El mal en las visiones del Deslindado

El mal en las visiones del Deslindado

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Por Aldo Parfeniuk
(Poeta, ensayista y crítico)

El 9 de julio de 1933 nacía en Capilla del Monte -nevando- Romilio Ribero, poeta y artista plástico cuya obra literaria, merecedora de críticas dispares, es representativa tanto de una generación de destacados poetas cordobeses cuanto de voces sensibles a un entorno que, en sus recreaciones, vuelve transformado en arte y cultura.

Después que las dice el poeta (el artista) las cosas, los lugares, son muy diferentes: más intensos, y más perdurables, por cierto. Las maneras de lograr esto fueron y son diversas; pero los medios, más o menos, los mismos: un desajuste de los sentidos, una aceleración de la vida, una intensificación cuyo resultado es sobrecargarse de sensibilidad, sobrepasarse de realidad; y claro, como consecuencia de lo anterior, un rápido agotamiento de la salud, de la vida física personal: mucho de lo cual, creo, explica la corta vida de Romilio, fallecido a los cuarenta y un años, en 1974.

Pero seguramente fue esa experiencia de vivir en los límites la que le permitió ver muchas cosas antes y más lejos (hacia adelante y hacia atrás) y ejecutar esa suerte de práctica hesiódica con la cual, desde su obra, percibirá y tratará a la realidad. Posicionamiento que lo lleva a enfrentarse con las cosas del mundo a la manera de un mago, de una suerte de demiurgo, cuya tarea es la de modelar un nuevo orden, un cosmos otro.

Romilio trabaja, por lo tanto, desde un momento anterior, primero de las cosas. En ocasiones, desde una anterioridad en la cual el mundo está aún por adquirir fisonomía; como si fuese una maleable pre realidad -componente cuyo clima tiñe su obra toda, incluyendo su pintura- y algo que tiene en lo mistérico una fuente inagotable de universos posibles, entre ellos el del mal (y el bien)

Para nuestro artista, su lugar de vida y de creación -las montañas que rodean a su Capilla del Monte natal, en Córdoba- es “el lugar de los lugares”, con valor de imperativo topológico, fuera del cual, y especialmente cuando ese “fuera” es el dentro de las ciudades, todo es vacío; sobre todo vacío de sentido, es decir –para Romilio- vacío de poesía, de la poesía que nutren palabra y pintura: las dos expresiones desde y con las cuales se le hace posible la verdadera realidad.

Al igual que los cíclicos y circulares movimientos de los mitos que habita y que lo habitan, Romilio siempre regresará con su arte a ese ombligo del universo -patria de lo vital, maravilloso y bienhechor- al que se debe y con el cual nunca cortará amarras. Su poesía en gran medida es eso: el despliegue, los pormenores de esa relación. Y es que su Capilla del Monte cerril, el Uritorco de su infancia (“Vigía de exterminadas tribus. Padre gobernador de la eternidad”, como lo describe en alguno de sus poemas), al igual que las ásperas orillas del río Calabalumba, donde su madre lo diera a luz, o los pedrones fantasmales de la cercana Ongamira, asiento natural de tribus, caciques y hechiceras, se le presentan al poeta-pintor como poderosos polos de energía y atracción cósmica y plataforma de proyección para sus metafísicas búsquedas. Con el tiempo los intereses comerciales degradaron esa poética romiliana, y su lugar se travistió en un imaginario aeroespacial y energético de uso turístico.

Cabe también recordar que seculares tradiciones universales ubican en la montaña el sitio natural de salamancas, aquelarres, apariciones y contactos extraordinarios. Y es en las cuevas, los socavones y las profundas y neblinosas quebradas de la montaña –espacios escasamente poblados, de distancia en distancia, por callados pastores, venerables ancianos y pocos seres más, de lenguas extrañas y conocimientos secretos- en donde Romilio reconoce el hábitat originario de las imágenes y las voces que lo eligieron como lenguaraz de esas verdades, que sin darle tregua, lo llevan de la figura a la palabra y de esta nuevamente a aquella, para decir algo de eso otro que lo acosa y lo obsesiona, y en tributo de lo cual se erige gran parte de su poesía.

Ese paisaje también le sirvió a Romilio, sobre todo en su adolescencia y juventud, para alimentar fantásticas historias de la región que, recreadas por su imaginación, narraba -en visitas por las que recibía modestas retribuciones económicas- en las residencias de algunos de los adinerados veraneantes de la zona.

El hecho es que el espacio natal de Romilio es EL Lugar, sobre todo frente a la ciudad, a lo que esta representa y significa.

Para él las ciudades (esas “negras ciudades del odio..” como dice en otro de sus poemas) son el domicilio del mal; páramo de cemento sobrevolado desde siempre por la soledad, el desamor, el cálculo, la hipocresía, la locura y el crimen: localizando allí el nido de las pestes, de lo que separa y daña a las personas, privándolas de cercanía, de contacto físico; y arrasando, tanto con la experiencia y sabiduría de los mayores como con la inocencia de quienes asoman a la vida.

Por eso, su patria del monte y la montaña será, por contraste, el territorio de la pureza y la belleza: escenario de los elementos naturales; sitio de la maravilla, la inocencia y el asombro, en donde aún es posible ser plenamente en un contínuo con la naturaleza y con la armonía del universo. Por eso será aquí donde los elementos todavía intocados por el mal (hablamos de cielos, soles, nubes, lluvias; y de los colores, perfumes, animales, plantas, dioses y leyendas que pueblan sus poemas) le permiten rehacer un orden cósmico que el hombre hace tiempo ya dejó de sentir como propio.

Ese tiempo y ese espacio míticos, adánicos de su lugar, mucho tienen que ver, también, con lo que Romilio siente que es América, su aire más propio, su espíritu más profundo. Según nos muestra su obra, en su visión de mundo el pequeño lugar del origen, el suelo natal, conecta íntimamente con una cosmogonía, unos rituales y unas referencias metafísicas que poco tienen que ver con los de la ciudad, y mucho, en cambio, con los de una latinoamericanidad aborigen y cobriza de la cual, sintiéndose Romilio una parte viva, no deja de proponer como punto de arribo de un destino cierto.

Más allá de lo estético, es desde este mirador, desde esta sede de antropología y de cultura (que es desde donde Romilio Ribero operó con palabras y pinceles para darnos su obra plástica y su obra poética) desde donde también proponemos abordar su arte recuperador de perdidas auras. Solamente un regreso a la región donde el hombre fue alguna vez el extraño y ensimismado niño que juega con palabras y colores, hizo posible la experiencia poética de lograr que, al nombrarlas, las cosas despierten y acepten devolverle (devolvernos) la mirada.

Entre los poetas argentinos que escribieron sobre el mal (enmascarado en enfermedades, pestes, maldiciones y hechicerías; o la misma muerte…) Romilio Ribero es uno de los que se ocupó del tema cumpliendo, a mi juicio, un irrenunciable mandato. De entre los poemas que nutren ese universo temático, uno de sus últimos libros –Reino Solitario, fechado en Córdoba, 1973-1974 y publicado por Alción en 2001- culmina con los dos trabajos que cierran esta nota. Son composiciones minimalistas, tanto en forma cuanto en contenido; poemas que aluden a lo que nos está tocando vivir en estos días de encierros y muerte. Representativos, tanto de las preocupaciones temáticas de toda su poesía (especialmente de la última etapa de su vida) cuanto de la evolución de su escritura hacia expresiones más breves y sentenciosas, despojadas de esa profusión metafórica que caracteriza la mayor parte de su obra, especialmente de los primeros libros.

Ciencias

Trata de conocer el mundo

sin salir de tu antigua morada;

de tu jardín de inmóviles palomas.

Sin mirar fuera de tus puertas

recorre aquellos cielos de delicias,

bálsamos, mundos de heredadas presencias.

Cuanto más lejos te vayas,

menos tendrás que conocer.

Por eso heredarán la corona del cielo,

aquellos que sin caminar llegan,

que sin mirar conocen otros reinos,

y que sin hablar relatan el prodigio.

El leproso mundano

Señor.

Limpia mi túnica con tu sed luminosa.

En mis largos días, penden en mi cabeza

los olores de la masacre.

Me visten de fiesta y me largan al mundo

podrido como estoy,

seguido por la muchedumbre enloquecida

que pregunta por tu milagro.

Líbrame

Romilio Ribero

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