«Belgrano, el preferido», un texto actual sobre el creador de nuestra Bandera

«Belgrano, el preferido», un texto actual sobre el creador de nuestra Bandera

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Hoy, desde las 19 horas, se podrá escuchar y participar de la charla que brindará el prestigioso escritor Mariano Saravia, autor del libro «Belgrano, el preferido», sobre la creación de nuestra Bandera nacional, por las redes sociales de El Diario de Carlos Paz y Municipalidad de Villa Carlos Paz.

En esta nota, se transcribe un adelanto del libro que se lanzará ese mismo día en modalidad e-book por www.editorialcorprens.com.ar.

A continuación, publicamos algunos párrafos donde Saravia aborda la creación de la Bandera:

«Hay que remontarse a 1760, cuando el rey de España, Carlos III, obtuvo de las cortes que declararan a la Virgen María, en su advocación de la Inmaculada Concepción, como patrona del reino. A tal punto llegó su fanatismo católico y su despotismo, que ordenó a las universidades que solamente expidieran grados a los estudiantes que juraran defender el bello misterio de la concepción purísima, y en 1761 firmó un decreto nombrando a la inmaculada como abogada de España y sus colonias. Todas estas muestras de piedad lo hicieron muy popular entre sus súbditos, a pesar de que muchos sectores estuvieron disconformes con una serie de reformas dentro del Antiguo Régimen. Incluso estalló un motín el domingo de ramos de 1766, y al año siguiente, Carlos III aprovechó para expulsar de todos sus dominios a los jesuitas, a quienes acusaba de ser prácticamente una secta dentro de la Iglesia Católica. Fue el mismo año en el que los jesuitas tuvieron que abandonar sus obras en el campo social y laboral en las misiones guaraníes, y también en el campo educacional, en centros universitarios como el de Córdoba.

En 1771 murió Francisco Javier de Borbón, el menor de los 13 hijos que Carlos III tuvo con María Amalia de Sajonia. El rey entró en una profunda tristeza de la cual sólo lo rescató el nacimiento de su primer nieto, el infante Carlos, hijo de su primogénito, y con el cual se aseguraba la continuación de la dinastía. En octubre, anunció en la Gaceta de Madrid que era tanto su gozo, que había decidido instituir una corporación de caballeros con el nombre de “Real y Distinguida orden de Carlos III”.

Además de una cuestión personal, la creación de una orden real estaba destinada a competir con las cuatro órdenes nobiliarias que existían, que eran autónomas de la corona y que poseían grandes tierras y riquezas: la de Santiago, la de Calatrava, la de Alcántara y la de Montesa. En 1773, Carlos III declaró que “cuando vacaren las encomiendas de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, fueren pasando a la nueva orden y entregadas a sus caballeros”. De esta manera fue dejando sin bienes a las cuatro órdenes históricas que de ahí en adelante comenzaron su declive hasta transformarse en entidades meramente nobiliarias sin ninguna influencia económica ni política.

El emblema de la Orden de Carlos III era un óvalo bañado en oro con la imagen de la Inmaculada Concepción, con su túnica blanca y su manto celeste. En el estatuto de creación de la orden, estaba establecido especialmente en el artículo 16, que era obligación para el rey, sus hijos y hermanos usar los distintivos celestes y blancos de la orden.

El 2 de junio de 1804, Carlos IV reglamentó el uso de uniformes, condecoraciones, insignias, juramentos y ceremonial de la orden. Para esa época, muchos caballeros españoles y americanos, usaban la escarapela celeste y blanca de la Orden de Carlos III.

Por eso, cuando en 1812 Manuel Belgrano en las márgenes del Paraná se dio cuenta de que necesitaba un distintivo que diferenciara a sus fuerzas de las del enemigo, pensó en los colores celeste y blanco, que graficaban bien esa postura ambigua de fidelidad al rey pero de autonomía respecto al Estado español en manos de Napoleón; esto fue dado en llamar “la máscara de la monarquía”.

Hasta ese momento, las tropas patriotas habían luchado bajo la bandera española, y por eso Belgrano ya venía reclamando al Triunvirato la creación de una escarapela nacional.

A principios de 1812, el entonces coronel Belgrano estaba apostado en las barrancas del Río Paraná, cerca de la aldea de Rosario, para defender esas costas de las incursiones de las tropas realistas llegadas de la Banda Oriental. Al frente del Regimiento de Patricios, y luego de una larga travesía durante el tórrido enero, el 7 de febrero llegó Belgrano a la Capilla del Rosario para construir unas baterías que frenaran el avance realista hacia la ciudad de Santa Fe.

El 13 de febrero, Belgrano le volvió a escribir al Triunvirato –compuesto por Manuel de Sarratea, Feliciano Chiclana y Juan José Paso– pidiéndole urgentemente una escarapela que distinguiera a sus tropas de las realistas. El Triunvirato le hizo caso y emitió un decreto creando la escarapela argentina: “Sea la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de color blanco y azul-celeste…”. Y le contestó a Belgrano: “En acuerdo de hoy se ha resuelto que desde esta fecha en adelante, se haga, reconozca y use la Escarapela Nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, declarándose por tal la de los colores blanco y azul-celeste, y quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían” (Wengerg, Gregorio, director, Epistolario Belgraniano, Editorial Taurus, Buenos Aires 2001; pág. 140).

Pero eso era lo máximo que estaba dispuesto a hacer el Triunvirato, no estaba dispuesto ni siquiera a analizar la posibilidad de una bandera propia, ya que tenía que mantener aquella política ambivalente de la “máscara de la monarquía”.

Entusiasmado, Belgrano vuelve a escribir al Triunvirato a fines del mismo mes: “… Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado, pero ya que V.E. ha determinado la Escarapela Nacional con que nos distinguimos de ellos, y de todas las naciones, me atrevo a decir a V.E. que también se distinguieran aquellas, y que en estas baterías, no se viese tremolar sino las que V.E. designe. Abajo, Señor Excelentísimo, esas señales exteriores que para nada nos han servido y con que parece que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud” (Op.cit., pág. 142).

El 27 de febrero, durante un atardecer apacible y resplandeciente, Belgrano inauguraba las baterías Libertad e Independencia, la primera en la margen occidental del río Paraná, y la segunda en una isla situada a unos 1.000 metros de allí.

“A su frente se extendían las islas floridas del Paraná que limitaban el horizonte: a sus pies se deslizaban las corrientes del inmenso río, sobre cuya superficie se reflejaban las nubes blancas en el fondo azul de un cielo de verano, y el sol que se inclinaba al ocaso iluminaba con sus rayos aquel paisaje lleno de grandiosa majestad” (Mitre, Bartolomé, Historia de Belgrano, Editorial Juventud Argentina, Buenos Aires 1945).

En esas circunstancias, entusiasmado por la creación de la escarapela, a las seis y media de la tarde del 27 de febrero de 1812, Belgrano enarboló la bandera celeste y blanca por primera vez en la batería Libertad. Y montado en su caballo, levantando su sable, arengó a su tropa diciendo: “Soldados de la patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo gobierno; en aquel (la batería Independencia) nuestras armas aumentarán las suyas. Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores y la América del Sur será el templo de la independencia y la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la patria!”.

Antes de partir hacia Jujuy para relevar a Juan Martín de Pueyrredón al mando del Ejército del Norte, que venía totalmente desmoralizado por la derrota de Huaqui, envió una comunicación al Gobierno de Buenos Aires contándole lo sucedido. Allí decía: “A las seis y media de la tarde se ha hecho salva en la Batería de la Independencia, y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y la guarnición. He dispuesto para entusiasmar a las tropas, y estos habitantes, que se formen todas aquellas, y hablé en los términos de la copia que acompaño. Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste conforme los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de V. E.” (Wengerg; pág. 144).

Dice la leyenda rosarina que quien confeccionó esa primera bandera fue María Catalina Echevarría de Vidal, hermana de José Vicente Anastasio de Echeverría, uno de los compañeros de Belgrano en su expedición al Paraguay, y que fue izada por primera vez por otro vecino de esa villa de Rosario: Cosme Maciel.

Enterado el Triunvirato, le envió una carta recomendándole que hiciera pasar el episodio como una muestra pasajera de entusiasmo y ocultara con disimulo la bandera, reemplazándola por la que se usaba en el fuerte de Buenos Aires, que era roja y amarilla.»

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