay una por ahí olas que nos recuerdan a Hokusai.

Pero no se puede dejar de lado el excelente trabajo de diseño que tiene “La señora que usaba galera”. En este sentido, Claudia Solari ha logrado una fusión sin ruidos entre texto e ilustración, incluso cuando se recurre (por necesidad de la narración) a bruscos cambios en el uso de las tipologías. La trama exige también cambios de escenarios (y de colores predominantes) que han sido muy bien resueltos desde el diseño.

El resultado de la tríada Sevilla-Calamita-Solari, o también, texto-ilustración-diseño, es un libro que nos divierte desde la tapa hasta la contratapa. Definitivamente, imperdible.

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